El emir de los creyentes

Desde su establecimiento en la República Dominicana, a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la comunidad árabe se distinguió por ser un conjunto de hombres y mujeres laboriosos, con un acendrado sentimiento de amor al trabajo y a la familia.

Asentada en una cultura que le era extraña, de inmediato la joven migración trató de asimilarse rápidamente a ella, aprendiendo durante su idioma, captando sus hábitos alimenticios, adaptándose a sus costumbres y tradiciones, sin abandonar sus raíces.

Pobres en su mayoría, carente de recursos económicos pero sobradamente inteligentes, esos pioneros de la inmigración particularmente sirios, libaneses y palestinos, se dedicaron al comercio de mercancías, lo que había sido fuente de riqueza de la antigua Fenicia.

Mercaderes innatos, implementaron un nuevo sistema para penetrar el mercado criollo y acreditarse entre su clientela captada por la simpática figura del buhonero, transitando por caminos inhóspitos, llevando a cuestas su baúl repleto de variados artículos ofertados al campesino necesitado tocando sus puertas, trayéndole al barsano aquellos encargos requeridos, o que suplían las demandas del diario vivir para pagarlo en la forma que pudieran.

Así, introdujeron el crédito comercial y fueron ganando fama de gente honrada y laboriosa, según los describe Hoeting en su libro El Pueblo Dominicano.

Dado este trascendental primer paso, estos primeros inmigrantes árabes, con gran visión de futuro, reservaron para sus hijos un proyecto de vida más lisonjero. Conocedores del valor de la educación y de la formación profesional como elementos esenciales para lograr un escapo social digno y respetable, se preocuparon por su estudio, y todos los sacrificios desde entonces fueron pocos para que sus hijos varones se esmeraran en hacerse buenos profesionales, en todas las ramas del saber y de la ciencia, y seres cada vez más útiles y comprometidos con la sociedad dominicana, la nueva patria que generosamente, no sin tropiezos, los había acogido.

La historia dominicana no puede escribirse prescindiendo de tantos prohombres que, hijos de inmigrantes árabes o nacidos en estas tierras, entregaron su vida al Creador y pusieron su inigualable talento, su tenacidad y su indeclinable vocación de servicio y sacrificio para el engrandecimiento de nuestra Patria. A esa estirpe especial pertenece George Abraham Hazoury, El Emir de los Creyentes.

Médico distinguido, al igual que sus homólogos Antonio Zaiter y Antonio Zaglul, que Sami Herrera y Emil Kasse Acta, no limitó su sabios conocimientos a la consulta o práctica de la medicina, sino que puso su enorme capacidad de trabajo y su abnegación sin límites al cuidado de los enfermos y la prevención de enfermedades fundando el Instituto Nacional Contra la Diabetes, que nos llena de orgullo.

Profesor de generaciones como titular de la cátedra universitaria de Semiología Médica, no se contentó con su rol docente, y amplió su horizonte creando la UNIBE, un centro académico altamente calificado, siendo su primer Rector y donde su preocupación mayor fue ir forjando en el estudiantado con el ejemplo de su dedicación, de su ética y de su consagración al servicio de los mejores intereses de la nación, a los futuros líderes que el país reclaman.

Pero donde El Emir de los Creyentes fue grande, grandioso, fue en su generosidad. En ese amor inspirado, sincero, que dispensaba sin medida y que se hacía permanente al primer contacto con su personalidad porque en su corazón era un torrente inacabable de bondad. El amor a sus hijos, el amor a su esposa, el amor al amigo, el amor a sus pacientes, al estudiante, al sin camisa y al que vestía de oropel, Nocin Hazouri no hacía distingos para amar, para entregarse por completo, para desnudarse el alma sin esperar dádivas ni recompensas.

Así lo conoció mi padre. Y fue una de las más ricas herencias que a mí y a mi familia nos dejara.