El final de la guerrilla
del 1J4 en “Manolo”, de Disla

Diógenes Céspedes
diógenes.cespedes@gmail.com 
La realidad histórica y la ficción coinciden en el hecho de que luego de que los revolucionarios evidencian el papel de infiltrado de Genao Espaillat, se produce su deserción de las filas del 14 y, por instrucciones superiores, produce la rueda de prensa donde denuncia que el 14 de Junio está en manos de los comunistas.

La novela y la prensa (El Caribe del 11 de agosto de 1966) dan cuenta del atentado que casi le cuesta la vida. César Rojas es sindicado como el autor de los disparos. En la ficción de Disla también participa Canita, mientras que en el relato periodístico de Álvaro Arvelo (referido por Ángela Peña, Hoy, 10/2/08, p. 11) se cita a tres personas más. No hay coincidencia entre ficción y realidad.

Al parecer, Rojas militaba en el 1J4 al momento del atentado. Pero cuando le asesinaron en Nueva York, era un alto dirigente del MPD. Los cambios de un partido de izquierda a otro fueron muy vertiginosos después de la guerra de abril.

Después del triunfo de Balaguer, Genao Espaillat recibió protección y fue Subsecretario de Interior y Policía cuando el general Enrique Pérez y Pérez ocupó esa cartera.

La eficacia de los agentes de la CIA y sus infiltrados fue contundente y rápida y permitió la caída fulminante de todos los frentes guerrilleros en lo que se dice berenjena, excepto el dirigido por Manolo, el cual nunca fue alcanzado por el Ejército y se mantuvo casi intacto hasta su rendición y asesinato inmediato de todos los miembros de su guerrilla que se entregaron junto con él. Sobrevivió solamente Emilio Cordero Michel y los que decidieron no entregarse. Sobrevivieron también Fidelio Despradel, el segundo al mando después de Polo Rodríguez, jefe de la Infraestructura. Con él, se salvaron quienes le acompañaron en la aventura de bajar de la loma para activar la resistencia urbana que supuestamente dirigía Roberto Duvergé en la Capital.

Antes de que Fidelio se propusiera para esa misión, José Daniel Ariza le enfrentó varias veces, y a Manolo también, para que el segundo a bordo no fuera encargado de realizar tan peligrosa encomienda. Adentrados en la intrahistoria, el lector se percata de que a los argumentos de Ariza no le faltaba razón. Pero él concluyó en que Fidelio le impuso su criterio a Manolo porque sabía ya que la guerrilla era un fracaso, enterados como estaban de la caída de todos los frentes guerrilleros. Según Ariza, al hundirse el barco, Fidelio se proponía salvar el pellejo.

Pero nada de esto se supo después de la caída de Manolo y sus compañeros, pues cuantos escribieron testimonios del levantamiento guerrillero en contra del Triunvirato taparon lo ocurrido o construyeron historias edificantes destinadas a la glorificación de un fracaso. Gran fracaso porque ahí están las discusiones internas, que conocemos gracias a la novela de Disla, y también por algunos testimonios personales de quienes estuvieron en contra de irse a la loma y luego de irse se negaron a entregarse a las Fuerzas Armadas y por eso salvaron la vida. Muchos de los que fuimos militantes del 1J4 desconocimos, desde 1963, los entresijos de ese fracaso.

Es una paradoja que los guerrilleros de la Infraestructura, que proclamaron ser los mejor preparados militarmente y que creyeron que el triunfo de la revolución era inminente, fueran los primeros en caer destrozados por la metralla enemiga. Los supersabios perdieron la partida ante los flojos, pero quien perdió fue el país.