El efecto multiplicador de las inversiones locales

La gran virtud de los megacentros y multicentros comerciales reside no solo en las facilidades que pone a disposición de los consumidores y su acercamiento a las pobladas barriadas, sino en el efecto multiplicador de sus operaciones.

Cuando referí en esta columna la importancia de los nuevos establecimientos que abrían puertas en la capital, no me animaba otro interés que el de resaltar su repercusión en la economía nacional, y no de manera focal los beneficios de los inversionistas, cuya actitud de por sí es encomiable en medio de la actual incertidumbre económico-financiera mundial.

Crear fuentes de empleos en las actuales circunstancias de depresión en los mercados bursátiles, de debilitamiento industrial en Estados Unidos y Europa, es una osadía.

Cuando observo esas iniciativas privadas, pienso en la enorme cantidad de empleos directos y colaterales que traen parejas.

Esos centros mueven las ruedas del progreso de talleres y micro-empresas de ropas, artesanías, industrias metálicas, de dulces, empresas litográficas y de diseño gráfico, amén de los grandes negocios tradicionales que comportan.

Nuestra economía nunca ha estado blindada, como se nos quiso vender la idea meses atrás, aunque los efectos depresivos externos no se sienten internamente con fuerza de huracán.

Esas inversiones locales son reflejo de confianza y permiten frenar cualquier desborde de inconformidad que el hambre y el desempleo suelen provocar en los seres humanos.

Lo demás es argumento fútil y reacciones sin fundamento ni valor alguno.