El maldito Vargas Vila

   Ayer miércoles 23 de julio se celebró el 153 aniversario del nacimiento de José María Vargas Vila, y han sido muchos los comentarios y referencias a este escritor tumultuoso del siglo pasado, cuya impronta marcó ampliamente a varias generaciones de latinoamericanos. Me ha extrañado que nadie se refiriera al hecho, porque en la República Dominicano él fue un príncipe y señor del malditismo. Yo estaba escribiendo otro artículo, y ante el hecho de que en todas partes se hablaba de él, me decidí  volver a recordarlo, nombrarlo entre nosotros,  decir algunas cosas de ese verbo incendiario, y cruzar el umbral tras el cual el lenguaje se sostiene como discurso.

    Lo que decimos no siempre se parece a nosotros, andamos por el mundo con tantas cosas prestadas, que podríamos repetir, con el personaje del poema de Fernando Pessoa: “¡Cuántas cosas prestadas manejo como mías!”

     Parece que cuento, es como si tallara un poema. Pero en los años sesenta del siglo pasado, el hombre era parecido a la voz. Y la voz prestada, el farol sinvergüenza que nos alumbró el existir, era el malditismo de José María Vargas Vila. ¡Todos nos arrojamos sobre sus libros! Para castigar al hembraje, para arriar los bríos y perdernos en nombre de la libertad, para no dormirnos en los visajes de la agonía, nada mejor que una frase extraída de las novelas, o de las reflexiones, de Vargas Vila. Había como una suspensión del juicio moral, él se emperraba en sacar a flote la hipocresía social, y mordía con fuego la buena conciencia del buen vivir. Ese devastador desvarío verbal cultivó su parecido con la vida, y por eso se topó con nosotros, en los años sesenta del siglo pasado, tras la desaparición de Trujillo; y nos prestó la rebeldía que lo alentaba, el febril entusiasmo con el que hacía rodar por el suelo las fábulas sagradas.

     Después de tantos años ahora no puedo más que sonreírme, pero la prosa de ese inadaptado se convirtió en la caverna adorable de nuestros sueños de heroicidad espiritual. Lenguaje tejido de pequeñas clarividencias geniales, siempre nos facilitaba alumbrar algún costado demasiado ácido de la vida, fatalmente enlazado al arsenal de  las intrigas de la interactuación social de entonces. Ningún otro escritor extranjero ha logrado difusión semejante en nuestro país. Sus textos se vendían en la “reguera” de libros del parque Enriquillo, y los chulos de la avenida Duarte, anegados en lágrimas, recordaban citas memorables de “Flor de fango”,  en el bullicio de los cafetines.

      Sin duda que se trataba de una prosa-oratoria un poco ciega, un poco inmoderada; pero por eso mismo, era también un fuerte aldabonazo contra el conformismo criminal del pasado inmediato. Para la construcción de un juicio condenatorio de ese pasado de sumisión y despojo que significó el trujillismo, el malditismo de Vargas Vila venía como anillo al dedo, y se convirtió por ello en una jerga de portero. Su presencia prestada estaba en las charlas de los clubes culturales, en el lenguaje estropajoso de los alguaciles borrachos, en el estudiante pálido que había leído “Ibis” y repetía, enternecido de odio o amor, la cita apocalíptica en el micromítin contra el gobierno; o, en fin, en el sobreviviente de las torturas que caminaba sonámbulo las calles enardecidas, aturdido por los rayos del sol, con la pura pasión en el rostro y la seguridad de que algún día se toparía cara a cara con los culpables.

      ¡Ah, Vargas Vila, que podía arder y desparramarse en la desdichada combustión de su verbo de fuego! ¡ Ah, Vargas Vila, que fue un látigo inmisericorde contra todo tipo  de tiranía y sumisión! ¡ Ah, Vargas Vila, que nos hizo creer en el desmesurado poder de la palabra!

     Sólo que ahora la epopeya soy yo, que lo invoco, lo nombro, y sé muy bien que su sombra temible no testimonia nada del presente.  ¡Oh, Dios, de cuántos Vargas Vila estamos necesitados en este país!