El dominicano y los forasteros


ÁNGELA PEÑA
El extranjero, de cualquier país, ejerce una inexplicable fascinación sobre el común de los dominicanos. Será su acento, el sonido de su voz, la extraña cultura. Tal vez muchos criollos creen que todo el que es de fuera, aunque sea un saltapatrás, lo supera en conocimientos, inteligencia, riqueza. Lo cierto es que cual Guacanagarix del siglo XXI, el nativo se deslumbra, se desvanece, se postra ante cualquier forastero que le visite como si se tratara de Dios o un superhéroe. Hay episodios de la historia política nacional en los que el dominicano se ha comportado diferente.

Probablemente sólo vea pequeño al intruso cuando ve pisoteada su nacionalidad, amenazada su soberanía. Después, todo es servilismo, complacencia, satisfacción, envilecimiento, admiración, aunque el extraño lo humille y convierta en blanco de sus mofas.

Hoy como nunca, el país esta pacíficamente invadido por gente procedente de una considerable cantidad de países, que se ha aplatanado en esta tierra. Muchos arruinados, descalificados, desahuciados, desertores, derrotados, despreciados por sus compatriotas.  Hay que no les dan ni por los tobillos al dominicano en los aspectos sociales, profesionales o culturales. Pero existen patronos que los prefieren tal vez para introducir variedad en sus empresas, no porque estén más capacitados que los autóctonos.

Históricamente, la República Dominicana ha acogido por diferentes motivos a numerosos inmigrantes de la misma manera que otras naciones reciben con los brazos abiertos al criollo, aunque de aquellos hacia estos se den casos de desprecio y discriminación. El dominicano, sin embargo, es el ser más hospitalario, condescendiente, generoso y sociable de la bolita del mundo.  El dolor y la miseria de un extranjero los hace suyos y no toma en cuenta color, baja condición social o prángana para ofrecerle protección, brindarle un pan, compartir su techo.

Lamentablemente, hay ingratos y malagradecidos que después de aprovecharse de tanta amabilidad y bondad los aplastan y escarnecen, les serruchan el palo en los empleos para luego hacerles en otras playas una despiadada campaña de descrédito.

Hay forasteros tan serviciales y benévolos que se confunden con el más bondadoso de los dominicanos. Son verdaderos santos protectores que han invertido aquí sus riquezas y puesto al servicio de la República sus talentos, conocimientos y experiencias. Pero hay otros de los que hay que cuidarse porque son hienas, cuervos, verdaderos engendros del maligno que han venido a arrasar hasta con la buena fama del país, a sembrar discordias y crear enemistades entre los mismos dominicanos.

Hay que mantenerse dándole la bienvenida al foráneo, sin variar ese especial sentimiento de amabilidad y abrigo que se le dispensa y que ha caracterizado al dominicano, por lo que se le reconoce más allá de las fronteras.  Pero tampoco hay que exagerar la nota, más bien es preciso estar alertas ante engaños, traiciones, componendas y tramas de esos vivos de ultramar que nos ocupan.  El criollo es tan ingenuo que a veces, en su deslumbramiento, echa abajo a sus propios compatriotas, confundido por la confabulación y las maniobras de perversos aventureros anónimos, forasteros que nos sorprenden expulsados de sus tierras sabrá Dios por cual aberrante conducta o censurable y escandalosa falta. Hay que saber distinguirlos. A muchos inmigrantes se les debe agradecimiento, admiración, respeto, veneración y hasta el honor de identificarlos como hermanos, hijos de esta Patria. Pero a otros disociadores, por sus intrigas y depravaciones, lo mejor es mantenerles siempre abierta la posibilidad de un largo vuelo sin retorno.