El mandamiento más difícil de cumplir

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
A un viejo rabino le preguntaron: ¿Cuál de los mandamientos de la ley de Moisés es el más difícil de cumplir?  El religioso levanto la vista de su libro de oraciones, se quito las gafas, frotó sus ojos con ambas manos y pareció sumirse en un largo examen interior. 

Sabido es que los judíos ortodoxos deben observar seiscientos trece mandamientos.  La Torah ha sido durante siglos ley moral y ley civil para el pueblo de Israel.  Los mandamientos contenidos en  las famosas “tablas de Moisés” siguen siendo hoy regla religiosa para judíos y para cristianos.  El decálogo nos dice que no debemos levantar falso testimonio, ni desear las mujeres de nuestros vecinos; estatuye que no debemos matar, prohibe sustraer bienes ajenos, nos obliga a santificar las fiestas y a honrar padre y madre.   Los judíos, como ya hemos dicho, deben cumplir muchos otros preceptos, entre ellos algunos relativos a los alimentos prohibidos y permitidos, puros e inmundos.  Estas reglas sanitarias de Moisés están descritas en el Antiguo Testamento, libro Levítico, capítulo once.  Los cristianos están obligados a cumplir “los diez mandamientos” y otros varios deberes sacramentales, nunca tantos como se les exige a los judíos.

El rabino de esta historia se puso otra vez los espejuelos sobre su curvada nariz y dijo: el mandamiento más difícil de observar es el que nos obliga a honrar padre y madre.  El hombre que hizo la pregunta quedó asombrado.  Pensó que la codicia, el deseo de obtener riquezas, de alcanzar la comodidad o la seguridad, nos lleva fácilmente a robar a los demás; asimismo, son una grandísima tentación las mujeres hermosas que sonríen y coquetean por encima de las cabezas de sus maridos; el mismo peligro de incurrir en falta nos acecha cuando la ira se apodera de nosotros y sentimos ganas de matar.

Entonces el anciano explico:  los hijos ven todos los días a sus padres; llegan a creer que son como los muebles de la casa, siempre disponibles para descansar en ellos.  Cuando los padres envejecen se sienten más débiles que los hijos y se vuelven maniáticos repetidores de advertencias, de refranes y pequeñas filosofías.  Temen que entren ladrones, cierran las puertas continuamente; los achaques de salud les hacen aprensivos.  Los jóvenes suelen impacientarse con los padres.  A menudo ocurre que los hijos adquieren mas educación que los padres.  Un hijo graduado por una universidad, con maestría o especialidad profesional, tiende a mirar a sus padres con suficiencia teñida de desdén.   Puede alimentar la creencia de que sus padres no comprenden el mundo actual, que viven anclados en el pasado.

Los padres, por lo general, hacen grandes esfuerzos para que los hijos tengan educación superior, buena salud, disciplina laboral, equilibrio psíquico.  Esos esfuerzos se prolongan por mas de veinte años en la mayoría de los casos.  Los padres ofrecen a los hijos apoyo, ternura, comprensión; pero deben también reprender, limitar, corregir, castigar.  No siempre los hijos asimilan ambas cosas a la vez.  Los hijos consiguen en la vida, sin el menor esfuerzo, el status económico y las relaciones sociales que sus padres edifican para ellos.  Puede suceder que un hijo llegue a ser más rico que sus padres, que expanda o multiplique la herencia recibida; o que unos padres pobres tengan la suerte en la vejez de contar con un hijo rico, prestigioso o sabio, con poder, con honores.   Si fuera así, los padres, con toda seguridad, estarían orgullosos de los triunfos del hijo.

Los hijos, en cambio, con penosa frecuencia, se sienten avergonzados de que sus padres “no estén al día” en el uso de computadores de la ultima generación, de que no conozcan los cambios en las modas de vestir, las expresiones en boga, los extranjerismos recién llegados al idioma.  Algunos hijos “esconden” a los padres, a fin de que sus amigos no sepan que carecen de títulos académicos o que suelen utilizar chancletas desvencijadas.  Esto les lleva a veces a decir groserías a los padres, a faltarles al respeto, como se dice ordinariamente.  Estos hijos tal vez mueran sin haber cometido un asesinato o un robo, pero habrán herido a sus padres muchísimas veces con palabras descompuestas e irrespetuosas, casi siempre inmerecidas.  Por todo ello, honrar padre y madre es un mandamiento muy difícil de cumplir.