El mundo espera en tensión que EEUU elija su líder

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Concluyeron los debates y el mundo está expectante, mientras la campaña presidencial en Estados Unidos entra en su etapa final. Los clisés geopolíticos se mantendrán fijos hasta que se cuente la última de la boletas en Ohio y La Florida. El primer ministro británico, Tony Blair dijo algo similar el otro día, cuando prometió hacer de la reanimación del proceso de paz en el Oriente Medio la primera prioridad de su política exterior -“después del 2 de noviembre”.

Hasta entonces, las líneas diplomáticas de Washington a las capitales nacionales desde Pekín hasta Bruselas vibrarán con las especulaciones sobre si debemos esperar un temblor o un terremoto. Hace un par de semanas, George W. Bush parecía seguro de un segundo mandato. Ahora, los amigos y enemigos de EEUU están tensamente atentos a cada línea de los pronunciamientos políticos de John Kerry.

Mi criterio es que hay más intranquilidad que certidumbre en cuanto a qué esperar de un segundo mandato de Bush, o de un demócrata en la Casa Blanca. Desde India hasta Indonesia, a los líderes asiáticos les preocupa la promesa del señor Kerry de poner fin a la sub-contratación de empleos fuera de territorio norteamericano. Muchos de estos mismos gobiernos están nerviosos porque la guerra sin perdón del señor Bush contra el terrorismo radicalice más todavía sus poblaciones musulmanas. En Moscú, los asesores de Vladimir Putin se preguntan con cuanta firmeza un presidente Kerry resistiría la erosión progresiva de la democracia rusa. En la Franja Occidental y Gaza, los líderes palestinos desesperan ante la incuestionable fidelidad del señor Bush a Ariel Sharon, el primer ministro de Israel, mientras se preguntan si el señor Kerry realmente es serio en cuanto a reiniciar las conversaciones de paz. 

Pero en ningún lugar es más expectativa más aguda que entre los aliados europeos de EEUU. El acuerdo transatlántico de posguerra está desecho. La sustitución de la amenaza soviética por el terrorismo islámico significa que ya Europa no es el centro del interés geopolítico de EEUU. Pero tampoco EUU es ya el garante esencial de la seguridad europea. Sin la dependencia mutua que vino con la Guerra Fría, la alianza funcionará ahora solo si ambas partes están dispuestas a trabajar en ella. Irak pareciera decir que no lo están.

Los puntos de vista de los líderes europeos reflejan la visión de los electores: ellos quieren que el señor Kerry gane. ¿Pero qué va a pasar entonces? Aún cuando se han lamentado de la quiebra en las relaciones durante la presidencia del señor Bush, los líderes europeos han pensado poco sobre cómo se pudieras recomponer, después de una victoria demócrata..

El señor Bush se ha atrincherado durante la campaña en los grandes temas de su nada apologético empleo del poder militar de EEUU de su política exterior del primer periodo, la diseminación de “la libertad y la democracia”, y su inamovible desprecio por Francia y todo lo que sea francés. Para el presidente, hacer avanzar los intereses de EEUU,  en una definición benigna, conlleva su propia legitimidad. Este desdén por el multilateralismo tiene su historial en el partido Republicano. Recuerda los republicanos de los años 1950 , que siguieron al entonces líder del Senado Robert Taft en la agria oposición al orden internacional de posguerra establecido por Franklin Roosevelt y Harry Truman.

Los optimistas de Europa dicen que el señor Bush cambiaría durante un segundo mandato. Las fuerzas de la circunstancia ya lo han obligado a involucrarse, si no abrazar con la Organización de Naciones Unidas. EEUU está empantanado en Irak. Con todo y el belicoso lenguaje de muchos de sus asesores, el Pentágono carece de fuerzas, y EEUU de la voluntad, para emprender otra guerra. En cualquier caso, el presidente es más multilateralista de lo que deja ver. Los verdaderos villanos son Richard Cheney y Donald Rumsfeld. La semana pasada, Brent Scrowcrof, el ex-asesor de Seguridad Nacional del primer presidente Bush, se unió a los que han criticado el desprecio por las alianzas de la administración actual. Sin embargo, el señor Scowcroft sugirió que habría un punto de vista más acomodaticio en un segundo mandato.

Los realistas responden que el señor Bush considerará su reelección como la vindicación de su política exterior. En los momentos finales de el tercer y último debate de la semana pasada, el señor Bush el señor Bush estuvo a punto de decir que Dios está de su parte. Añádale el respaldo del pueblo norteamericano y entonces, ¿por qué habría de cambiar? En cualquier caso. El señor Cheney seguiría en el cargo y lo que se dice en Washington es que el señor Rumsfeld desea pasar otros dos años en el Pentágono. A mí me parece que los realistas tienen mejor defensa.

Por supuesto, el señor Kerry también le reserva a EEUU el derecho de actuar por sí mismo en su propia defensa. Al leer sus discursos de campaña, a los europeos se les podría perdonar qu8e piensen que el cambio que traería Kerry a la política exterior estadounidense sería de estilo, tanto como de sustancia. Richar Holbrooke, el vocero más prominente de política exterior del contendiente, y quizás el futuro secretario de Estado, es bien conocido en Europa desde sus tiempos como asesor de Bill Clinton. Seguro de sí mismo y cáustico, el señor Holbrooke no es un conciliador natural.

Los escépticos también se preguntan qué estaría dispuesto a dar a cambio el señor Kerry por el respaldo que espera en sacar a EEUU del pantano iraquí. Una voz en la mesa es una cosa, le oí comentar a un alto diplomático europeo el otro día, pero lo que importa es si Washington está escuchando.

Este es un caso fácil, y uno que pudiera resultar satisfactorio, si los aliados de EEUU escogieran no aprovechar el momento de una victoria demócrata. El clima tiene importancia en la política exterior. También lo tiene el hecho de que el señor Kerry haya hecho de la posición de EEUU en el mundo el centro de su política exterior. Esta promesa descansa en el criterio de que los extremistas islámicos no pueden ser derrotados solo por medios militares. No existe -como parece pensar con frecuencia el señor Bush- un número finito de terroristas que simplemente habría que matar o capturar. El señor Kerry parece comprender que EEUU no puede ganar la batalla por los corazones y las mentes de las naciones islámicas, si ya las ha perdido en el resto del mundo. Lo que otros piensan de EEUU es importante. Como escribiera Samuel Berger, el ex-asesor de Seguridad nacional del señor Clinton a comienzos de este año: “Es esencial que nosotros [los norteamericanos] definamos quiénes somos de tal forma que aislemos a nuestros enemigos, en lugar de asilarnos nosotros.“ Esto, después de todo, es lo que EEUU hizo durante la Guerra Fría.

Una victoria demócrata el 2 de noviembre no solo transformaría el lugar que ocupa EEUU, o repararía sus relaciones dañadas. Las diferencias genuinas con Europa se van a mantener -sobre Irak, sobre el papel y alcance del multilateralismo, y muy probablemente, sobre el Oriente Medio. La remodelación de la alianza transatlántica es un proyecto para los años que se aproximan. Pero el cambio vital sería que el señor Kerry mirara hacia un mundo con el cual los europeos están familiarizados. Esto, por sí mismo, representaría para los europeos tanto una oportunidad importante, como una pesada responsabilidad.