El mejor enemigo

JOSÉ ALFREDO PRIDA BUSTO
Viendo en los periódicos las imágenes de la confrontación entre agentes del orden y los choferes del transporte público y de algunos de estos últimos entre sí por el conflicto del precio de los pasajes, me puse a pensar en la situación de esas personas de las que solemos estar bastante cerca en el diario vivir. Y en su relación con los demás. El llamado prójimo.

Solo algunos “privilegiados” pueden vivir de la “caridad” pública. Los demás necesitamos trabajar para ganarnos el pan. Y es obvio que nuestros negocios no son instituciones caritativas sin fines de lucro. Pero, y no lo digo únicamente por lo que está sucediendo en estos momentos, ¿hasta dónde podemos llegar en nuestro afán por progresar económicamente?

Por ejemplo, un transportista. Ese que aumenta precios de pasajes y acorta rutas porque alega que se ve perjudicado. Pide desesperadamente que “el gobierno acuda en su auxilio”. Y en esos momentos, se considera la única víctima de la situación económica por la que todos atravesamos. Tiene que mantener su vehículo en condiciones inmejorables y la mano de obra en los talleres y las piezas, sobre todo, le resultan muy caras. Por otra parte, el precio del combustible que debe utilizar anda por las nubes y le es obligatorio velar por la rentabilidad de su negocio.

O un comerciante del barrio. Ese que en cuanto hay un rumor de que va a haber escasez de algo, real o ficticia, inmediatamente empieza a acaparar y a vender más caro. A todos, incluidos sus vecinos. Los que le hacen vivir y progresar con sus compras diarias. Y muchas veces prefiere venderle a algún extraño que a su propia gente con tal de ganar más. Tiene una infraestructura que mantener. La energía eléctrica está cara. Y el computador que le sirve para llevar el control de sus ventas y poder reportar sus beneficios al Estado con fines de pago de impuestos le costó mucho dinero.

Y, aunque no tan cerca, porque ya esas esferas son cuasi siderales, un político. Ese que hace su campaña con una boca llena de pueblo, de identificación con el dolor ajeno y de conmiseración por sus conciudadanos. Es tanta su preocupación, que no puede esperar para hacer el bien. Durante la campaña utiliza grandes recursos económicos repartiendo cosas entre la gente para paliar esas deficiencias endémicas que él tan bien conoce. Y que luchará por desterrar para siempre. Denodadamente. Más adelante, al encaramarse en el vagón más oportuno del tren de los cargos, empieza a padecer repentinamente de una escalofriante amnesia.

Transportista, comerciante, político. Y otro más. Empleado, médico, abogado o ingeniero. Ellos son tan pueblo como aquellos a los que ofrecen un servicio. A cambio de dinero, es bueno recordar. Que no gratuitamente. Y tienen que interrelacionarse con ese pueblo, que es lo simpático. Pero a la hora de que en los platillos de la balanza estén el prójimo y el bolsillo, aparentemente pesará más este último.

Cuando hablamos de lo máximo en lo que se refiere a relaciones con los demás, al que es bueno con nosotros con quien tenemos gran afinidad, le decimos “mejor amigo” y a aquel que nos quiere mal, que a propósito trata de hacernos daño de cualquier manera posible, nos referimos como “peor enemigo”. Líbrenos Dios de éste.

Se piensa en general que el amigo es el que está siempre cerca y el enemigo lejos. Físicamente, me refiero. Vemos entonces a ese que estando cerca de nosotros hace cosas que no nos son beneficiosas. Pero que no necesariamente actúa de ese modo por querer perjudicarnos, sino por beneficiarse él.

Es alguien a quien, al menos en un momento dado, el resto de la gente puede que no le importe. Aunque, como todos, depende de los demás en una u otra forma. En mayor o menor medida. Lo tenemos cerca, muy cerca. Puede estar al doblar de la esquina. O puede que esté dentro de nosotros mismos. Es nuestro mejor enemigo.