El inicio del colapso

Con frecuencia, muchos observadores extranjeros de la política dominicana, cuando discutían o participaban en encuentros donde de una u otra manera se tocaba un tema relativo a la política, expresaban su asombro y admiración por la solidez del sistema de partidos en nuestro país y tenían razón, nuestros sistemas políticos y de partidos durante muchos años han sido de los más estables de la región. Pero la aguda crisis por la que atraviesan dos de los mayores partidos del sistema nos indica que asistimos al final de esa estabilidad.

La presente crisis de los partidos Revolucionario Dominicano, PRD y Reformista Social Cristiano, PRSC, comenzó alrededor de la lucha por la nominación de la candidatura presidencial para las elecciones del próximo año, pero hoy, en esencia, la ruptura que viven esos partidos en su máxima dirección, se debe a una lucha por el control futuro del partido. Hatuey Decamps y Jacinto Peynado, al constatar que definitivamente no tenían ninguna posibilidad de ganar la candidatura presidencial en sus respectivos partidos, han optado una estrategia centrada en dominio de esas colectividades.

Para ello, han adoptado una táctica que en ambos casos está condenada no sólo al fracaso y que les puede cerrar definitivamente el camino hacia la presidencia de nación, sino que puede ser el inicio de un proceso de quiebra del actual sistema de partidos en nuestro país. Ninguno de estos dos dirigentes tiene el carisma y la fuerza al interior de sus respectivas estructuras partidarias para repetir lo que en su momento pudieron hacer Peña Gomez y Juan Bosch rehacer el uno y construir el otro un partido.

Estos dos grandes líderes, a parte de tener un discurso, una ideología, una capacidad de convencimiento por la coherencia de sus opciones políticas, tenían un contexto totalmente diferente al presente. Era el momento de auge de los partidos como mediaciones políticas, ante la bancarrota de los gobiernos de fuerza que durante finales de los años 60 hasta los primero cinco años de la década de los 80 fueron mayoritarios en la región. Hoy vivimos la época del descreimiento en las mediaciones partidarias.

Además de eso, en el caso del PRD, la parte del partido que enfrentan H. Decamps y sus circunstanciales aliados tienen un peso específico en términos de fuerza partidaria que resulta aplastante, algo evidenciado tanto en las elecciones internas por la nominación del candidato presidencial de ese partido en el 1999, como en las actuales mediciones de la intención de votos para los siete aspirantes a la candidatura presidencial del PRD.

Sin embargo, el análisis del problema no puede limitarse al establecimiento del éxito o fracaso de las apuestas de los líderes de los grupos que han tomado una actitud abiertamente divisionista, ni a la cuantificación de sus reales fuerzas, lo más importante es impacto que pueda tener para el futuro de esos partidos una división planteada por figuras cuyo significado simbólico es mayor que la cantidad de votos que puedan obtener en unas elecciones internas. Dentro del PRD, Decamps significa más que el 5% de intención de votos que se le atribuye, es una figura emblemática del partido, que ha estado presente en su momentos más importantes. Peynado en el PRSC, además de tener una fuerza casi igual que al sector que adversa, también es líder histórico de ese partido.

Eso parte esencial de la división planteada, ello significa que el futuro de esos dos partidos está gravemente amenazado. En el caso del PRD, si Hipólito Mejía renuncia a su proyecto reeleccionista, Decamps y sus aliados se verán obligados a participar de manera unitaria en la convención para elegir el candidato, a pesar de que su objetivo no manifiesto es quedarse con el control de la organización. Eso atenuaría el impacto de la división hasta ahora planteada, sin embargo, si Mejía hiciese eso sólo pospondría una crisis de dirección de liderazgo difícilmente superable, si tenemos en cuenta el contexto y dimensión de dicha crisis.

La división en esas colectividades políticas evidencia su fragilidad organizativa e institucional, expresa además la inconsistencia de unas estructuras partidarias basadas en el predomino de facciones clientelares sobre otras que, si bien se organizan sobre otras bases y propósitos, no logran sustraerse de la lógica perversa del juego de las facciones partidarias. Ello acentuará la desconfianza en unas organizaciones que dan muestra de incapacidad de resolver sus particulares problemas, por lo cual se descalifican para poder resolver los problemas generales del país.

A la larga, la crisis de PRSC y PRD, repercutirá sobre todos los partidos del sistema. Es frecuente que cuando colapsa uno o dos partidos fundamentales de un sistema de partidos, esto tiene un efecto dominó sobre los otros. Ello sucede sobre todo cuando, como es el caso, es prácticamente el régimen el que está en crisis.

Nuestra clase política no ha sabido aprovechar los diez años de crecimiento sostenido de la economía dominicana durante la pasada década para dirigir los sistemas políticos y de partidos hacia su fortalecimiento e institucionalización. Todo lo contrario, el desarrollo de importantes áreas de la esfera de la economía y de un sector empresarial del país ha sido ha sido inversamente proporcional al desempeño de la mayoría de los políticos y de la política.

Pero lamentablemente, de parte del sector empresarial contrario a la corrupción que campea en vastas áreas de las instituciones del estado, le ha faltado una mayor unidad, distanciamiento y compromiso de denuncia a la parte de ese sector que practican en el soborno y corrupción a determinados políticos, tanto de la oposición como del gobierno.

Son estos los factores que pueden determinar el inicio del colapso de nuestro sistema de partidos, el cual puede desembocar en salidas de varios signos: autoritarias, de crisis generalizada, o de oportunidad para que la gran cantidad de personas honestas, preparadas en casi todas las ramas del saber y del hacer (incluso dentro de los partidos en crisis) y con voluntad de cambio sustancial, nos preparemos para futuras jornadas que pueden ser decisorias para cambiar este estado de corrupción generalizada, de incompetencia y decepción en que nos ha sumido el sector dominante de la presente y las pasadas administraciones del estado.