EL día más importante

LEO BEATO
Cual ha sido el día más importante de tu vida? –El día más importante de mi vida fue el día en que conocí al Señor- declaró Beatriz Pittaluga, la novicia rebelde. Había cruzado el Río Grande hacía cinco años y era prima hermana del capellán del convento. Esto le había creado un conflicto crónico con las demás novicias. Pero lo que Beatriz no le dijo a la maestra de novicias fue lo que le había ella contestado a Leopoldino Saturnio cuando éste le hizo la misma pregunta.

–Nací el día en que te conocí.

El problema fue que se lo dijo mientras bailaban cheek-to cheek (mejilla a mejilla), el bolero de Armando Manzanero, maestro de otro tipo de novicios. Cuando Leopoldino se metió a cura, Beatriz, como otra Santa Clara con San Francisco de Asís, se metió al convento. Ni más ni menos ni menos ni más. Así son las cosas de la vida y así son las cosas del amor, como dice el otro bolero, porque entre un buen bolero y la realidad no existe mucha diferencia, sobre todo si se ha estado alguna vez enamorado.

–Mi familia fue siempre creyente– continuó la novicia rebelde diciéndole a su superiora.

–Eramos víctimas propiciatorias de la rutina religiosa sin tener una vivencia cotidiana de lo que es Dios. Encendíamos tres velones al día a San Judas Tadeo para la buena suerte.

–¿Deseas que oremos por ti?- le preguntaron unos viejitos carismáticos que hacían sus rondas por el hospital donde la habían internado para extirparle el pulmón derecho. El neumólogo había descubierto tres grandes manchas que se sospechaban cancerosas.

–¿Rezar por mí? Eso lo puedo hacer yo misma– ripostó la novicia.

–No, querida, orar por ti. Hablarle al Señor e interceder por tu salud ante el Espíritu Santo. Para Dios estás enteramente sana tal como El te creó.

–Los viejitos impusieron sus manos sobre la cabecita chueca de la novicia rebelde e invocaron el nombre que está sobre todo nombre, el nombre de Jesús de Nazaret. Abrieron la Biblia en el capítulo 10 de la Carta a Los Romanos, versículo ocho: ” Si creyeras en tu corazón y confesares con tus labios que Jesús es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos…. serás salvo”.

Lo repitió y lo repitió hasta que sintió un gran calor que invadió todo su cuerpo desde los pies hasta la cabeza. Un deseo incontenible de llorar se apoderó de ella y cuando abrió sus ojos de nuevo ya era otro día. Amaneció en todos los sentidos para ella, tanto que llegó a pensar que el incidente de los viejitos había sido un sueño de la noche anterior. Cuando la llevaron en una silla de ruedas al departamento de radiología, exactamente a las 9 horas después del meridiano de un lunes quince del mes de julio encontraron dos enormes cicatrices en su pulmón derecho. Fue como si un cirujano misterioso se hubiera adelantado y la hubiera operado sin bisturí ni anestesia.

–Pero… ¿Qué ha sucedido, muchacha?– indagó el doctor Hidalgo molesto, como si alguien le hubiera robado sus honorarios.

–Que el Señor me ha curado– respondió la novicia enamorada que rezaba pero que había aprendido a orar por primera vez.

–Es imposible, el viernes en la tarde te teníamos programada para extraerte el pulmón.

–Del viernes por la tarde al lunes por la mañana es demasiado tiempo para el Señor– contestó sin saber lo que decía. Fue el testimonio de una novicia rebelde que no había creído en Dios. –¿Y para usted, Madre Superiora…. cual ha sido el día más importante de su vida? –indagó Beatriz Pittaluga, la novicia que aprendió a orar.

–Para mí el día más importante de mi vida es hoy– le contestó la superiora como otra Teresa de Calcuta. Historia real.