El gobierno invierte en una clínica privada…

SEGUNDO IMBERT BRUGAL
A punto de escribirse el epílogo del  período rosa entre el gobierno y el electorado dominicano, surge con virulencia y radicalidad una nueva crítica al Presidente Leonel Fernández: se considera que es un imperdonable error, un insulto a la nación, que el estado invierta veinticinco millones de pesos en el “Hospital Metropolitano de Santiago”. En principio, sin que reflexionemos mucho, veinticinco millones desviados hacia un hospital privado cuando los públicos sufren conocidas calamidades “llora ante la presencia de Dios”; como diría mi madre cuando de despilfarros y abusos se trata.

Sin embargo, dedicándole tiempo al asunto y utilizando datos históricos, contables y la realidad política de las últimas décadas –de esas décadas en que a la vez que parimos matamos la democracia–, esa inversión puede resultar inteligente y fructífera. Un palo, como diríamos en lenguaje vernáculo. Pensemos.

¿Ha sido acaso el Estado buen planificador, administrador riguroso y pulcro inversionista en cuestiones de salud? ¿Han sido los  médicos del sistema colaboradores idóneos? ¿Son acaso fiscalizadores vigilantes; ejecutores de reglas esenciales e inexorables para el ejercicio médico y para el eficaz funcionamiento de los centros de salud?

A todos nos consta que cuando se sustituyeron “las monjitas” –que bien administraban por vocación, adiestramiento y devoción–, trocándolas por voraces malversadores de la caja chica y de la caja grande, la contabilidad de los hospitales nunca ha vuelto a pasar de rojo.

Con el dinero mal gastado en edificaciones, remodelaciones y equipos, desde el primer gobierno reformista hasta el último peledeísta, se pudo haber creado una red hospitalaria eficaz. En cambio, lo que podemos mostrar es vergonzoso. O debería de ser vergonzoso… 

“La Plaza de la Salud”, de triste y sobrevalorado origen, hoy habría mostrado el deterioro característico que exhiben sus homólogos de no haber pedido el gobierno ayuda al sector privado. No hubiese sido la avanzada científica en la que se ha convertido con la asistencia de prestigiosas instituciones norteamericanas y el entusiasmo de sus profesionales.

Estos  hechos, fríos y trágicos, de los que solo exponemos una minúscula síntesis paradigmática, nos llevan a concluir que la inversión que tanto se critica no es un error. ¿Titubearía alguno de ustedes si yo les preguntase a donde irían a parar, en diez años, por no decir un lustro, los veinticinco millones de pesos que la presidencia de la república hoy desvía al sector privado? ¡Claro que no! Todos sabemos que se irían al carajo.

Un centro privado regional que lleve la planificación, inversión –el proyecto Hospital Metropolitano de Santiago no debe un centavo en lo que ya lleva de construcción–, la capacidad médica ya captada (los mejores especialista de la ciudad ya han comprado su consultorio) y una administración especializada e independiente como la que se supone van a contratar los accionistas producirá  un impacto incalculable en la zona y un avance relevante de la medicina. La población se beneficiaria, directa e indirectamente, por su presencia y operación. Y esto no puede entenderse como “competencia desleal”, es sencillamente competencia; lo  que supone desarrollo y mejoría en los  servicios.

Las clínicas privadas exitosas de las que hoy disfrutamos han provocado una modernización de nuestra medicina sin precedentes. A la inauguración de la una le ha seguido la otra. La que le sucede es mejor o igual a la que le precede. Solo van desfalleciendo las que no invierten en mejorar la atención al cliente. Las que no ofrecen buena medicina

El “Metropolitano de Santiago” no tendrá como blanco de público a los indigentes: es un hospital privado y no puede ser un hospital estatal al servicio de los pobres. Pero será un centro educativo para la formación de administradores, técnicos, enfermeras, estudiantes de medicina y  especialistas. Será consultor para los centros de salud gubernamentales a través de programas de telemedicina, seminarios y asistencia especializada. Tan solo el beneficio educativo justifica los veinticinco millones.

Me parece, que el gobierno con esta inversión, alguna vez, quiere poner los dineros del contribuyente a buen resguardo. No quiere tirarlos en ese pantano de cocodrilos que ha sido la administración pública. A la larga, le estaremos agradecidos.