El mismo (recurrente) sueño

Primero soñaba yo con Balaguer. Luego quien soñaba era Pancracio Ceroles. Luego todo fue un enredo, porque al soñar no recordaba si soñaba yo o soñaba Ceroles. La cuestión es que he vuelto a soñar, aquel primer sueño, y aquí regresa el diálogo:

PC: ¿Cree usted que ha hecho suficiente para erradicar de la administración pública la corrupción? JB: Sí, yo creo que sí, hasta donde las circunstancias me lo han permitido. ¿Usted se refiere sólo a la corrupción estatal? PC: Bueno, en sentido general, señor Presidente, a toda… JB: ¡Habría que hacer una revolución! ¿No cree usted? Imagínese que actualmente, en las aduanas y en la renta, se proceda judicialmente no sólo contra los funcionarios sino contra los contrabandistas y evasores. ¡Sería un caos! La corrupción ha maleado prácticamente todas las capas sociales, también en el ámbito privado. Somos un país enfermo, enfermo por la codicia, por el afán de lucro, por un desamor al trabajo aparentemente incorregible…

PC: ¿Y por qué no ha encabezado usted esa revolución, la lucha contra la corrupción?

JB: Una de las cosas que creo haber aprendido, dolorosamente, en mi carrera pública, es que todo lo que uno quiere hacer no es posible hacerlo. Quizás he debido luchar más contra este flagelo. Pero tampoco puede decirse, con apego a la justicia, que he hecho menos que nadie. Pero es preciso que actúe la Justicia, que se conozcan las pruebas, las evidencias, porque yo no soy juez, no puedo serlo…

PC: ¿Está entonces usted conforme con lo que ha hecho por ordenar al país?

JB: No. No lo estoy. No estoy conforme. Yo creo que he cometido errores, principalmente por debilidad, pero recuerde usted que yo no he sido juez, ni fiscal procurador, ni procurador general, sino Presidente de la República, y a veces ni siquiera éso, sino sólo uno de los políticos en la oposición.

Desperté con dos lágrimas ahogándome los ojos. El sueño era el mismo que había soñado antes, ¡quince años atrás! Las excusas eran iguales. Me pregunté qué clase de país tenemos, donde hasta soñar se hace difícil, y ni durmiendo se escapa uno.