El mal es sistémico

El llamado juicio político a los miembros de la Cámara de Cuentas por una serie de inconductas, tanto como un enjuiciamiento moral a un grupo de funcionarios públicos es, a nuestro modo de ver, una oportunidad para que si vamos a ser consecuentes con nuestros actos, nos miremos en el espejo para reflexionar si el accionar de estos jueces, reprobable de hecho, es sintomático de lo que ocurre en general en nuestra administración pública, tanto por parte de los que son elegidos por el voto, como por los que ocupan posiciones por designación y nombramiento en el tren gubernamental.

No es un secreto para nadie que en nuestros gobiernos imperan el favoritismo, el nepotismo, el tráfico de influencias, la falta de transparencia y, en general, la corrupción administrativa. Estos males los arrastramos desde hace muchos años y su erradicación, o disminución, requiere de mucho coraje y voluntad política, no solamente por parte del Ejecutivo, sino por parte de aquellos Poderes llamados a contrapesar el Presidencial.

Los jueces enjuiciados por el Senado de la República cometieron muchas de las faltas que otras instancias de poder han hecho cuando han gozado de discrecionalidad y de la ausencia de rendición de cuentas, incluyendo nuestras cámaras legislativas que se han convertido en jueces de otros jueces, los que torpemente hicieron del conocimiento público sus diferencias y desmanes.

Con esta afirmación no debemos exculpar a los enjuiciados en el Senado, pues ellos, más que nadie, representaban a la instancia llamada a auditar las cuentas del Estado y a dictaminar sobre el adecuado uso de los recursos públicos aportados por los ciudadanos dominicanos mediante el pago de sus impuestos y administrados por los gobiernos que elegimos.