EL ensayo filosófico, zona de confluencia

24_09_2016 24-09-2016 Areito Areíto6

(1)
Si bien los signos son “relativamente arbitrarios y convencionales”, el lenguaje en conjunto es más que mera arbitrariedad y convención por ser un elemento de la actividad humana en constante movimiento, en continuo cambio. Si unas veces parece perder su vitalidad y dinamismo a causa de su inevitable corrosión, otras tantas también se dinamiza a fuerza de innovaciones y se revitaliza con nuevos aportes. Siempre móvil y cambiante, es una realidad que se crea a sí misma. Nada lo expresa mejor que la literatura, hecha de la “materia” misma de la lengua. Puede decirse que, al crearse a sí misma, la literatura crea también un lenguaje. Mezcla de lo dado y lo inventado, de tradición y creación, el lenguaje es a la vez herencia y puro inventarse.
Nietzsche habla de la “coerción del lenguaje”. Esta expresión sintetiza su visión del lenguaje como mecanismo coercitivo, como “camisa de fuerza” impuesta al sujeto pensante: el lenguaje es un grillete que uno se coloca a sí mismo, un cepo que encierra e inmoviliza. Todo pensar tiene lugar mediante el lenguaje. Todo pensamiento se ha de concretar en una forma determinada (estilo), más o menos bella (estética) y arbitraria desde el punto de vista lógico. A partir de ahora se pone radicalmente en entredicho la contraposición entre “pensamiento” y “forma de pensar”, entre “lo teórico” y “lo estético”, entre “filosofía” y “poesía”. Lo pensado ya no se puede separar de la forma de pensar, ni lo expresado del modo de expresar. La actividad mental solo cobra realidad y sentido en tanto que expresión y lenguaje (Nietzsche, Croce).
Habría que preguntarse, con José María Valverde, si esta “coerción del lenguaje” nietzscheana no excluye la posibilidad de una “libertad” del lenguaje y del pensamiento. Lo cierto es que esta visión tiende a relativizar –cuando no a suprimir- la falsa dicotomía que se establece entre prosa y poesía, por un lado, y entre filosofía y literatura, por el otro. Esta poderosa intuición anuncia una verdadera revolución en el pensamiento estético-filosófico contemporáneo. Me refiero a la revolución que implica la toma de conciencia lingüística, esto es, el reconocimiento del principio básico de que toda vida mental tiene carácter de lenguaje, pues no puede haber pensar sino mediante el lenguaje. Este principio ha sido reconocido por autores como Saussure, Sapir, Wittgenstein, Cassirer, los estructuralistas de Praga y los franceses, entre otros. Ya en nuestros días, Jacques Derrida, al estudiar los problemas del lenguaje y la escritura, ha repensado la relación entre filosofía y literatura (y entre lógica y retórica) desde una perspectiva posestructuralista. En esta nueva perspectiva, la filosofía pasa a ser considerada una especie de escritura, de género literario (Rorty).
El ensayo contemporáneo comparte ese hallazgo esencial. El ensayista tiene ahora plena conciencia del lenguaje, de sus posibilidades y sus imposibilidades. Su prosa participa a la vez del pensamiento especulativo y de la imaginación poética. Se reduce así enormemente, hasta casi suprimirse, la brecha abismal que antes separaba a la prosa de la poesía y a la filosofía de la literatura.
Un filósofo moderno, A.N. Whitehead, afirma que toda la filosofía occidental se reduce a una serie de notas escritas al margen de las páginas de Platón. Vuelta sobre sí misma, perpleja, la razón crítica constata el fracaso rotundo de los sistemas de ideas erigidos durante siglos de intensa especulación. Frente a las altas construcciones abstractas de los grandes sistemas filosóficos, se cuestiona a fondo la idea del mundo como unidad y totalidad, tan dominante en pensadores como Kant, Hegel y Marx. Esta visión clásica del mundo entra en profunda crisis hasta quebrarse en pedazos. Se rescata el fragmento, el margen, la particularidad. De ahí nace la “incredulidad hacia las metanarrativas”, según J.F. Lyotard, esto es, la radical desconfianza posmoderna hacia las construcciones sistemáticas totalizadoras –los llamados “grandes relatos” o “metarrelatos”- que prometían la emancipación universal de la humanidad.
A diferencia del tratado filosófico, lógico y riguroso, perfectamente cerrado y constituido, el ensayo moderno abandona la visión totalizadora del mundo para rescatar lo fragmentario, lo marginal, lo particular. Intenta conjugar filosofía y poesía, intelecto y sensibilidad, razón discursiva e intuición poética. El análisis racional, sereno y ponderado, el discurso analítico propio de la filosofía y la ciencia, conviven ahora al lado de la imaginación y la sensibilidad poéticas. Lejos de excluirse mutuamente como antes, se promueven en una nueva síntesis creadora que constituye un hallazgo filosófico-literario. Ya no existen fronteras claras entre filosofía y poesía, los límites precisos desaparecen, los contornos se desdibujan y los elementos propios de una se confunden con los de la otra.
El ensayo filosófico ya no aspira a alcanzar un saber absoluto y totalizador del tipo de Aristóteles o Hegel. Su aspiración es otra: un saber nuevo, distinto, que se va revelando a cada momento; un conocimiento que se va creando a sí mismo a medida que ilumina la realidad del texto o del acontecimiento sobre el cual se escribe o se reflexiona; una escritura creadora, con sus destellos y fulgores, que no pretende decir la última palabra acerca del mundo o del yo, pero que no por ello deja de crear conocimiento y de producir saber. Así, se convierte en una nueva manera de acercarse a la realidad textual y no-textual, pues siempre hay algo fuera del texto. Participando a la vez del pensamiento especulativo y de la imaginación poética, puede atribuirse logros tanto expresivos como conceptuales. Por eso, bien podría considerarse al ensayo filosófico como esa vasta y rica zona de confluencia en donde coinciden entendimiento e imaginación, pensamiento y sensibilidad.