El impacto del empresariado criollo:
7 buenas prácticas en zapatas de varilla y cemento

En clara alusión a José Martí comienzo recordando que hay dos tipos de personas, las que construyen y las que destruyen. Por supuesto, en la historia las cosas se rarifican pues, hasta el sol tiene manchas. Pero veamos momentáneamente la luz solar de las que construyen y dejemos las manchas para otra ocasión.

Por el momento, como cualquier otro mortal, esas personas están a la deriva. Reina cierto grado de angustia. Se añoran nuevos paradigmas de crecimiento, de desarrollo, de bienestar, sinónimos todos ellos de la post-modernidad perdida en el gran teatro de la globalización.

En dicho teatro, la lógica especulativa no acaba de ceder el terreno a la lógica productiva. Y aún peor, en este país lo sabemos por antonomasia, la responsabilidad en el mercado no es como la pintan los libros. Su expansión impone reglas a veces arbitrarias y siempre difíciles de acatar en medio de la incertidumbre. Las oportunidades para salir de la pobreza son limitadas. El espíritu emprendedor, detenido como Moisés a la vista de la tierra prometida, no suele verse recompensado por el éxito. Las barreras al progreso son de toda índole, y hasta la libertad de movimiento de las cosas desampara la libertad de movimiento de las personas.

No obstante, incluso huérfanos de modelos de desarrollo sostenibles, esto no significa que nuestro ensayo de modernización no se apoyara en la construcción. En obras físicas, en verdad, tal y como se exponen en la séptima y última conferencia magistral recopilada por José Báez en la obra: Cátedras Funglode de Éxito Empresarial, 2008.

Tal y como lo ilustra Diego A. De Moya Canaán, los humanos ascendemos aupados sobre los hombros de nuestros precursores. Alguien y algo positivo siempre nos anteceden. A partir de ahí, mucho depende de la laboriosidad personal. Y por ello mismo, escobita nueva barre mal cada vez que impide dar continuidad y retrocede para reiniciar labores desde cero.

“Me nutrí de la gran capacidad y brillantez del ingeniero Sosa Baudré… En 1964 comencé realizando vaciados a pie de obra con sistema rudimentario recorriendo el país, Barahona, San Juan, Azua, Baní, Puerto Plata, San Pedro de Macorís, La Vega…”

Las obras concluidas desde aquel entonces, hace ya más de 50 años, desafían la gravedad del tiempo, exaltan el imaginario nacional y adornan su geografía: escuelas, puentes, autopistas, pistas de aterrizaje, ciudades modelos, torres, calles, aceras, canales de riego, aeropuertos, y un largo y aparentemente indetenible etcétera.

Pero, ante tanta majestuosidad, ¿qué es lo importante?

Sencillo; a la hora de contribuir con el bienestar de la población, diversificar sus oportunidades y generar riquezas, ni esas obras ni el modelo de desarrollo fundamentado en la varilla y el cemento que las aupa, serían sustentables si no observan las mejores prácticas (“best practices”) inherentes a la cultura empresarial de la que nuestros hombres y mujeres de empresa son contemporáneos y coetáneos.

Por tanto, recordemos a continuación al menos siete buenas prácticas, una por cada conferencista de los que sentaron cátedra  en Funglode.

Primera buena práctica: integridad personal. A decir de Diego De Moya Canaán, la ambición desenfrenada no debe encadenar la voluntad ni el decoro. 

“Se pueden delegar funciones, pero no la responsabilidad, ni la dignidad.”

Segunda buena práctica: pensamiento estratégico. De acuerdo a Elena Viyella de Paliza, hay que pensar el presente desde el futuro y evaluar entonces cada negocio a la luz de sus resultados.

“Mirar hacia el futuro, y tratar de entender cómo será un determinado negocio, una determinada situación en 10 ó 15 años. Esto siempre me ha permitido poder pensar estratégicamente y analizar un negocio, una decisión, una situación desde esta perspectiva.”

Tercera buena práctica: consistencia. Dado que se es genio y figura hasta la sepulta, Frank Rainieri demuestra que hay que ser emprendedor y visionario hasta el final.

“Llegar a la meta puede ser relativamente fácil, lo difícil es mantenerse en la cima.”

Cuarta buena práctica: credibilidad. Para Manuel Arsenio Ureña, hay que cultivar confianza. Sobre ella se levanta y de ella depende cualquier relación de negocio.

“Ya casado, mi esposa y yo decidimos montar un tarantín en la avenida Valerio, de Santiago. A ese tarantín le llamamos con orgullo “Almacén de Provisiones”. La fama corrió de que honrábamos la palabra empeñada, y de que éramos `buena paga.´ Y aprendimos que esto era un activo de gran valor para una empresa.”

Quinta buena práctica: crecimiento continuo. No hay negocios emblemáticos y ninguno es el último, según evidencia el grupo de empresas dirigido por Gustavo Cisneros, pues cada uno representa un simple eslabón en el encadenamiento indefinido de nuevas compras.

“Adquirimos en Estados Unidos la empresa Spalding, de artículos deportivos, que la globalizamos; la empresa Evenflo, empresa de productos para niños, que la globalizamos, que la operamos con gran éxito 14 años, después la vendimos, y ese fue también el momento de compra de Galerías Preciados, en España.”

Sexta  buena práctica: corresponsabilidad con el bien común. Aun cuando solo sea por interés comercial, José León ejemplifica el valor de relativizar objetivos empresariales y supeditarlos al bien de la nación pues, si a ésta le va mal a sus negocios también.

“Entendemos que es la obligación de toda persona y empresa retribuir beneficios a la comunidad que le ha permitido ser exitoso. En atención a ello, tenemos un firme compromiso con la nación que por más de un siglo nos ha hecho una empresa líder al preferir nuestros productos.”

Séptima buena práctica: enriquecimiento lícito. Bien habida, la riqueza no es censurable, a pesar de lo que se diga de la boca hacia fuera en detrimento del bienestar de los pueblos, tal y como acertadamente nos enseña José Luis –Pepín- Corripio. 

“El afán de lucro debe ser estimulado, afán de lucro legítimo, me refiero, por supuesto, tiene apellido, no a cualquier precio, entonces el afán de lucro es realmente algo que debe ser estimulado por todos y celebrado por la gente. La verdad es que los pueblos deben ser alentados por ese espíritu de progreso para que la colectividad lo haga.”

Llegados a este punto, solo me resta añadir una tilde a la “i”.

Hace ya 35 años se reconvirtió de manera competitiva la economía primaria del país en una de servicios. A la luz de esta experiencia conviene renovar la confianza en los nuestros para superar el modelo de desarrollo vigente. Por ello aplico la letra de Alberto Cortéz al devenir de la nación: “Han podido pasar cosas malas y buenas, el balance final ha valido la pena” –y subrayo a cuenta mía, dado que vivimos entre muchos empresarios y empresarias que, con su praxis, iluminan, construyen y ensanchan el camino.