El futuro de la desigualdad

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En 2015, el 88% de la riqueza del planeta está controlada por el 10% de la población. En términos de Oxfam: un autobús que transportara a las 85 personas más ricas de la tierra tendría la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial.

Se viene proponiendo activamente que hay que atacar la desigualdad. A mí me preocupa que la atención se aleje de la pobreza, que es el auténtico problema y se concentre en la equidad. Es inaceptable que una de cada cinco personas en el mundo viva en pobreza absoluta, con menos de un dólar por día. Que Slim, Bezos o Gates sean tan ricos, me parece de poca relevancia.

Acepto que la equidad es ventajosa, por sí misma. Dos argumentos me convencen de que sociedades menos desiguales son preferibles. El primero es que la existencia de redes de protección social, públicas o privadas, son importantes para el bienestar. Estas redes tienden a ser más fuertes en países menos desiguales.

La otra está en las peculiaridades de la naturaleza humana: La gente (de acuerdo a estudios muy serios) tiende a preferir ganar $100 si los demás ganan $50, que ganar $200 si los demás ganan $400. Dado que $200 compran más bienes, educación y salud que $100, la gente lo que está diciendo es que prefiere ser más pobre, menos educada y tener una vida más corta y menos saludable… con tal que sus vecinos sean todavía más pobres, se mueran antes, estén más veces enfermos y tengan aún menos conocimientos. Las justificaciones que se han dado para este fenómeno me parecen tan patéticas como el fenómeno en sí mismo.

El capitalismo, parafraseando a Churchill, es el peor sistema económico con la excepción de todos los demás. Intrínsecamente, inexorablemente, produce ciclos económicos, concentra la riqueza y tiende al monopolio. Las naciones desarrolladas han sido agresivas en imponer medidas “anti-trust”. Con la riqueza, sin embargo, los gobiernos no han ido en el mismo sentido. De hecho, la tendencia del último cuarto de siglo ha sido sustituir tasas progresivas por tasas unificadas para gravar ganancias y patrimonio.

Dos son los argumentos subyacentes en esta tendencia: que $1.00 invertido por el sector privado es más productivo socialmente que $1.00 invertido o gastado por el gobierno; y que los mega-millonarios, por más que consuman tienen forzosamente que invertir: El mercado de valores ha retornado, desde 1960, aproximadamente 10% anual. Un billón genera una ganancia anual promedio de $100 millones. Es muy difícil consumir $100 millones, año tras año, por muchos años. Se acaba forzosamente invirtiendo.

Con la creciente apología de la equidad debe esperarse que los estados impongan mayores tasas de impuestos para los mega-millonarios. Estos, que se han dado cuenta de que ser dueños de mega riqueza les es irrelevante, porque no se la pueden gastar, están activamente promoviendo fundaciones a las que destinar sus fortunas, para que el dinero siga bajo gestión capitalista aunque el beneficio vaya a fines sociales, esperando mejores resultados que los que lograría el Estado.

En el futuro, la riqueza estará concentrada en mega fundaciones en vez de en mega millonarios. Este cambio, que es más de forma que de fondo, parece que hará más felices a los humanos, aunque la economía real no se vaya a enterar.