El escepticismo como moda cívica

RAMÓN TEJADA HOLGUÍN
El escepticismo de caché intelectual. La crítica coloca a cierta ciudadanía en el jet set político. Lo difícil es actuar en consecuencia. Para algunos las propuestas positivas tienen la aureola de la locura, de la insensatez y el desconocimiento del mundo. Un viejo campesino me dijo hace mucho: “Hay que mojarse el trasero, para comer jaivas”. Es una verdad del tamaño de un templo. Las jaivas, como las leyes  dominicanas, están escondidas en cuevas inaccesibles. Utilice las leyes existentes, no se achicopale por los fracasos, no importa que le llamen loco, o loca.

Me dice un filósofo de los del número del Distrito: “la corrupción es una cuestión de grado y nadie puede tirar la primera piedra”. Puede que tenga razón, pero, ¿qué hacemos entonces? ¿No cruzamos de brazos? ¿Nos vamos del país? No olvidemos que ningún gobierno dará de manera gratuita la transparencia. Debemos construir el movimiento social que le obligará a reducir la capacidad. Pensemos -le digo a mi querido filósofo de los del número del Distrito- ¿cómo usar esos recursos que las organizaciones civiles reciben de diversas fuentes, para construir estrategias más efectivas? ¿Cómo obligar a los gobiernos de cualquier partido a rendir cuentas o atenerse a las consecuencias?

Cuando los índices anti-corrupción sostienen que el país va de mal en peor, no sólo debemos culpar al gobierno -y está bien culparlo- además debemos revisar las estrategias de los grupos de la sociedad civil, porque si los índices dicen que no logramos promover más el uso correcto de los bienes públicos en algo fallan nuestros programas anti-corrupción.

Hay una corriente en la ciudadanía activa que se conforma con ser “la disidencia”, que se ha hecho experta en quejas, en ese tipo de lamento infinito que da primeras páginas. Con esa actitud contribuyen a que las cosas sigan igual. Hay que aportar algo más que los lamentos. No se contente con criticar al que tiene el sartén por el mango ahora, ni con decir que “otrora el que hoy dice ser víctima fue cruel verdugo”, pensemos en el cómo evitar que la historia se repita, pero con palabras y acciones.

Me dicen: “Ramón, deja de fuñir y crece, es cosa de adolescente querer cambiar el mundo, no insista, porque esto no lo arregla nadie, ni siquiera el gran checheré”. Soy perro huevero, y les recuerdo la infinidad de recursos legales que existen y no se usan. Usemos los recursos legales existentes, son herramientas para mejorar las cosas. Me autocritico, y creo que muchos líderes de las organizaciones civiles también deben autocriticarse, y a ellos y ellas les pregunto, ¿por qué se preocupan más de que se promulguen nuevas leyes y menos de que se apliquen las existentes? Las leyes son como los músculos, si no se usan se atrofian. ¿Para qué nuevas si las viejas las mandamos al baúl del cuarto de desahogo? Prefiero la gente que se moja el trasero, que se la juega, que trata de hacer algo en medio de tanta suciedad y barbarie. Que se expone a ser blanco de la crítica.

Hay quienes pasan por la vida como inmaculados diamantes. Los diamantes son inútiles. Debemos dejar de mirar la República Dominicana como si fuera una película en “wide screen”, reproducida en un televisor plasma de 60 pulgadas conectado a un Home Theater de última generación, y uno, sentado en el más cómodo de los sillones de piel, observa la vida en formato digital solazándose en la inercia aquiescente que lo rodea, como si lo que ocurre en esa película nos emociona pero no nos compete, criticando a diestra y siniestra mientras comemos palomitas de maíz hechas en casa. Para comer la jaiva de la democracia, debemos mojarnos el trasero de la acción.