El gran reto: la creación de empleo

Desde que la economía se vistió con ropajes científicos, el trabajo ha sido centro de su análisis. A la pregunta de dónde surge la riqueza (Adam Smith) la respuesta (David Ricardo) puso el trabajo como un componente importante en la creación de valor. Carlos Marx lo hizo el centro de la ecuación al establecer que sólo el trabajo crea valor, aunque la teoría neoclásica consideró que era uno de los insumos, con el capital, en la creación de riqueza. Keynes, vilipendiado por algunos pero considerado el salvador del capitalismo en el siglo XX, hizo al trabajo centro de su famosa teoría general.

La historia política de todo el siglo XIX y XX ha girado alrededor del tema laboral. Un hito importante fue la huelga del primero de mayo de 1889. Trabajadores norteamericanos exigían una jornada laboral de 8 horas, y que culminó con una matanza que se conmemora hasta hoy en (menos EEUU) el Día internacional de los Trabajadores. Incluso la Iglesia Católica reconoció en el trabajo (y en el trabajador) una importancia fundamental en la sociedad. Ésta ha dedicado encíclicas como Rerum Novarum, Quadragesimo Anno y muy específicamente Laborem Exercens. Al respecto Juan Pablo II dijo: “El trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre [sic].

En el siglo XXI, cobra suma importancia el debate sobre el trabajo debido a la significativa pérdida de empleo formal en los países desarrollados atribuida a la crisis económica de origen financiero en el 2008. Probablemente la crisis laboral tiene raíces en los impresionantes avances tecnológicos, que aumentan la productividad del capital, desplazando el uso intensivo de mano de obra. Los países que dependen de la mano de obra barata no parecen haber mejorado su situación laboral, y ciertamente no han mejorado sus condiciones de forma significativa, por lo que podemos afirmar que el trabajo está en una crisis profunda, mundial y estructural. El tema resulta urgente, al igual que lo fue en los finales del siglo XIX y principios del XX, por la presión social y política que reviste.

Y como si fuera poco, en estos días fue de gran impacto editorial y académico la publicación del libro “Capital in the Twenty-first Century” del francés Thomas Piketty. Una obra en la que con gran rigurosidad científica el autor derrumba algunos de los mitos sobre los efectos “beneficiosos” del goteo de la riqueza, y demuestra cuán impresionante ha sido la desigualdad y sus efectos negativos en la sociedad actual.

Así como en los albores del pensamiento económico, hoy igualmente, el centro de la cuestión social (y económica) lo es encontrar el modelo que permita la creación de empleo digno. Un trabajo remunerado de tal forma que no se limite a la mera sobrevivencia física del trabajador, y una distribución del ingreso que permita un siglo XXI sin un gran colapso social y económico.