El mensaje de Pepe Mujica y el barril de pólvora dominicano

La visita al país del expresidente uruguayo José (Pepe) Mujica, en momentos de una crisis institucional, social y moral sin precedentes, así como de una amenaza creciente en sus bases de sustentación económica por la corrupción galopante y un endeudamiento público asfixiante, ha sido como un bálsamo para los sectores pensantes y progresistas que sienten y padecen las miserias de la sociedad y la prepotencia de la cleptocracia dominicana.
Ese pequeño gigante, quien fuera guerrillero y es luchador permanente por la democracia política y social, nos dio una lección de lo que debe ser la vida de un ser humano y la búsqueda de la felicidad en nuestro tiempo.
Mujica, con su ejemplo y sus palabras, nos recuerda que no tiene sentido dedicarse solo a acumular poder y riquezas, y que fuera de la salud, la educación y la condiciones materiales y sociales que permitan al individuo vivir decorosamente junto a su familia, nada justifica el afán de lucro y de lujos, que deberían más bien avergonzar en países como el nuestro, con grandes masas de pobres, muchos de solemnidad. Lo que sí debe motivar al individuo es la búsqueda del conocimiento y el trabajo para orientarse mejor y buscar soluciones e innovaciones para resolver los problemas propios y de los demás; además de ayuda hacia el mayor número de personas posible.
Mujica es un modelo vivo de valor e integridad al servicio de su nación, de que es posible superar los prejuicios del racismo, la xenofobia, el elitismo, la homofobia y el populismo; cultivar la sobriedad rompiendo paradigmas desde el poder, así como de hacer ver que la drogadicción es mala pero mucho peor es el narcotráfico. Que las tareas de gobierno deben orientarse en beneficio a los servicios sociales y no de empresarios y delincuentes. Este latinoamericano singular nos recuerda lo realmente importante que es impulsar a la juventud y la justicia social; del mismo modo que rechazar la corrupción, la impunidad y el boato.
La hidalguía, la innovación social y el patriotismo bien entendidos son fundamentales; porque además son los frenos a la corrupción, la violencia y el desenfreno que no hace sino tratar de ocultar nuestras debilidades y egoísmos. Trabajar para vivir antes que vivir para el trabajo acumulando riquezas, son algunas de las lecciones que nos dejó ese hombre sencillo, pero lleno de sapiencia, que debemos tratar de imitar.
La sociedad dominicana vive un proceso de degradación colectiva en los órdenes político, social y económico que se manifiesta en la creciente pobreza e inseguridad por el abuso generalizado de la población por los que tienen algún poder, ante el descarado enriquecimiento y la corrupción imperantes que está convirtiendo al país en un auténtico barril de pólvora, en condiciones de estallar a la menor chispa.
Ojalá que los representantes del poder político y militar, de la riqueza y los intelectuales elitistas, capten ese mensaje y se decidan a trabajar porque la sociedad dominicana supere sus infortunios de hoy y los peligros del mañana.