El día de los difuntos

PASTOR VÁSQUEZ
Fue el día de los difuntos cuando Damaso Fortuna contó otra historia de su vida peregrina. La procesión salía rumbo al pueblo y en el patio de la Iglesia el padre Clemente leía su sermón consuetudinario a los chiquillos traviesos, cuando Damaso Fortuna soltó el pico para dar una opinión.

“Yo teniendo una opinión -dijo el inglés- niños que siendo travieso no pudiendo ir a campo”.

De inmediato se armó un murmullo. Y confieso que en ese minuto odié a ese inglés atrevido, para quien deseaba una vaina de lo que no puedo hablar.

“¿Y por qué no pueden ir los niños traviesos al camposanto, Don Fortuna?”, preguntó el padre Clemente.

“Dispensando usted, padre Clemente, niño travieso que iendo a camposanto, el barón del cementerio quedando con ello”.

De nuevo vino el murmullo. Ahora Damaso Fortuna tenía todo preparado para contar su historia.

Vivió en Terra Nova, muy cerca de la frontera, según contó Fortuna, un niño que le llamaban Bernabé, que era lo que se dice un fulanito jodón y malcriao.

Montaba el caballo al revés, así como se monta el pecao malo, se bañaba en el río con el cuerpo caliente y comía en siendo frutas todas, sin importar la época del año.

De Bernabé, contó Damaso, se decía que agarraba los panales de avispas a  “mano pel “ y los animalitos nada le hacían.

Tenía el cabello rojo, comía espiga de arroz, los dientes amarillentos, las uñas como un búcaro y la patas rajá de andar de loma en loma buscando iguanas.

Con Bernabé‚ no se podía jugar bolas, ni anacagüitas, ni pelota: siempre hacía capú, porque era también una personita abusadora.

En el río le gustaba jugar “Ju-panc“ y el podía coger  a cualquier cristianito con sus patas de burrito sabanero, pero cuando a él le aplicaban un fuetazo en sus orejas los cogía en serio y después quería peliar.

El padre Clemente, que escuchaba la florida descripción de Damaso Fortuna, parecía embelesado con la historia, pero de repente se desesperó.

– ¡Al grano, doctor Fortuna!

– “Sí, señor Mi general, ahora mismo terminando esta jorobada historia”, y prosiguió Fortuna su rumbo.

El día de los fieles difuntos parecía un día de paz en Terra Nova y el padre Luis se disponía a viajar al pueblo de Jimaní con una procesión en honor a todos los muertos de ese mundo, cuando el fulanito llamado Bernabé se introdujo en el grupo.

“Cuando todos llegando al camposanto”, contó Fortuna, “una vaina comenzando a gritar como toro guapo”.

El padre Clemente ya iba a intervenir para parar la irreverencia de Fortuna frente a todos los infantes de Ceiba 12, pero el hombre fue más astuto.

“Un momento Santo Padre que ya casi yo terminando la historia”.

Cuando el padre Clemente escuchó lo de “Santo Padre” un friíto de emoción le recorrío todo el cuero. Entonces, ya Fortuna era dueño del escenario.

Volvemos a Terra Nova donde ya el cementerio este corrió de un remolino y una voz infernal que ni las oraciones del padre Luis pueden calmar.

Fue entonces cuando vino esa luz del cielo y cayó sobre el pobrecito de Bernabé‚ y ahí mismo se desplomó el cristianito.

El padre Clemente casi estalla de rabia. Y del otro lado se podía ver a un Damaso Fortuna con una pícara sonrisa, echándose fresco con su sombrero de alas anchas.

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