El despilfarro y bonanza económica

POR PEDRO GIL ITURBIDES
El gran problema de la Tierra es el ser humano. El Creador nos hizo entrega de ella y, como lo expresa el hagiógrafo, pidió que su criatura predilecta la conservase. En el libro del Génesis leemos que “tomó pues Dios al hombre, y lo puso en el jardín del Edén para que lo cuidase y guardase”. Como sabemos, el ser humano se ha extralimitado.

La explotación inmisericorde de los recursos naturales está llevando al globo terráqueo a la degeneración de toda forma de vida. Y con la excusa del hambre, o de la satisfacción de sus necesidades, una creciente población altera la correlación debida entre todo lo creado. Lo peor es que mantenemos una constante prédica restauradora del equilibrio preexistente, que se quiebra tan pronto llega a nuestras puertas.

El efecto derivado de la explotación irracional de los recursos terráqueos es notoria en zonas de vida determinadas. En la isla de Santo Domingo, una deforestación constante supuso en los últimos cien años la desaparición de muchas corrientes de agua. Pero esta pérdida arrastró consigo a especies de agua y de tierra cuya contribución a la red trófica fue vital para el control de plagas o para la proliferación de especies aprovechables.

He citado con frecuencia para ustedes un relato de don Sócrates Nolasco, en relación con el aspecto que ofrecía el suroeste costero de su natal Enriquillo. Conforme lo dijese, la tupida vegetación de la zona en el siglo XIX presentaba ambiente de penumbra aún en las horas de más intensa luminosidad solar. Los viajeros no acostumbrados a recorridos en la región solían perderse, pues resultaba improbable guiarse por la posición del Sol en cualquier instante de la jornada.

Hoy, este panorama es un recuerdo. Pero la pérdida de esas umbrosas sombrillas vegetales ha supuesto la persistencia de horas caniculares, sin importar instantes y tiempos. Perjudicados son los descendientes de aquellos que en corrillos de cantos de hacha hicieron sucumbir los vetustos árboles que acogían insectos, aves, cuadrúpedos menores, endémicos de esa zona de vida seca. Y el suelo, calcinado, no parece ofrecer esperanzas a las generaciones de esta época.

Un clima rebelde expresa la distorsión sufrida por el conjunto de formas de vida. Tal vez lo del clima sea al mismo tiempo una reacción y un aviso. Por ello, debían revisarse los modos de operar de nuestras gentes. Pero, más que nada, educar a aquellos que apenas contemplan un ubérrimo suelo tapizado de verde, hienden sus azadones en éste, para arrancar sus propias promesas del hambre irredenta. Y como no hay quien los guíe, ese suelo, construido por la Naturaleza en siglos de laborioso empeño, se pierde tan pronto le caen dos gotas de agua. Suplir lo que la Naturaleza compuso en largos períodos entraña recursos ilímites, sacrificios y empeños que ni pueblos ni gobiernos son capaces de invertir. Por ello, como obligada secuela, el porvenir se presenta sombrío.

¿Nos sentaremos a esperar que el plúmbeo panorama cubra nuestros cielos, o nos ponemos a trabajar desde este momento para recobrar lo deshecho y reconstruir lo perdido?

Por supuesto, debíamos reclamar que otros hagan lo mismo en el territorio vecino al oeste de la isla. ¿Quién? No sabemos, pero quienes se han mostrado inclinados a la compasión por esos vecinos, y pelean de palabra para que no los esclavicemos, debían abrir su mano generosa. Aquellos suelos degradados allende nuestras fronteras claman porque las faltriqueras de tan compasivos espíritus se vuelquen hacia esas tierras.

Nadie quiere que se lancen a sembrar. Pero sin desmedro de sus riquezas, y sólo para que prueben la sinceridad de sus reclamos, pueden financiar sin compromiso de desembolsos, programas que permitan la reconstrucción de los agostados suelos de Haití. De tal manera podríamos comenzar con un ejemplo, la tremenda tarea de salvar la Tierra del ansia destructiva de la criatura predilecta de Dios. Porque es de nosotros que tenemos que salvar a la Tierra.