El laberinto de la identidad

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Después de más de casi una década leyendo, pensando y escribiendo sobre este Caribe tan especial, diverso, disperso y mágico, he comprendido muchas cosas. Una de las mayores singularidades de este Caribe nuestro, es la condición de archipiélago. Somos islas, grandes las menos, pequeñas las más y algunas tan minúsculas que sorprende la existencia de vida en esos islotes. Esta característica geográfica, se suma a su estratégica ubicación en un mar que une las tres partes de América y que conecta con el viejo continente. Y cuando llegaron los europeos, nuestras islas estaban pobladas por indígenas que vivían las lógicas de sus propias convicciones y su evolución. Y después llegaron los negros, los chinos, los indios, nuevas corrientes de europeos con capitales. Y esa realidad diversa hizo que nuestra identidad fuera un intrincado laberinto. Como saben ustedes, soy china cibaeña, “campitaleña”, dominicana, caribeña y latinoamericana.
Todo el mundo habla de identidad y pocas personas han profundizado en su complejidad. Hoy día, el concepto tiene una connotación problemática que ha provocado que intelectuales de todas las disciplinas: sociólogos, politólogos, demógrafos, antropólogos y sicólogos, hayan iniciado un debate sobre las implicaciones del concepto en la sociedad de hoy. La conclusión más común es que el concepto es ambiguo y que las nociones tradicionales están desfasadas, y más aún, niegan la realidad actual que cuestiona los elementos constitutivos de la identidad de ayer. Peor aún, la noción de identidad ha estado siendo utilizada políticamente; por tanto, los debates generados no han hecho más que ideologizarse, y la ultra derecha lo ha utilizado como bandera de lucha para intentar apelar los sentimientos de la ciudadanía en contra de grupos específicos. Jean Marie Le Pen y su grupo, ahora liderado por su hija; y el grupo de los Castillo en República Dominicana, utilizan el discurso intentando ideologizar a favor de sus intereses políticos.
Según Natalie Heinich, la problemática de la identidad apareció después de la Segunda Guerra Mundial, como una forma de recomponer la sociedad destruida y desgarrada. Los trabajos de Fernando Braudel y Claude Levi-Strauss fueron fundamentales para su conceptualización. El libro de Braudel fue publicado póstumamente, pero durante los años de la post guerra jugó un papel fundamental en la recuperación de su amada Francia: “Yo amo la Francia con la misma pasión, exigente y complicada que Jules Michelet”
Con los años, sigue explicando Heinich, el concepto ha ido evolucionando y cambiando. El uso político de la identidad como concepto fue clave en el discurso de la nueva izquierda francesa. Sin embargo, la extrema derecha encabezada por Jean Marie Le Pen, fue que lo hizo suya, al propugnar como bandera de lucha “los franceses primero”. Los políticos de centro de Francia también utilizaron el discurso nacionalista-identitario. En el año 2007, Nicolas Sarkozy hizo de la identidad nacional un tema fundamental de su campaña electoral. “Este desplazamiento como causa de la izquierda versus la derecha ha sido una constante en la historia de los valores…”
La identidad es un concepto que todos quieren utilizar para sus intereses y sus valores. A nivel político ha sido ideologizada por la derecha, la izquierda y el centro. Pero en la sociedad del siglo XXI ha formado parte también del discurso de las minorías como los homosexuales, los ecologistas, los negros… Entonces, ¿qué es la identidad? Una cosa está clara el concepto de identidad no es ni una realidad objetiva ni tampoco una ilusión. ¿Qué es entonces?
Vamos a tratar, en pocos párrafos de identificar un concepto tan difícil y necesario. La crítica moderna afirma, y yo estoy de acuerdo, que la identidad tiene una connotación temporal e histórica. La identidad siempre se ha asociado a la nación, nacionalidad y nacionalismo, pero esos mismos conceptos son históricos y por tanto son el fruto de una temporalidad específica. Ahora bien, no es lo mismo trabajar con estas nociones en los finales del siglo XVIII, o en los inicios del XIX, cuando en Europa primero y luego en el continente americano se conformaban las naciones. En el siglo XX, esas nociones tomaron otra connotación debido a la expansión del capitalismo, y sobre todo con la preeminencia del capital trasnacional.
Y con esta última afirmación surge la pregunta: ¿Existe una identidad nacional? ¿Para qué sirve? La identidad ayuda a establecer las biografías particulares de naciones y conglomerados. A través de las narraciones reflexivas podemos reconstruir el ser colectivo, pero este proceso tiene, necesariamente, una connotación ideológica y personal de quien escribe y describe. Esto significa, en el caso de la descripción de las identidades nacionales o regionales, que es una representación que hacen los individuos de lo que es un país, una nación o una región. Incluso aquellos que dudan sobre la importancia del concepto, se ven obligados a reconocer que existen elementos recurrentes que aportan un mínimo de consistencia a la noción de identidad nacional.
Como afirmaba Pierre Nora , el concepto de identidad nacional tiene componentes indiscutibles, que nadie, absolutamente nadie, puede negar. Estos son: el Estado, la lengua, la conciencia histórica, el patrimonio, la memoria colectiva, que van cambiando con el tiempo en una compleja configuración. Sin embargo, para el historiador francés, la identidad como concepto, debe ser utilizado con precaución, sin ser sacralizado o diabolizado. Propone una reflexión que no sea instrumentalizada por grupos políticos y que no sea reducida a una posición nacionalista. ¿Significa entonces que debemos desdeñar la identidad nacional? NO. Lo que se propone es hacer una nueva representación colectiva históricamente construida y sobre todo contextualizada. No se trata de hacerla imprescindible para entender la realidad, ni tampoco negarle su importancia. Pero no olvidemos el momento histórico que vivía Nora. Era la Francia de la postguerra, la Francia que buscaba recuperar no solo su imagen, sino, y sobre todo, su grandeza perdida.
Como dice la intelectual francesa Heinich: la identidad nacional es un concepto que porta símbolos y representaciones, y está investida de poderes. Una nación es una representación transformada en institución, y a este título se impone en el mundo, sin importar las críticas y las variables que pueden transformarla. Lo importante no es verla como algo estático, una estatua, por ejemplo.
Algo importante, la identidad no puede reducirse a la identidad nacional. Existe la identidad individual, que, si bien forma parte de una colectividad, no puede desdeñarse las particularidades de los individuos. Y además existe una identidad más global. Como por ejemplo la identidad caribeña. Sobre este tema seguiremos en las próximas entregas.