El gran Mario Capecchi

Tim Harford narra en su libro: Why Success Always Starts with Failure (Por qué el éxito siempre empieza con fracaso), que Mario Capecchi recuerda cuando el Servicio Secreto alemán, la SS, tocó a la puerta del Chalet de su madre en los Alpes italianos y se la llevaron arrestada a Dahau, un campo de concentración en las cercanías de Munich.

A la sazón, Mario tenía tres años y medio, como era bilingüe, alemán e italiano, entendió exactamente lo que estaba sucediendo. Su madre, Lucy, poetisa antifascista, había rechazado casarse con el abusivo padre de Mario, oficial de la fuerza aérea de Mussolini.

Podemos imaginar el escándalo que levantó Lucy en la Italia fascista y católica como madre soltera. Con gran visión, decidió vender todas sus posesiones, el producido se lo entregó a una familia campesina y cuando ella desapareció se hizo cargo de Mario, quien por un tiempo vivió como hijo de esa familia aprendiendo las labores del campo. Pasado un año, el dinero se había acabado y Mario se fue del poblado; acompañó un breve tiempo a su padre, sin embargo, prefirió estar solo, entre los horrores de la guerra a seguir con su brutal padre. Capecchi se convirtió en un vagamundo a la tierna edad de cuatro y medio años, sobrevivió comiendo desperdicios, se unió a pandillas, entraba y salía de orfanatos.

A los ocho fue internado un año en el hospital aquejado de tifoidea. Las condiciones en la casa de salud eran tenebrosas, no había sábanas ni comida, las camas estaban apiladas unas con otras, la alimentación consistía de cáscara de pan y café de chicoria, muchos huérfanos murieron en estas circunstancias. Mario sobrevivió. A los nueve años, una lánguida y esquelética señora se presentó al hospital preguntando por él. Era su madre, irreconocible luego de cinco años en el campo de concentración y dieciocho meses buscándolo; se lo llevó a los Estados Unidos de América.

Dos décadas después Mario estaba en la Universidad de Harvard, decidido a estudiar Biología Molecular con James Watson, co-descubridor del DNA. Watson no decía halagos a sus alumnos, sin embargo, de Capecchi dijo: “logró más como estudiante graduado que muchos científicos en una vida”.

Watson también le dijo a Capecchi que sería: “fucking crazy” (un cabrón?) si seguía trabajando en otro lugar que no fuera Harvard con su atmósfera intelectual de punta. No obstante, Capecchi decidió que Harvard no era para él, aun con sus grandes recursos, inspiradores compañeros y su reconocido mentor Watson. Encontraba que Harvard demandaba resultados con mucha prisa. Eso estaba bien si uno quería dar pasos en un camino bien señalado pero él quería obtener resultados para cambiar el mundo y necesitaba espacio para “respirar”. Harvard era un: “un bastión para gratificación a corto plazo” decía.

Fue a la Universidad de Utah donde se estaba formando un nuevo departamento de Biología Molecular, era un sitio virgen para desarrollar ideas. En 1980, Mario Capecchi solicitó una donación al Instituto Nacional de la Salud de los EE. UU., USNIH, que financia investigaciones sobre temas fundamentales. Capecchi presentó tres proyectos diferentes en su solicitud.

Dos de los tres proyectos eran sólidos, contenían el paso a paso de los resultados sus posibilidades de éxito eran buenas. El tercer proyecto, altamente especulativo, proponía hacer un cambio específico en un gen del DNA de un ratón. El DNA contiene tanta información como setenta u ochenta grandes volúmenes de una enciclopedia y Capecchi quería cambiar una frase en uno de esos volúmenes.

El éxito de este proyecto era muy improbable, parecía ciencia ficción, la USNIH le recomendó que lo abandonara, no accedió. Sin embargo, el NIH basado en los dos primeros, decidió aprobar la solicitud, recomendándole que se concentrara en ellos. Mario ignoró la sugerencia y usó todo el dinero en la tercera propuesta.

Si fracasaba con el NIH, es probable que nunca más consiguiera financiamiento de ninguna institución. En 2007, recibió el premio Nobel de Medicina por su trabajo sobre la modificación de los genes de ratones, al acceder a renovar los fondos el USNIH le manifestó: “Estamos contentos que usted no siguió nuestro consejo.”