El fantástico mundo de los cruceros

AMPARO CHANTADA
Reflexionar sobre los defectos e impactos causados por la supuesta construcción de una Isla artificial frente al Malecón y el proyecto inmobiliario a desarrollarse en Sans Soucí y en la costa sur de la Ciudad Colonial me ha obligado a sumergirme en el mundo de los cruceros para entender hasta qué punto son tan imprescindibles para nuestro desarrollo y cuán ricos seremos cuando llegaran a nuestra ciudad-puerto.

Fatal expresión mía, esa de sumergirme, pensarán algunos, pero sí, como todo lo que concierne el turismo, hay que sumergirse para comprender cómo funciona esa industria, qué produce, para quién, sus relaciones con las compañías aéreas, portuarias y sobre todo sus impactos en los mares.

Un crucero es una ciudad flotante compuesta por 2000 a 3000 habitantes. Ese sumergimiento me hizo descubrir una actividad turística en plena mutación: fue concebida al principio para turistas clase alta, jubilados y con glamour; por eso, ingleses y norteamericanos, sobre todo, eran el mercado cautivo. Hoy esa visión idílica de la clase y la elegancia a bordo ha cambiado. Al masificarse y cautivar a un mercado hecho de vacacionistas norteamericanos clase media, esa industria se propuso hacerles descansar, mental y físicamente. Para eso creó lugares absolutamente anónimos y sin identidad, sobrecargados de naturaleza y cascadas, incluso con animales de la jungla (solo faltan los salvajes aborígenes) para simular las condiciones de un Robinson Crusoe y estimular en el vacacionista, en una mezcla de inocencia infantil, ansias de exploradores del siglo XIX. Imagínese un minuto, amigo lector, que nos hagan una Isla Mágica en frente de nuestra ciudad medieval.

Los cruceros al Caribe son también, cada vez más, un “viaje a ninguna parte”, pero con una parada en esas “islas fantásticas” la compañía no deja nada al azar, se embolsa los ingresos producidos por todas las actividades que se desarrollan, como el alquiler de equipos de buceo, pequeñas cabañas y embarcaciones, así como de la venta de bebidas y recuerdos en establecimientos de su propiedad. Por consiguiente, la escasa aportación de los pasajeros de crucero a la economía local de los países caribeños se reduce cada vez más. Sabemos que la globalización elimina las tradicionales limitaciones –ya sean físicas, culturales o políticas– impuestas por las condiciones geográficas sobre la vida económica, y el turismo de cruceros en el Caribe es un claro ejemplo de ello.

El 100% de las compañías operadoras son de países no caribeños. Tienen un control cada vez mayor sobre sus lugares de destino y algunos incluso son de su propiedad. Las tripulaciones de los barcos proceden mayoritariamente de países no caribeños. Otro desarrollo negativo, desde el punto de vista del progresivo “encapsulamiento” de los pasajeros de cruceros (y de sus dólares), es la creación de clubes privados en los puntos de destino con sus plazas turísticas y líneas de transporte privadas, todo propiedad de la compañía. Algunos puertos del Caribe se adecuaron imitando a los barcos de crucero, convirtiendo su ciudad en una especie de parque temático local (por ejemplo, en Aruba) o creando atracciones artificiales, que nada tienen que ver con el entorno local, como en St. Maarten.

La imagen de Dominica, que se autodenomina “la isla natural del Caribe” y proclama estar libre del turismo de masas, se vio muy deteriorada a finales de los 80.

Precisamente los turistas de cruceros (y las visibles huellas de su presencia) son los que han puesto en tela de juicio el compromiso existente del gobierno con el ecoturismo. Las llegadas de cruceros aumentaron espectacularmente de 11.500 en el año 1986 a 124.765 en 1994, por la creación de un nuevo punto de atraque en el Parque Nacional de Cabrits, al norte de la isla, y mejores condiciones para fondear en las proximidades de la capital, Roseau: el resultado es que más de 1.000 personas a bordo de los cruceros visitaron diariamente la isla y el otro resultado es que las condiciones de sostenibilidad se vieron muy alteradas poniendo en peligro los ecosistemas del Parque, porque la mayoría de los turistas realiza un recorrido rápido en minibús por los lugares más conocidos y fácilmente accesibles de la isla.

Sin embargo, se estima que si las visitas de cruceros aumentan a 4 o 5 barcos diarios durante cuatro o cinco días a la semana, el ecoturismo desaparecerá sencillamente.

En Granada, la Oficina de Turismo ha pedido que se apliquen penas más severas para los delitos cometidos contra los turistas, después de que una compañía de cruceros amenazara con dejar de atracar en St. George debido al acoso al que se veían sometidos los pasajeros por parte de los vendedores locales. Se olvidaron, esos vendedores, que las compañías de cruceros norteamericanas no creen en las leyes del libre mercado y de la competencia.

La industria de los cruceros que opera en el Mar Caribe transita en un mar que tiene el tráfico marítimo más intenso del mundo con unos 50,000 barcos anuales que transportan 14,5 millones de turistas, según datos del PNUMA (Programa de las naciones Unidas para el Medio Ambiente). Según las agencias de noticias, las autoridades ya evaluaron que no hay instalaciones adecuadas para recibir la basura de los barcos.

En estos momentos, la mayor causa de preocupación en ese collar que constituyen las Antillas Mayores y Menores la constituyen los vertidos de residuos procedentes de los barcos de crucero. Los cruceros en la región han experimentado un enorme crecimiento y se estima, según fuentes de la Organización Marítima Internacional (IMO), que se generan 2 kilos de basura por persona al día. Un buque para cruceros con 3 mil pasajeros produce de 400 a 1.200 m3 de desperdicios húmedos por día, que incluyen el agua usada en cocinas y baños. Además, los cruceros arrojan al mar hasta 70 litros al día de residuos peligrosos, entre ellos químicos usados en procesamiento fotográfico, pinturas, solventes y baterías, que amenazan la vida animal tanto como la humana, pues 70% de la población caribeña vive en área costeras.