El dolor de América  es nuestro dolor

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En la ruta del dolor americano, existe un país asazmente infortunado. Este país hermano no se llama  Cocolandia, ni Trujillolandia, ni Bananolandia. Pero en sus selvas había plantígrados y digitígrados. Y en puridad de verdad, en sus ciudades uniformados podían encontrarse cuadrumanos y antropictecos.

Cuando todavía no portaba cédula, sufría cuando veía la fotografía insolente de un “Señor Presidente” que allá oprimía. Ese aborto del averno montaba caballo prusiano, usaba monóculo y empuñaba fusta. Los aborígenes de esa noble tierra relataban trozos de un luengo padecer de siglos, que se agudizó seis o siete décadas atrás, cuando un “enquepisado y embotado” aleccionado allende las aguas del Suchiate, echó por los suelos un gobierno constitucional, para devolverle a la “Mamita Yunai” las tierras ociosas que serían repartidas para que los campesinos sembraran maíz, para calmar las hambres centenarias de sus tripas, que a veces gritaban como culebras.

He oído decir que ya se disiparon los días de la “United Fruit Company”. Y que ahora son los torvos amaneceres de “La Texaco” y de “La International Nikel”. Y ahora atención a algunos relatos con comillas. “Y no nos han dejado otro camino. Y está bien que así sea. Recibimos el golpe en la cara. Y pusimos la otra mejilla, silenciosos y mansos, resignados”.

 “Entonces comenzaron los azotes, comenzó la tortura: Llegó la muerte. Llegó la muerte miles de veces… muchos miles de veces. La labraban despacio, riéndose, con alegría de nuestro sufrimiento”.

 Creo que en verdad las comillas encierran quejas lacerantes y dolientes. “Ya no se mata, ni se trata solo de los hombres. Ni se trata solamente de la muerte por hambre. También a las mujeres, a los hijos, a nuestros padres y a nuestras madres.

Los violan, los torturan, los matan. También a nuestras casas, las queman y destruyen las siembras. Y matan las gallinas, los marranos, los perros. Y envenenan los ríos. Y bien valen la pena, ser conocidas las quejas y las denuncias del combatiente Juan José Arce.

Verdaderamente valen la pena, por eso estos encomillados lastimeros, lacerantes y dolientes.

 Estos relatos no son de ahora, ellos son de tiempo bastante atrás, son ellos del pasado; pero representan un pasado borrascoso, azaroso y doliente. Hay que recordarlos y relatarlos, aunque sean de ayer o de antes de ayer. Porque ellos no acaecieron en Siam, ni en Indochina, ni en la Cochinchina, sino en nuestra América, la que se dejó embaucar y engatusar con el “Cante Jondo” de aquel de: “¡Polo a polo americanos todos”. Diría el viejo Papá Toño Alix: “Ello e’ que por creído, no meten gato por liebre. Y también pato por gallareta”.