El hambre saca la sangre

De todas las consecuencias de la miseria, la menos tolerable es el hambre, pues podemos no tener lecho, techo, vestimenta, diversión, visión, audición o voz, pero no podemos dejar de comer, porque indefectiblemente moriríamos. Por ello, en la base de la mayoría de los grandes conflictos humanos, como las guerras, está el hambre.

El hambre también condiciona, casi en su totalidad, los delitos en la sociedad, pues muy pocos tienen la habilidad o el estoicismo para conservar la compostura mientras sufren de hambre; de ahí el adagio “el mal comío no piensa”. Unos atacan para conservar o preservar alimentos, mientras que otros defienden con sus vidas lo que tienen almacenado.   

“Se me sube la sangre a la cabeza” es incomodarse; tener “sangre pesada” es ser antipático; tener “sangre de maco” es ser excesivamente tolerante o cobarde; si alguien “te hace sangre” es que te resulta agradable; si se dice que “la sangre pesa más que el agua” es para referirse al amor incondicional dentro de las familias y hacer “mala sangre” es perder la cordura o enfurecerse.

Las imágenes de niños esqueléticos muriendo de hambre en África, se alternan con reportajes horripilantes de masacres y hechos sangrientos que avergüenzan  a la humanidad. La historia aquí es similar aunque con matices menos salvajes: En muchos sectores, el crimen, organizado o no y los hechos horrorosos, son estadísticamente más frecuentes donde hay más hambre; por eso planteamos que el hambre saca la sangre, pero la “sangre mala”, esa que algunos niegan que la puedan tener porque se consideran “sangre azul” o dueños del mundo sacándole “sangre, sudor y lágrimas” a los demás.