El estigma de mujeres en la política

Luchar contra los prejuicios, los estereotipos y la discriminación, es cosa de valientes. Pero luchar contra las actitudes sociales, los miedos, el estigma de siglos, es cosa de personas fuera de serie que se atreven a desafiar lo que han encontrado “como establecido”, “como norma” o “lo aceptado como costumbre escritas en símbolos, que están predestinadas solo para hombres. En muchas culturas nacer mujer es sinónimo de “pobreza estructural” de limitaciones y debilidades sociales. En los roles asignados según el género, a la mujer en la política y en las labores productivas la excluyen, la discriminan y la limitan por ser mujer. Peor aún, se la estigmatiza, o sea, se le restringen sus derechos, se limitan sus potencialidades y se le reduce para minimizar sus acciones sociales, académicas, políticas, laborales, etc. Es decir, solo se le reconoce para los roles de segundas asignaciones. Durkheim decía: “la exclusión de los pocos es una amenaza a toda la sociedad, ya que supone una pérdida de los valores colectivos”.
Esa exclusión tiene como propósito incrementar la vulnerabilidad personal y fomentar socialmente a los grupos, -géneros- para condicionar sus demandas, o sus empoderamientos, logrando que sean personas controladas, de perfil sumiso, conservador o anulado socialmente. Pero también existe una autoestigmatización, o sea personas que en su vida interior aceptan los prejuicios, la discriminación y los estereotipos como propios, aceptando esa identidad como creencia impuesta o como norma. De ahí que algunas mujeres rechacen a otras mujeres, o a sí mismas en poder confiar en sus propias actitudes, ya sea en la vida política, empresarial o social.
Las sociedades autoestigmatizadas no poseen autoconciencia, ni desarrollan el juicio crítico para entender su conducta o mentalidad. Simplemente sienten las descalificaciones, el rechazo, la desconfianza, la exclusión o la crítica. Pero no saben que en el fondo de lo que se trata es de un proceso de estigma según el género. Un grupo o una persona estigmatizada se busca bajarle la autoestima, la motivación, la confianza, la autodeterminación y la propia identidad para ocasionarle el silencio, el miedo, el acatamiento, la inseguridad y la soledad. Para Derrida y Laraña, en sus estudios de la estigma social, la discriminación estructural explica cómo las actitudes sociales dominantes determinan los comportamientos de la sociedad y de las instituciones, reforzándose ambas al unísono y generando una dinámica estigmatizante. Esa estigma de género permite que la sociedad apruebe como bueno y válido el concepto: la política es para hombres “para guapos, desafiantes y atrevidos” que se exponen, y con sus rasgos de personalidad, llegan y ganan o son exitosos”. Sin embargo, en Latinoamérica hemos tenido varias mujeres presidentas: Nicaragua, Panamá, Costa Rica, Brasil, Chile y Argentina. En los Estados Unidos hace poco lo intentó Hillary pero no pudo llegar. Cada país, cada región tiene su propia dinámica histórico-social y política que refuerza los estigmas contra la mujer como protagonista de derecho a participar desde las tribunas como líder, como administradora o jefa del Estado.
En República Dominicana, las mujeres que han estado en las posiciones más altas en el mando político: Milagros Ortiz Bosch y Margarita Cedeño de Fernández. Para romper con el estigma hay que insistir, persistir y resistir. Luchar contra la estigmatización, contra los prejuicios, estereotipos y discriminación, de una de mocracia masculinizada y, peor aún, servida para hombres que reproduzcan el miedo, el control, la autoridad, el desafío de mantener el crecimiento limitado o controlando los derechos multidimensionales. Es una lucha desigual, desde Occidente, Europa y Latinoamérica, pero la circunstancia provoca su propia necesidad y sus propias soluciones. La única salida para derrotar la estigmatización es empoderándose, demandando, educando y pensando diferente a los controles socioculturales que generan el estigma.