El futuro económico dominicano visto hoy

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POR JOSÉ LUIS ALEMÁN SJ
Ni siquiera los profetas canónicos barruntaban el futuro con la claridad deseada. Señalaban, sí, rasgos importantes de lo que vendría pero que generalmente resultaron más discernibles después que antes de los hechos. Quien no es profeta presenta el futuro más borrosamente aún.

La profecía económica se fundamenta en constatar si ha habido cambios importantes en el comportamiento de algunas variables claves y, si se registran, en delinear su futuro impacto sabiendo que el futuro ya no será proyección del pasado.

La dificultad se agiganta cuando se es consciente de que los cambios más significativos suelen darse en terrenos no económicos como la tecnología, el sistema de financiamiento, este último por suponer de hecho una redistribución de la riqueza o sea de la capacidad de producir bienes y servicios nuevos, y las instituciones jurídicas que regulan las actividades económicas y el estilo de vida. Hasta cierto punto el origen de estos cambios puede ser interno o externo al país.

Desentrañar el futuro significaría entonces dar un primer paso sobre los cambios experimentados en la tecnología, el financiamiento y la cultura que vivimos hoy. El segundo paso sería imaginar el punto ideal hacia el que nos conducen esos cambios que, afortunadamente para el profeta dominicano, pueden reproducirse como causa ejemplar partiendo de lo que sucede en países que los experimentaron antes que nosotros. Este segundo paso, entre paréntesis, lo dio explícitamente

Carlos Marx en el Prólogo al Capital en el que afirmó que lo que entonces se vivía en Inglaterra era el espejo donde debían mirarse su Alemania y el resto de Occidente.

EL PRIMER PASO: LOS CAMBIOS SIGNIFICATIVOS

a) Cuantos hemos sido regalados con unas cuantas docenas de años de vida y hemos podido, además, leer algo de lo que pasaba en República Dominicana en la primera década del siglo XX sabemos que la tecnología y la cultura, el estilo de vida, han sufrido cambios.

Marx espíritu analítico perspicaz, el profeta económico de los ojos perfectos como Balán en el Antiguo Testamento, creyó que la gran diferenciación de sus famosos cinco modos de producción estaba en una tecnología radicalmente distinta con impacto sobre la cultura (superestructuras jurídicas, moral y religiosa diría él). Hecha la imprescindible anotación metodológica de que la tecnología en el momento primario de su nacimiento es resultado de la manera de ver la vida y no de la misma tecnología, que sería explicar lo mismo por lo mismo, la intuición de Marx me parece valiosa.

Ciertamente la tecnología de la navegación, de las telecomunicaciones y de la energía de vapor y eléctrica, han internacionalizado la actividad económica limitando drásticamente la exclusividad de los mercados nacionales. Quien hoy produce, gústele o no, encontrará una fuerte competencia foránea tanto en los bienes producidos como en los bienes demandados por los consumidores nacionales. Todo intento de evitar esta doble competencia es a la larga inútil: tanto la producción como el mercadeo de bienes del país tienen que plegarse a las exigencias de un mercado globalizado al cual los consumidores dominicanos son adictos. Este proceso está ya bien adelantado y difiere sustancialmente del vigente a fines de mil novecientos ochenta.

b) La visión de Marx debe profundizarse con la de Schumpeter. Precisamente porque la tecnología implica un nuevo modo de producción y una variación de los patrones de consumo se requiere un financiamiento distinto por la sencilla razón de que los financiadores tradicionales no tienen interés en financiar bienes diversos de los usuales que garantizaban sus ganancias. Este financiamiento fue provisto por canales nuevos, bancos centrales y comerciales que ya no eran custodios de depósitos de unos pocos ricos a algunos de los cuales se prestaba, sino que recibían a bajo costo los depósitos de muchos para prestarlos a “hombres nuevos”, empresarios vinculados a los dueños de bancos, con mínimas garantías y grandes facilidades de reenganche. La garantía de los nuevos bancos son los depósitos baratos de miles de ahorrantes aunados a pocos proyectos de gran envergadura y de alto riesgo equilibrado por un continuo roll over. Obviamente el peligro de insolvencia es apreciable y las quiebras bancarias son frecuentes pero sí se financiaron grandes proyectos.

En una economía global el monto de los flujos financieros incluye el extranjero. El sistema bancario propio de los principios del desarrollo no ofrece transparencia ni reglas sólidas contra riesgos de diversas clases. No es un capricho del FMI la exigencia de acomodar nuestro sistema bancario a reglas prudenciales en uso en otros países. Nuevas formas de financiamiento internacional del sector privado y público difieren de las corrientes y sin ese financiamiento resultan muy dificultosas para no decir imposibles las inversiones del nuevo modo de producción.

Por eso el sistema bancario está en un profundo proceso de cambio.

c) Creo, por último, algo por nadie ha negado, que el estilo de bienes y servicios demandados difiere grandemente del de mediados del siglo pasado: la democratización de los carros, de los nidos preescolares, de la medicina, de los apartamentos, de la educación universitaria, etc., etc. suponen una ruptura total con un pasado muy reciente (en el censo de los sesenta Santo Domingo tenía la mitad de los habitantes del Santiago de hoy y Santiago ni tenía Universidad ni un Centro Cultural León pero sí multitud de marchantas y de carruajes de caballos).

Pero lo impactante, mucho más que el estilo de vida de los consumidores, es el cambio que la globalización impone a las instituciones económicas y políticas. En contra de nuestra cultura santificadora de las relaciones familiares y amicales y hostil a relaciones interpersonales objetivas y neutras en lo que toca a premiar capacidad experimentamos la exigencia internacional que insiste en reglas universales, supervisión bancaria, control fiscal, licitación de compras e inversiones públicas, pago de impuestos, carrera administrativa y apertura internacional. En realidad en la segunda mitad del siglo XX habíamos perfeccionado un modo muy dominicano de hacer economía. Ahora llegó la hora de hacerla con reglas globales.

EL SEGUNDO PASO: QUO VADIMUS? ¿A DÓNDE VAMOS?

a) Los pueblos cambian más rápidamente de tecnología que de instituciones y de estilo de vida. La nueva tecnología no es cuestión de opciones sino de necesidades. Ni siquiera la agropecuaria puede eximirse del cambio: apenas quedan arados de bueyes, se cultivan café y guineos orgánicos, se producen aguacates israelitas por arrugados que sean y piñas hawaianas y no pan de azúcar, existen invernaderos para el desarrollo y cultivo de vegetales y frutas. Pero aunque la tecnología del arroz ha mejorado mucho no hay forma de producirlo por debajo del costo del arroz extranjero puesto en plaza y hay unos 40,000 productores que en virtud de la OMC y del TLC más bien pronto tendrán que recurrir a otro cultivo o cerrar operaciones con efectos muy negativos sobre el triángulo Bonao-Cotuí-Nagua aunque positivos para los consumidores. La suerte de los bateyes misereados tras la reducción de la caña de azúcar es un posible indicador del futuro. En mayor o menor grado pasará lo mismo con productores de pollos, leche, tomate, carne de res, cebolla, ajo.

b)Un fenómeno parecido puede repetirse en el sector industrial: la competencia ya ha convertido con no mucha exageración la zona industrial de Herrera en un cementerio de medianas empresas. Las relativamente grandes empresas modernas apetecibles para alianzas estratégicas con empresas extranjeras coexistirán con microempresas productoras o comercializadoras de bienes de baja calidad para ese nicho nada pequeño de pobres dominicanos. Sólo empresas de alta tecnología sobrevivirán en las zonas francas y sólo las muy buenas prosperarán. Lo que no podrán hacer es dar trabajo a quienes fueron despedidos por las otras empresas.

c)Los bancos algunos bajo propiedad extranjera prestarán fundamentalmente al comercio y al consumo y a empresas ya establecidas que buscan ampliarse. El financiamiento de nuevas empresas y el del Estado se hará con bonos o acciones bajo reglas de mercado. La experiencia de otros países como Perú pinta un porvenir favorable para la financiación más democrática pero también más exigente de nuevas empresas y de empresas exitosas. Es previsible también un flujo cuantioso de capital extranjero ávido de posarse, no de asentarse, donde el interés real sea mayor y las instituciones más estables y predecibles.

d) Esto significa que el porvenir del país dependerá del cumplimiento de marcos legales estables sin modificaciones ad hoc de incentivos, de subsidios y de la misma Constitución. El influjo de políticas “pro domo sua” y gentes del partido disminuirá paradójicamente por presión económica de supervivencia más que por educación. La fría ética del negocio nos obligará a ser y parecer menos arbitrarios y saqueadores y a tener expectativas de futuro más confiables. Esto no significa, por supuesto, que muera la nostalgia por un justicia mayor más humana y más profunda. El sentido de la vida, de la compasión y de la muerte no se suprime por una mayor corrección en las relaciones económicas, probablemente hasta su necesidad apriete más ahora que otras ansias materiales se solucionan con mayor facilidad pero menor ilusión.

e) Si algo parece seguro en un futuro a mediano plazo es el aumento absoluto y relativo de la población pobre. Esto al menos ha acaecido en otros pueblos e incluso en sociedades altamente desarrolladas como las europeas al tener que trocar una economía nacional con fuertes políticas sociales por otra global regida por el principio organizador de la eficiencia productiva y por un consumismo hambriento de toda clase de bienes más o menos inútiles pero codiciado por los consumidores. El problema está menos en los Gobiernos e incluso en el empresariado que en los consumidores. Las subculturas de la eficiencia competitiva y del consumismo conforman lo que llamaría “cultura moderna”.

Boyer (2004) habla para países desarrollados de un estilo de vida “antropogénico” más centrado en la educación continuada por toda la vida, la biotecnología y clínica médica, el ocio organizado económicamente y el turismo que en bienes tradicionales o en bienes “nómadas” (los que nos acompañan como el celular y el o la laptop. Supuesto el tantas veces constatado mimetismo de países en desarrollos puede que por allí esté el futuro.

f) Confieso, más bien resignado que entusiasmado, que el equilibrio mínimamente soportable entre ricos y pobres y entre naciones pobres y naciones opulentas llegará en veinte o cuarenta años, no muchos para los jóvenes de hoy, por un control extremo de la población y por nuevas invasiones migratorias que se volverán a llamar “bárbaras” si uno habla la lengua de los ricos o “de los pueblos” en la de los pobres.

g)Aunque se trata de un problema mundial el elevado costo de los derivados del petróleo afecta de manera especial a los países sin recursos petroleros y carboníferos y limitado potencial hidráulico como, caso prácticamente único en América, a República Dominicana. Como cualquier mejora del ingreso se traduce en aumento de demanda de petróleo para automóviles y su sustitución por otros combustibles tardará tanto cuanto los países más ricos puedan pagarlo, nuevas alternativas energéticas como la eólica, de alto costo de inversión y bajos costos de operación, se harán imprescindibles. Por razones financieras y tecnológicas habrá que garantizar una rentabilidad elevada a inversiones directas del extranjero ajenas a controles de precios y expropiaciones. Es importante recordar que la rentabilidad esperada de inversiones masivas a largo plazo en proyectos políticamente delicados tiene que ofrecer no sólo perspectivas positivas de rentabilidad sino por lo menos tan buenas como otras. La electricidad resultará más cara relativamente que otros bienes de la canasta de consumo lo que incidirá en el estilo de vida deseado. El futuro económico de muchos será o más austero o menos probable.

LOS MATICES

Después de este ejercicio de Apocalipsis, que ha prescindido olímpicamente de problemas tan urgentes como la deuda pública y la competitividad, deseo recalcar que por un tiempo, mucho más breve de lo que los antropólogos creen, la pugna entre políticas nacionales y globales alternará sectorial y temporalmente triunfos y derrotas para los nacionalistas aunque la globalidad lleva las de ganar.

En este supuesto el futuro económico de los hoy estudiantes de administración, economía y mercadeo será distinto de lo que ellos esperan. Tácitamente, aunque por pudor elemental apenas lo susurre, cree el estudiante que por sus certificados o por sus conocimientos tiene derecho a ser el ejecutivo intelectual idóneo del mañana, lo que probablemente tiene buena parte de razón, y que su educación merece y exige que se le den los puestos de mando o de asesoría privilegiada de la economía y de la sociedad.

En otras palabras está pagando hoy un bono que redituará en el futuro empleos importantes. Con alta probabilidad diría que la rentabilidad de la educación medida en la exigencia de empleo será mucho menor de lo que es hoy en día cuando el número de egresados universitarios sea relativamente más alto que en el pasado reciente. La educación certificada será una condición necesaria para llegar a puestos importantes pero de ninguna manera garantía de empleo económicamente satisfactorio y menos aún título que exige empleo público, como punzantemente dijera Felipe González al pensar sobre todo en médicos e ingenieros.

La verdad retadora pero verdad al fin es que una gran parte de los egresados de las áreas económicas no encontrará empleo pingüe sino tendrán que crear su propio empleo sea formando redes de información, mercadeo, investigación con empresas privadas o públicas ya establecidas sea desarrollando las propias. Algo me dice que no les faltará el espíritu empresarial personal y socialmente indispensable para enfrentar el futuro. Bienvenido entonces el futuro.