El infierno final

Cuentan que el conde Hugolino ante el drama que confrontaba a gibelinos y güelfos decidió clausurar las puertas del edificio de la torre donde habitaba con la insana intención de morder la cabeza de sus hijos. Dante Alighieri, describió ese cuadro aberrante en La Divina Comedia. Ese descarrilamiento final, como parte esencial de una construcción literaria, traduce el drama de los mortales que dedican parte vital de su existencia a las acciones innobles. Allí puebla la condición humana, y como toda moneda tiene su cara y cruz, la mayor desgracia es la inapelable condena de la historia por los comportamientos indignos.
Pasó desapercibido por la gran prensa. Le dieron cristiana sepultura, el 9 de marzo pasado. Eso sí, Sergio Arellano Stark era el monstruo vital que encabezó la Caravana de la Muerte después del golpe de Estado de septiembre de 1973 en Chile. Murió a los 94 años, nunca pisó una cárcel porque siendo procesado en 1999 y condenado en 2008 alegó demencia. Designado por Pinochet al frente de esa estructura de exterminio, ese sanguinario, conocido como El Lobo, se le imputa la responsabilidad de asesinar a 90 personas en diferentes ciudades y en el pueblo de Calama liquidar a 26 prisioneros políticos.
Lo que nunca imaginó Sergio Arellano Stark era que en el allanamiento realizado junto al club de asesinos, en enero de 1975 al hogar de los Bachelet, la veinteañera llevada a prisión junto a su madre llegaría a la presidencia de Chile y tendría la grandiosa oportunidad de verlo morir. Desde 1976 estuvo en retiro del ejército, pero el ojo de la dictadura le seguía y las cuotas de “agradecimiento” se manifestarían cuando el magistrado Juan Guzmán le procesó, pero el desafuero del senador vitalicio, Augusto Pinochet le salvaría de la causa penal.
No termino de explicarme la “suerte” de una gran parte del club de sanguinarios que promovieron excesos de todo tipo para combatir a los grupos democráticos y de izquierda en América Latina. Pocos fueron procesados porque un manto de complicidad los protegió. Inclusive, el perfil íntimo de esos personajes retorcidos recoge testimonios de los que le trataron y resulta inexplicable su “cambio radical”. Compañeros de armas del Lobo, le calificaban como un hombre de carisma. Asimismo, nadie pensaba que el cronista deportivo Jhonny Abbes García se transformaría en un represor inigualable. Hasta Pedro Estrada, el brutal persecutor utilizado por Pérez Jiménez para liquidar la disidencia venezolana, amaba tanto las artes que en su refugio final de París se le conocía por sus constantes visitas a los museos.
A lo que no se puede derrotar es a la ira ciudadana. Esa repulsa íntima que se expresa en multiplicidad de gestos de gente odiada por sus inconductas donde la fuerza del dinero y la red de complicidades pretenden edificar un colchón para justificar sus excesos caracterizados por la sangre, el robo y la violencia. Sus exponentes terminan muy mal, cabizbajos, armando un muro de oprobios sobre los suyos y descalificando a sus herederos que, al disfrutar del patrimonio conseguido con malas artes, deben de pagar injustamente por los yerros de “otros”.
Los pueblos padecen los desbordamientos de los amos de turno, pero cobran con altísimos intereses. Ningún miembro de la familia Pinochet ha podido presentar credenciales electorales en Chile. El apellido Estrada, ni antes ni durante la época del chavismo consiguió respaldo en procesos de aspiraciones políticas. Aquí un Abbes no le pasa por la cabeza organizar una candidatura congresual, municipal o presidencial. Están pagando un precio eterno, por culpas ajenas.

Podría reputarse como un acto de compensación histórica, en ocasiones, tomadas de licencia para legitimarse en el orden de las aspiraciones producto del esfuerzo de sus ancestros. Ahora bien, en Chile la presidenta del Senado y cabeza estructural del partido en el poder, es apellido Allende. Con aciertos y defectos, el liderazgo político post Pacto de Punto Fijo seleccionó en el congreso, las gobernaciones, municipalidades y presidencia a los torturados de la tiranía. Entre nosotros, una parte importante del liderazgo fundamental de la transición democrática se llenó de dolor cuando sus familiares fueron victimas de los excesos e intolerancia aposentados en el palacio nacional.

El juicio de la historia es duro. Así lo citaba George Gurdjieff, al definir el concepto de “ morir como un sucio perro”.