El entierro de las ilusiones

TEÓFILO QUICO TABAR
tabasa1@hotmail.com
Mucha gente se pasó la vida soñando con un mundo nuevo. Con una sociedad más justa y humana. Libre de ataduras y donde reinara la justicia social y económica. El sueño de una sociedad donde no existiera brecha entre los ricos y pobres. Aquella sociedad que desde diversos puntos de vista, con diferentes colores y matices se pretendió construir, unos con mucho ahínco, algunos con timidez, otros con más deseos que posibilidades.

Pero todos soñando con algo posible en la imaginación, ignorando que los sueños se matan con el pragmatismo capaz de ofrecerles y brindarles a unos pocos, la mejor forma de matar las ilusiones colectivas.

Cuarenta y cincuenta años aspirando a una sociedad donde los principios éticos y morales se impusieran. Mucho más de la mitad de la vida útil de muchos, aspirando a que los métodos generadores de la degradación moral y política desaparecieran. Casi toda la vida de una generación decidida incluso a ofrendar sus vidas por un sueño o una ilusión capaz de crear nuevas con ideales patrióticos, luchando y trabajando por el establecimiento de un sistema puro e inmaculado.J uventudes que se perdieron en el sueño. Sueños que chocaron con realidades. Realidades que se convirtieron en pesadilla de la negación del mundo nuevo, de la sociedad nueva y de la justicia social y económica, para despertar en el mundo de hoy. En la sociedad real y verdadera. No la soñada ni la aspirada, sino en la que parió los frutos de la pesadilla que interrumpió el sueño dorado de una juventud llena de entusiasmo y patriotismo.

Y esa es la verdadera sociedad que tenemos hoy. Eso es lo que vemos y escuchamos en todos los lugares. Eso es a lo que hemos llegado. A la degradación en casi todos los aspectos, pero de manera particular en aquella que no solo motoriza la acción diaria, sino que se agudiza en estos períodos electorales. La política.

Aquella actividad que desde mediados y finales de los cincuenta y principios del 60 se nos vendió como el arte de bien gobernar y como la forma más pura de lograr organizar una sociedad política, para verla convertida como un mercado barato de mercancías sin mucho valor y calidad.

Cuántos principios dejados en el camino. Cuánta dignidad desparramada a lo ancho y largo del país. Cuántas velas tiradas por la borda. Pero todo, como si nada pasara. El entierro continúa. No importa si se riega fogaraté o relanzan objetos descompuestos, el entierro continúa.