El Día de la patria

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Es 27. Día de la patria, de la ilusión y el compromiso. Día del orgullo y la pertenencia. También del ritornelo patriotero que hiberna y aflora cada año. Como si la patria fuera emoción de temporada. Día de exposición de banderas y escudo. Momento para recordar la altivez y entonar un himno olvidado que trastabillan coros emergentes. Voces que ignoran el valor del arcabuz y del trabuco. Es día para retorcer la historia y encubrir, con una ristra de palabras, la importancia de proclamas, manifiestos y decisión. Porque hay un antes de Trinitaria, como el antes de oprobio e imposición. Lóbrego periodo de dos décadas que pautó el intento de construir la República, a pesar de augurios y traiciones. 27 de febrero es pendón invicto en la memoria. La epopeya fundacional que une y también se pierde en las disputas malhadadas de trashumantes. Ese discurso de marineros sin puerto, que alquilan la patria o la ofrecen en pública almoneda. Desertores, sin esconder la inquina, retuercen símbolos y ajan la bandera en procura de una universalidad inventada y excluyente. La indómita y brava, se retuerce prevalida de la orfandad. Con padres y sin familia, quieren ahora la patria. Más que historia, fábula. Los escribas de arriendo pervierten los hechos. Redactan una crónica antojadiza, leyenda de madriguera. Optan por el protectorado y convierten la República en ficción. Cual si fuera obra de mozalbetes retozando, de ese modo, encubren valentía, decisión de ser y vencer, trastocada en reyerta y capricho. Procuran la frustración, la derrota. Esa percepción que niega heroísmo y la realidad de una siniestra ocupación que, durante 22 años, desafió identidad, conculcó derechos e injurió la patria.
El efímero arranque libertario del 1821, abrió las compuertas de la infamia. Cuando Boyer manifestó su interés de unificar la isla, Núñez de Cáceres advirtió la imposibilidad. Dijo, contundente, que “entre las porciones de la isla existen desemejanzas de costumbres y de idioma, similares a un muro infranqueable, como entre los Alpes y los Pirineos” (Visión General de la Historia Dominicana. Peguero –De los Santos). Sin embargo, el embate invasor fue implacable. Quedó inaudible, el aserto del independentista, aunque sirvió para que la prosternación no fuera eterna.
El 16 de enero de 1844, fue firmado el “Manifiesto de los pueblos de la parte este de la isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana”. El texto fue distribuido de manera estratégica y prudente. El temor a la delación era real. Después de la proclama, marcha atrás no había. La hazaña del 27 sorprendió a los invasores. El trabucazo y la bandera izada, ratificaban el nacimiento de la primera República. Rodríguez Demorizi consigna en la edición de “El Acta de la Separación Dominicana y El Acta de Independencia de los EUA” (Sociedad Dominicana de Bibliófilos 1976) que “Charles Herard recibió el reto de los dominicanos mientras marchaba sobre Santo Domingo y desde San Juan de la Maguana, el 16 de marzo y le escribió al General Morisset, Comandante de Santiago, depuesto, diciéndole: han osado esos infames energúmenos, esos impostores insensatos, esos parricidas hijos de Haití, enviarme con una carta un manifiesto cuyos agravios para ejecutar esta revolución no son más que obra de la mentira y de la perfidia…”. También describe, Rodríguez Demorizzi, los violentos comentarios en los periódicos haitianos sobre la pretensión de conformar, en el este, un estado libre, soberano, democrático. Comenzó el 27, un andar con tropiezos inimaginables. Ambición y desdoro, empañaron la gloria. El ideario de Duarte pronto sucumbiría y durante 17 años, como apuntan Peguero y De Los Santos, la pugna entre caudillos, la inconformidad de los haitianos desplazados, el predominio de los hateros, el deseo de anexionistas, el control de las potencias europeas, pautaron el decurso de la República. 174 años después, el caballo de los griegos amenaza. Y existen legiones de connacionales que pretenden ridiculez, en su día, vitorear la patria.