El Maldito

http://hoy.com.do/image/article/107/460x390/0/63E5C33A-C3A2-44D6-BBF8-A30590955FA4.jpeg

POR EDGAR REYES TEJEDA
No lo podía creer, simplemente me parecía demasiado para ser verdad; no porque la ingenuidad o la candidez me llevara a ignorar el hecho de que en la radio dominicana de hoy día cualquier vulgaridad, barbaridad o estulticia, ya sea por ignorancia, vacuidad o incontenibles ansias de sobresalir a cualquier precio, incluido el escándalo o el ridículo, fuera posible.

Más bien fundaba mi incredulidad en que me parecía muy excesivo, exageradamente grotesco que un locutor recurriera al descaro y a la obscenidad de manera tan evidentemente innecesaria, tan descarnada y manifiestamente, tan porque sí; sin embargo, confirmé lo que me había contado un amigo hace dos o tres meses atrás, cuando la tarde del pasado domingo mientras recorría abúlicamente el dial buscando algo que me llamara la atención, escuché al autodenominado “El Maldito Puchi” despedir con aspavientos y grandes elogios a él mismo su turno en la emisora en que labora.

Este locutorcillo se autoproclama orondamente como el más popular del país; y en efecto, pienso que es eso justamente lo que anhela y sueña, tras la meta de esa popularidad de la que petulantemente se vanagloria, da brincos, maromas, volteretas y morisquetas verbales. Dice, vocea, vocifera cualquier esperpéntica frase, cualquier procacidad e inelegancia tratando de alcanzar ese bien inasible, huidizo y evanescente que es la popularidad, recurriendo para ello al atajo de una insufrible indecencia oral que para mí suscita más pena que atención.

Indignación

Escuché hace poco en El Gobierno de la Mañana a Julio Martínez Pozo, comentarista habitualmente de palabra y temperamento serenos aunque punzantes; descargar su ira, sin escatimar palabrotas, contra el fallo de una jueza que con su dictamen liberó de todo castigo al padre y la madrastra de un niño evidente y cruelmente abusado.

Posteriormente he oído versiones y contraversiones de parte de los funcionarios judiciales y abogados de la defensa que han intervenido en este caso conmovedor y terrible, incluyendo a defensores de la pareja que reprochan que esta penosa cuestión se sacara del ámbito de lo judicial y se debatiera en los medios de comunicación; como si un episodio de esta magnitud en que un niño parece haber sido agredido bárbaramente por adultos desaforados, pudiera ser cosa estrictamente privada.

Ya son muchos, más bien demasiados, los casos de esa perversa y siniestra naturaleza que han saltado a la opinión pública y quizás ese hecho justamente ha funcionado como garantía de que la justicia actuara con más rigor; puesto que es una realidad incontrastable que como vigilantes y críticos de las conductas y decisiones de los funcionarios públicos, los medios de comunicación realizan una labor trascendente e importante, ventilando públicamente situaciones que de no haber sido de dominio colectivo no hubiesen sido castigados ni siquiera por la condena moral de la sociedad.