El escritor, dilemas y responsabilidades

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POR LEÓN DAVID
Me propongo desbrozar, al modo del que piensa en voz alta, un manojo de manidos conceptos en torno a la misión del escritor en nuestra sociedad. Y digo manidos porque no ignoro que lo que en estos párrafos, borrajeados a punto largo, someto a la atención del avisado lector, amén de que dará argumentos excelentes a quienes me acusan de presuntuoso, está lejos de ser una novedad.

Prestigiosas plumas antes que la mía han abordado con diferente fortuna el asunto que ahora me embaraza… Empero, confesaré que si reincido con porfía harto recalcitrante en tan sobada reflexión es porque a ello me conminan ciertas ineludibles convicciones y no por mero afán esnobista de bogar –agridulces delicias de la heterodoxia- en contra de la corriente. Me concierne cuál pueda ser la misión del escritor, entre otras razones, porque para bien o para mal el que estas líneas estampa adolece del vicio de escribir, vicio en el que he perseverado con la suficiente tozudez como para que nadie alimente dudas respecto a la índole real de mis pretensiones.

Préciome de mostrar siempre una misma cara: la que ves. Empezaré entonces señalando que la escritura sirve para dar testimonio de lo que soy y aliento. No vivo para escribir, pero me acosa la sospecha de que si escribo es para intensificar al máximo la vida que, caudal avasallador, por todos los poros me desborda. Para ser hombre en el más pleno sentido de la palabra escribo, no para deleitar los paladares exquisitos con hueros artificios de retórica. La literatura –como el resto de las actividades que exigen talento y creatividad- será siempre un medio de precipitar, de impulsar y favorecer la misteriosa dimensión en la que el ser humano, superando su apego a la efímera carne desahuciada, se encara con la verdad permanente del espíritu. Nada hay tan provechoso –creo- como entregarse al disfrute del entusiasmo y el fervor; y me incluyo en el número de los que piensan que la literatura y el arte deben ayudarnos a transitar por esa vía. Mas para que ello sea posible es menester que la experiencia literaria y la vivencia artística dejen de ser el privilegiado feudo de un cenáculo irrisorio, y se conviertan en colectiva urgencia cotidiana. En cada uno de nosotros dormita un poeta en ciernes, un artista preterido que espera su postergada epifanía, un pensador cuya semilla ha tiempo que demanda riego y cuido. Tengo fe en la capacidad de la criatura humana para mejorar, crecer y transformarse. No albergo dudas acerca de que es posible edificar –no obstante la torpeza y nesciencia en las que hasta ahora hemos sido pródigos- una sociedad diferente, más justa, más tolerante, más abierta al cambio y a la exploración fecunda de inéditas vertientes del saber y la sensibilidad, más altruista, plural, variada, rica, acogedora y bella. Persuadido estoy de que el escritor tiene algo que aportar en aras de que dicha utopía comience a fertilizar la tierra de la vida.

No es verosímil, sin embargo, que alcancemos parejo ideal si el literato se limita a hacer literatura, si el artista sólo en plasmar sus fantasías se complace, si el intelectual –indiferente a todo lo demás- en los laberintos ociosos del pensamiento se extravía. Es imprescindible que descubra el escritor su trascendental vocación de hombre, de hombre que junto a sus congéneres y en contraste con ellos, su original perfil delinea y estatuye. Es absolutamente imperativo que, además de dominar el oficio, a sí mismo se auxilie y nos asista a todos a vislumbrar nuevas posibilidades de ser y de vivir en armonía con lo que nos rodea, a promover la conciencia de nuestra dignidad, de nuestra grandeza irrenunciable.

Atravesamos tiempos tumultuosos…, tan cruciales como fatídicos. Las tensiones se agudizan hasta volverse intolerables. Sobre el planeta pende la amenaza escalofriante del holocausto. Y el escritor, asediado por los incesantes conflictos, se siente las más de las veces compelido a aislarse en su mundo de símbolos, o se convierte en simple espectador del caos que le amenaza y al que, entre la incertidumbre y el aturdimiento, pretende conjurar con la palabra. Y sostengo yo: en semejante encrucijada el literato, como cualquier humilde mortal, puede tomar uno de estos dos rumbos: o bien obtempera y se deja arrastrar por la avalancha –es lo más fácil-, o intenta poner cauce a las embravecidas aguas. No me es quisto el escritor que habla de subvertir la realidad, y en eso queda; no me atrae el intelectual que sólo teoriza el cambio ineluctable pero ni siquiera es capaz de modificar su anodino o su ruin comportamiento; no doy fe al literato que adornando la vida en su expresión, en los hechos la torna aborrecible. No presto crédito al artista que con rasgos amables o desmelenado acento usa la propia creación a modo de refugio o de trinchera.

Proclamo la necesidad de un hombre diferente y de una sociedad menos absurda. Entiendo que puesto que cada uno de nosotros es compendio de lo colectivo, el cambio social pasa obligatoriamente por la transformación de nuestra personal manera de insertarnos en la sociedad y de concebirla. Yerran cuantos presumen que la política es asunto ajeno a la escritura. Escribir es hacer política, pensar es hacer política, amar es hacer política, vivir es hacer política. Administrar nuestra energía, tomar decisiones, inclinarnos hacia un lado o hacia otro, eso es hacer política. Ahora bien, ¿hacia dónde oriento mis esfuerzos?; ¿hacia la opresión, la destructividad y la muerte o hacia la confraternización, el disfrute y la vida? Tal es la opción de toda humana criatura, tal la disyuntiva del escritor…

Pero, ¡cuidado!: No pretendo dictar pautas estéticas al literato. Sí deseo –en ello siempre insistiré- que no eche en saco roto esta verdad: aun cuando la estética es parte irrenunciable de la sensibilidad humana, no se reduce el ser humano a estilo y expresión. Está el literato contribuyendo a definir su propia vida y la de los demás no sólo con lo que escribe sino también con lo que hace, con lo que calla tanto como con aquello que postula y pregona. Porque el problema no estriba solamente en escribir bien, sino en vivir decorosamente; y no hay manera de conservar el decoro cuando se contempla impasible el dolor y la humillación de la inmensa mayoría de nuestros semejantes.

Un escritor horro de sensibilidad social es un monstruo, por excelente que nos parezca su prosa e inigualable su poesía. Mas como nuestra sociedad es monstruosa, tales engendros deformes proliferan… Me repugna la idea del escritor que se dedica a escribir haciendo caso omiso de cualquier otra responsabilidad ciudadana. Protesto contra la indecencia de la especialización esteticista. Me rebelo contra la incapacidad del creador para respaldar con el acto global de la existencia su palabra. Condeno la impostura cómoda y vergonzante del profesionalismo aséptico en la esfera siempre controversial de los valores a los que subordina el hombre su conducta.

No exigiré del literato que abrace una tendencia, milite en una escuela, recorte el vuelo a su expresión o diga lo que no siente y crea. Cada pluma ha de encontrar su estilo; y cuantos más estilos despunten, mejor. Pero sí le pediré que recuerde que él es algo más que un escritor: un ser humano…, y que si el escritor ha de rendir culto a la palabra, la palabra, por su parte, ha de estar siempre al servicio del hombre.