El embudo y la sartén

Debo a la gentileza de monseñor Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, el envío de un libro muy revelador que me entregó, a finales del siglo XX, el común amigo, ya fallecido, el periodista Tulio Navarrete.
La obra, escrita por un investigador italiano, contiene un lúcido estudio sobre la campaña realizada por los norteamericanos para unir su territorio del este, Océano Atlántico, con el territorio del oeste, Océano Pacífico.
Escrito para refutar, para aclarar, para comparar, para desmitificar la leyenda contra el catolicismo y su expansión en la América de aquende el río Bravo, versus la campaña de colonización realizada por los anglosajones protestantes, de allende el río Bravo.
La extraordinaria visión de las autoridades norteamericanas que, sin que hubiera modos de ver la tierra desde arriba, desde el espacio, decidieron realizar la expansión hacia el oeste, hacia la conquista de la tierra, con una voracidad geofágica que forma parte de los sueños de grandeza que Norteamérica logró convertir en realidad, a sangre y fuego, en uno de los más grandes genocidios conocidos por la humanidad.
Motivaciones similares movieron a Adolfo Hitler cuyas acciones militares le dieron a Alemania, temporalmente, el dominio de más de media Europa, cuyas tropas abusaron, asesinaron, violaron, atropellaron principios, personas, países, historia, en un afán enfermizo y loco de dominio mundial.
Son las ambiciones las que dirigen determinadas acciones de los hombres en su afán por dominar, por mandar, por ningunear y para lograrlo usan la fuerza y todo lo que implica en organización, avituallamiento, logística, visión, estrategia y tácticas. y cuando esos países económicamente poderosos cumplen con el período de la geofagia, extienden sus tentáculos para dominar mediante el avasallamiento económico.
Entonces, vienen las guerras por los mercados, por la explotación de recursos naturales extranjeros, para preservar los propios, mientras empobrecen y aprovechan debilidades, complicidades de funcionarios, políticos, civiles, uniformados, que se prestan a servir al peor postor con tal de conservar posiciones a las que han accedido con malas artes.
Todas esas razones, y muchas más, forman parte de la política imperial de naciones cuyo poder hace tiempo que se desbordó de sus fronteras, poder económico, comercial, militar, financiero y entonces comienza el momento del juego de ajedrez para manejar peones, alfiles, torres y reyes y reinas, que trabajen en su favor.
Ello es lo que explica por qué el gobierno de Estados Unidos y sus agencias, Américas Watch, por ejemplo, nos exigen que aceptemos los haitianos aquí, mientras ellos los rechazan y los deportan.

Esa es una nueva demostración de cómo se manejan y aplican la ley del embudo y el uso de la sartén por el mango. Así, ¡qué fácil es!