El escritor dominicano y el poder

ELOY ALBERTO TEJERA
Dos opciones tiene el escritor ante el poder: hacerse el bufón o convertirse en crítico. Mas en un país repleto de truhanerías como éste, donde todos andamos apretujados, y no existe la posibilidad de estornudar sin no tener que salpicar al otro. Por eso los escritores dominicanos respiramos uno al lado de los otros. Esto no es favorable al pensamiento.

La nobleza requiere de cierta distancia. El escritor necesita de ella con urgencia para desenvolverse con altura. Debe estar lejos del poder, como alejado del objeto critico para después usar el escalpelo para diseccionar y hallar pus e infecciones sin que le tiemble el pulso. Lamentablemente aquí todos somos vecinos y aspiramos a uno de los lados de la moneda con dos caras siniestras: una, la dádiva, otra la del empleo. Por eso el ejercicio de la crítica del escritor dominicano en lo literario y social es tan endeble, por eso no vemos a nadie al estilo Ernesto Sábato diciendo lo que le viene en ganas o rechazando la visita de un Presidente. Aquí se temen herir susceptibilidades. No puede existir el árbol de la crítica en estas condiciones. Fundar la aristocracia es harto difícil. La independencia parece ser un bien inalcanzable para el que sueña con el premio o con la dádiva. Se pertenece a un cónclave de poder, se confabula uno para fundar alguna pandilla literaria, se adhiere uno a toda la lambisconería y a la pose del poder, o toma la dichosa senda de lo que en este mundo han descubierto que estar solo es la mejor senda.

Sentarse a la mesa con los presidentes, ministros y príncipes tiene un costo. Participar en la Corte, en los festejos y beneficiarse económicamente del poder no es gratuito. Cuando el escritor participa del poder debe estar dispuesto a las veleidades de éste, a sus incongruencias, y más que todo debe estar dispuesto aplaudir sus desatinos, a no fustigar sus miserias y maldades. El poder engulle al escritor cuando éste participa en cierta posición pública. El ser crítico que hay en él desaparece. Honrosas excepciones las hay. Pero se deben buscar con una lupa.

Personalmente he sido testigo de lo que puede hacer el poder con un escritor. Cierto escritor amigo, de cuyo nombre prefiero no acordarme, cuando ganó su partido perdió su poder crítico. Desde que pisó a las puertas del Palacio empezó a dibujarse su tragedia y falsificación. ¡Oh Dios!. La brega con los funcionarios, el pedido de los cheques que no llegaban y ciertos de favores que reclamaba, hicieron que la dignidad que antes exhibía se fuera afantasmando. La ecuanimidad de aquel escritor se convirtió en soberbia. Ya no llamaba a los amigos ( y sobre todo dejó de llamar, como lo hacía estoicamente, al pan, pan y al vino, vino). Más fácil recibía a uno cualquier jeque árabe que éste, quien cerró su espíritu a la bondad, pero también la puerta de su oficina.. Se convirtió en un alabardero más del régimen. Pensaba él que el poder era eterno. Me daba lástima que él no pudiera entender que lo único que es para siempre es la palabra, y que hasta para quienes son sus artífices, el olvido llega a ser una medicina.. Sucedió lo que debía, y así como terminan los cuentos de Las Mil y una noches, “llegaron las sombras”. Dicho escritor se vio obligado a salir del poder. Las masas, que él tanto despreciaba, con sus hediondos votos, le devolvió a la realidad. La borrachera del poder había pasado, y entonces venía la resaca a abrumar una existencia ya de por sí, un tanto bañada por la canallada de haber traicionado ciertos principios, más que morales, espirituales.

Sucede que cuando el poder se convierte en una panacea para el escritor resolver sus problemas económicos, la pérdida de éste resulta una especie de suicidio. Por eso nada tan lastimoso como el contemplar a un escritor fuera del poder. No puede venir a embaucarnos con sus viejas tesis, y con el castillo de la palabrería cuyas acciones no pueden sostener.

El escritor digno debe entender que el poder tiene sus aristas oscuras. La función del poder ante el escritor será siempre implacable: anularle el espíritu crítico, convertirle en un adorno o arrodillarle. El poder existe para enfrentarlo. La función del escritor debe ser siempre la del boxeador bueno: mantenerse a distancia como el genio Mohamed Alí, para conectar los jabs contundentes y fulminantes.