El ethos que ama

28_03_2015 Areito 28 marzo Areíto2

Cuando la razón busca hasta el final, encuentra en su propia raíz el afecto que se expresa por el amor, y sobre ella, el espíritu que se manifiesta por la espiritualidad. Y al término de su búsqueda encuentra el misterio. Misterio no es el límite de la razón sino lo ilimitado de la razón. Por eso, el misterio continúa siendo misterio en todo conocimiento que se siente desafiado a conocer siempre más. La razón científica nos ratifica este recorrido. Ella comenzó con la materia, llegó a los átomos, descendió más, a los elementos subatómicos, a la energía y a los campos energéticos, al campo de Higgs, origen de todos los campos, al big-ban, hace 15 billones de años… para terminar en el vacío cuántico, que es el estado de energía de fondo del universo, aquella fuente alimentadora de todo lo que existe, misteriosa e innombrable, que el conocido cosmólogo Brian Swimme, identifica como presencia de Dios.

Concretamente, el misterio es el otro. Por más que se quiera conocerlo y encuadrarlo, siempre se retrae para más allá. Es misterio desafiador que nos obliga a salir de nosotros mismos y a posicionarnos ante él. Cuando el otro irrumpe delante de mí, nace la ética. Porque el otro me exige una actitud práctica, o de acogida, de indiferencia o de rechazo. El otro significa una propuesta que pide una res-puesta con res-ponsa-bilidad.

El límite fatal del ethos que busca estriba en haberle reservado poco lugar al otro. El paradigma occidental siempre tuvo dificultades con el otro. Por eso, lo incorporó, lo sometió o lo destruyó. Negando al otro perdió la posibilidad de la alianza, del diálogo y de un mutuo aprendizaje con él. Triunfó el paradigma de la identidad sin la diferencia, en la línea del presocrático Parménides.

El otro hace surgir el ethos que ama. Paradigma de este ethos es el cristianismo de los orígenes, el paleocristianismo. Este se diferencia del cristianismo oficial y de sus iglesias, porque en ética fue más influenciado por los maestros griegos que por el mensaje y la práctica de Jesús. El paleocristianismo, al contrario, da absoluta centralidad al amor del otro, que para Jesús es indéntico al amor a Dios. El amor es tan central que quien tiene amor lo tiene todo. El testimonia esta sagrada convicción de que Dios es amor (1Jn 4,8), y el amor no morirá jamás (1 Cor 13,8). Y ese amor es incondicional y universal, pues incluye también al enemigo (Lc 6, 35). El ethos que ama se expresa en la regla de oro, testimoniada por todas las tradiciones de la humanidad: “ama al prójimo como a ti mismo”; “no hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti”.

El ethos que ama fundamenta un nuevo sentido de vivir. Amar al otro es darle razón de existir. El existir es pura gratuidad. No hay razón para existir. Amar al otro es querer que exista porque el amor hace al otro importante. “Amar a una persona es decirle: tú no morirás jamás (G. Marcel), tú debes existir, tú no puedes morir”. Cuando alguien o alguna causa se hacen importantes para el otro, nace un valor que moviliza todas las energías vitales. Es por eso que cuando alguien ama rejuvenece y tiene la sensación de comenzar la vida de nuevo. El amor es fuente perenne de valores.

Solamente ese ethos que ama está a la altura de los desafíos actuales porque incluye a todos. Hace de los distantes, próximos, y de los próximos, hermanos y hermanas. Todo lo que amamos, lo cuidamos. Se abre así al ethos que cuida.