El microtráfico “trabaja” con jóvenes  y adolescentes

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Quienes sostienen el negocio de distribución de drogas denominado “microtráfico” se aprovechan de adolescentes y jóvenes, en algunos casos niños de 12 años y hasta de menos  edad. Cuando la Policía los detiene o caen en enfrentamientos, su juventud es obvia.

El siquiatra Manuel Herrera, coordinador interinstitucional del Consejo Nacional de Drogas, sostiene que se trata de muchachos que provienen de familias que ahora no existen, como en el pasado, porque muchos de estos adolescentes y jóvenes ni siquiera conocen a sus padres. O, añadió, son padres que pasan gran parte del tiempo fuera de la casa, “trabajando”. Otros son hijos cuyos progenitores han emigrado, uno o los dos, hacia otras naciones.

El síndrome del dinero rápido que en los estratos medios y altos motoriza el narcotráfico y el lavado de activos, contagia a jóvenes de barrios, deslumbrados por el consumismo, con expectativas de vida inalcanzables en su entorno familiar y social. Muchachos y muchachas que se involucran en el microtráfico de estupefacientes aguijoneados por las presiones sociales, presas del hedonismo, de un relativismo y materialismo que corroe los valores y, en alquimia mortal, se entremezcla con la extrema pobreza mental y material.

Las diferencias en la forma de operar de unos y otros son evidentes. En el poderoso narcotráfico los beneficios suman millones de dólares, en el bajo mundo de la barriada cientos, miles de pesos. En los primeros, el delito no tiene rostro, encubierto por la complicidad, difuminado por la protección desde las altas instancias del poder, en otros sus caras aparecen en la prensa y la televisión –salvo si son menores- al  apresarlos en un allanamiento o  redadas policiales. Predominan entre los 33,039 detenidos en  21,853 operativos realizados por la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) de agosto de 2006 a junio de 2008. Son los que pueblan las cárceles y cementerios, los que caen abatidos en los incesantes “intercambios” de disparos de la Policía o en ajustes de cuentas.

Final frecuente en jóvenes subyugados por modelos de enriquecimiento ilícito impune, impelidos por ansias de placer y de poder, las urgencias de posesiones materiales con las que equívocamente pretenden elevar su autoestima, arrebatar un espacio en la sociedad que los margina, aun al alto precio de la cárcel o de la vida, de ensangrentar y enlutar la barriada con las “vendettas” por un “tumbe”, los enfrentamientos por el control de los puntos de drogas o las muertes usualmente no reportadas por sobredosis, mientras los sobrevivientes quedan reducidos a entelequias, sembrados por la depresión en un camastro o lanzados a la calle por la demencia.

Dinero rápido.  Fácil. Al instante. Que no aguarda el tiempo que toma cursar una profesión, fructificar una cosecha en la parcela o madurar un negocio. Dinero impaciente para el lento menudeo de un colmado o un ventorrillo. Ese afán de conseguirlo a toda costa, la prisa por un cambio de estatus, se apodera también de muchos jóvenes de las barriadas que trafican con drogas, que atemorizan con su explosiva violencia y  marcado sadismo.

Para ser capaz de tales atrocidades parece haber químicos alterando su siquis, cocaína o crack deformando sus mentes, induciéndolos a cometer acciones horrendas que no harían “a sangre fría”. Cierto, pero estudiosos del fenómeno advierten que hay más, mucho más que hace que  los efectos  de esas sustancias  difieran de las reacciones en otros adictos en quienes la agresión recae contra sí mismos, autodestruyéndose.

Toda esa violencia que estremece cuando atracan, roban y matan, al violar a una niña o a una anciana, deja a la población atónita por ser hechos  protagonizados a veces  por jóvenes involucrados en la delincuencia asociada al microtráfico, en los que  droga y  alcohol se amalgaman con otros ingredientes corrosivos: la ira acumulada, el resentimiento ante una sociedad indolente que los rechaza y excluye, que a ellos y a sus progenitores les negaron las oportunidades para escapar del círculo de la pobreza.

Nacieron en la ciudad, hijos de emigrantes campesinos.  Entre ellos, otros recién llegados del campo que tiraron la azada y optaron por el motoconcho, del que desertan al encontrar un negocio más rentable, el microtráfico de drogas que aporta dinero rápido, mucho más fácil que labrar la tierra o pedalear todo el día un triciclo bajo lluvia y sol, acarrear mercancías en el mercado o pasar doce horas de vigilante entre bostezos y hambre con un mínimo salarial  más de siete veces contenido tan sólo en el aumento de RD$58 mil mensuales de los diputados.

Entrenamiento.  Mientras, una nueva generación se entrena en la delincuencia desde infantes, niños y niñas  que al ser utilizados en el microtráfico incurren en delitos insospechados. Crónicas periodísticas reportan la detención de menores de 12 años armados, que agredieron o mataron a alguien. Niños sin capacidad ni experiencia para reaccionar frente al peligro, muchachitos de la calle en completo desamparo, sin afectos ni controles, cientos duermen en cuevas,  en aceras. Los manejan adultos que también se criaron deambulando, inhalando cemento, cometiendo raterías para comer, y que hoy cayeron en la poliadicción que exacerba la violencia intrafamiliar, el uso de  drogas ilegales, de alcohol y  sustancias adictivas  legales usadas en sicopatologías.

Es grande la complejidad del fenómeno. Lo grave es cómo darle la respuesta, porque habría que crear cárceles enormes para todos estos jóvenes, expresa el siquiatra Manuel Herrera, coordinador interinstitucional del Consejo Nacional de Drogas, y agrega:

–Hay que buscar una respuesta social organizada con la participación del Estado y la sociedad civil. Se habla ahora de la familia, pero de cuál familia, pensamos en la de  40 años atrás, que ya no existe, con el papá y l a mamá todos los días en el hogar, ahora ambos están todo el tiempo en la calle trabajando, se va el padre o la madre a Nueva York, a Holanda, y los muchachos quedan con otros. Pero los que vienen de los pueblos a la capital, los padres están dispersos y los niños andan sueltos.

–Quisiera que los que vengan a mí con un problema de droga sean de familias estructuradas, es más fácil manejarlo. Pero imaginen  alguien que nunca ha ido a la escuela, no sabe quién es su padre, que es violado y abusado, niños que se ejercitan en la prostitución para vivir, son cosas espantosas, dolorosas, y el gran crimen es que nadie se imagina su dolor, no justifico nada de eso pero al verlo pienso que hay que hurgar en la vida de ese individuo. De ese niño mendigando, pidiendo de lo que estás comiendo, sin que le duela a nadie. Y se van cargando de ese rechazo.

–Analizarlo fríamente da miedo, porque ya son millares de indigentes, y al que no les espanta le son indiferentes, todavía peor. Por eso el crecimiento de muchas religiones, por la desesperanza de esa gente, la misma desesperanza hace que vayan a las drogas, piensan que no tienen de qué vivir, y si les dicen que vendiendo droga van a comer, aceptan”.

Las frases

Leopoldo Díaz

Si tenemos un narco- tráfico caracterizado por su bestialidad, falta de escrúpulos, capaz de cobrarse con vidas humanas la deuda de drogas, es por el traficante, no por el consumidor”.

 Radhamés de la Rosa

En los barrios se usa  cocaína adulterada, un gramo lo convierten en diez, le echan cal, leche,  piedras rayadas, y es más dañina. Eso va a los pulmones,  incluso sustancias cancerígenas“.

 Víctor L. Burgos

Hay microtráfico  en todos los estratos, gente adinerada cree que no   llegará a su hogar, pero nadie está exento,  es un problema de valores”.

Zoom

Soterrada

La droga forma parte de una economía subterránea en el país y el mundo, se ve la punta del icebert, alguien de la comunidad que maneja recursos y no trabaja, y se sabe que vende drogas. Pero casi nunca se sabe quiénes son los grandes traficantes, siempre tienen cómo resguardarse. Los microtraficantes poseen    menos protección.

No es igual atender a un adicto que tiene su familia, una red de apoyo, que a uno que no tiene a nadie, únicamente su hambre y su desamparo, que resuelven con el microtráfico, evadiendo su realidad con el consumo.

Para llegar a los pobres, los que dirigen el negocio han hecho drogas más baratas, el crack y otras que califican de “basura”. Los muchachos de clase media alta y alta tendrán acceso a drogas de más pureza, más calidad. No es igual una cocaína diez cortes que darle 25 cortes.