El lujo de ser feliz

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LEÓN DAVID
Si para ganar  debo dejar tendidos en el suelo a multitud de perdedores, de nada me servirá mi victoria.
Me tengo –tolere el lector mi inurbana falta de modestia- por individuo exitoso. Hago pública esta aseveración, acaso presuntuosa y a no dudarlo imprudente, no con el objetivo de impresionar, –lo que me tiene sin cuidado-, sino porque importaría ceguera u obcecación no advertir que he dado cumplimiento a la meta básica que hace mucho tiempo me propuse alcanzar: el íntimo sosiego.

Sin embargo, mi más plausible logro estriba –lo digo sin la menor vacilación- en que el ambicionado éxito, ese por el que el grueso de la gente se atropella y suspira, ha perdido todo atractivo para el autor de estos renglones que pecan, lo admito, de un tono demasiado confesional…

 En efecto, si por éxito entendemos acceder a un cargo de prestigio bien remunerado, entronizarnos en una posición de autoridad desde la que distribuir prebendas y sanciones a una populosa tropa de subordinados, acumular riquezas que permitan llevar un tren de vida de lujo y ostentación para envidia de los menos afortunados, escalar a la cima de la celebridad conquistando la ovación de la galería y convirtiéndonos en el sueño dorado de las multitudes, ser admirados por cuantos nos rodean, hacernos con un poder de encantamiento irresistible a cuya seducción sucumban las más apetecibles mujeres o los más apuestos ejemplares del sexo masculino, si por éxito conceptuamos lo que acabo de mencionar –y vaya usted a saber cuantas cosas más de orden semejante que se me han quedado en el tintero-, entonces ciertamente, (a tan desconsoladora conclusión debo llegar), mi vida ha sido hasta ahora, y es previsible que lo siga siendo, un completo y monumental fracaso.

Pero no, no es verdad que haya echado mi existencia por el desagüe; pues si de algo estoy convencido es que desgastar tiempo y fuerzas, salud física y mental en la persecución de parejo éxito es la vía más directa, segura y expedita de edificar el propio infortunio. Fundar mi bienestar en la bancarrota de los que me rodean es la manera más efectiva de hundir el barco en el que todos somos pasajeros. Y cuando ese navío se hunda no habrá nadie, ni exitosos ni fracasados, que lo puedan sacar a flote.

La gente del común se imagina que el triunfo implica ascenso, colocarse en el punto más elevado de la pirámide social. Mas –no podía ser de otro modo- en una compleja sociedad jerárquica que adolece de crónica escasez de altruismo y desesperante cúmulo de mezquindad sólo se sube a costa de los que permanecen abajo. El éxito suele ser fruto de una desigualdad onerosa que consagra y alienta el privilegio. En tales circunstancias, no hay modo de evitar que obre una dinámica auto-reforzadora en la que el encumbramiento exitoso de una persona no podrá darse sino sobre la base de la frustración de las expectativas de todos los demás.

Arribamos así al callejón sin salida en que hoy nos encontramos. Se nos presenta la existencia como una suerte de cuadrilátero de boxeo; nos vemos impelidos a luchar contra el vecino: ver en él a un mero antagonista que procura nuestra destrucción o nuestro sometimiento se vuelve perniciosa costumbre. Cuando la supervivencia se asienta en la necesidad de competir, damos origen a un mundo de adversarios en    el que las relaciones de convivencia, por muy civilizadas que en la superficie puedan parecer, se acogen al estandarte de la desconfianza y el desacuerdo.

Obnubilados por el mito que proclama el encumbramiento necesario del más capaz, del más hábil, el más fuerte o el de menos escrúpulos, no acertamos a percibir que nos hemos puesto a cavar con celo y tenacidad dignos de mejor causa nuestra propia fosa. Si para ganar debo dejar tendidos en el suelo a multitud de perdedores, de nada me servirá mi victoria, pues ¿acaso en el cementerio, en medio de los cadáveres putrefactos, es posible disfrutar de un banquete?… No cabe aspirar al éxito –al éxito a que nos hemos referido en las líneas que anteceden- sin competir. Competir es convertirse en guerrero. Convertirse en guerrero es consagrar la propia vida a arrancársela a los demás. Destruir a mi semejante es vivir bajo el constante temor de que mis semejantes me destruyan. Asumir parejo temor como forma de existencia es abocarnos a un destino trágico cualquiera que pueda ser el resultado, a las primeras de cambio venturoso, conseguido al correr tras las metas que hemos ambicionado… El político que sufre un ataque cardíaco, el banquero cuyos abultados honorarios no logran aplacar su úlcera estomacal, la sensual vedette que intenta suicidarse y termina con su impotente fama en el consultorio del sicoanalista, la envidiada esposa del hombre de empresa que cela a todas las jovencitas a las que éste siempre está dispuesto a conquistar bastarán –creo- como ejemplos de las funestas consecuencia que suele agenciarse el triunfo al que habituamos hipotecar nuestra existencia. 

Y, por descontado, quienes quedaron abajo, la anónima mayoría condenada a suspirar por un quimérico cambio providencial de la fortuna que nunca cuajará, se verá reducida a sufrir, a lamentarse, a comprar todas las semanas su billete de lotería y a envidiar, alimentando un oscuro rencor, a aquellos a los que astros tan propicios como injustos tuvieron la veleidad de favorecer.

Quien se compromete con el éxito anda en tratos con los desmanes de la angustia, el miedo y la violencia. No es otra la razón de que me ufane de ser un ho mbre exitoso habida cuenta de que he logrado desprenderme –no sin mucha fatiga y transpiración- de la dialéctica macabra del triunfo y el fracaso en el q  ue mis congéneres desperdician torpemente sus mejores momentos.