El niño que no quiere comer

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Al evaluar un niño que no quiere comer, en ausencia de enfermedad orgánica evidente, es necesario aclarar si el niño no come cantidades adecuadas con relación a las recomendaciones para edad, sexo y actividad física, o no come todo lo que la madre o

persona al cuidado del niño quiere que coma.

También se debe evaluar sí es un rechazo selectivo a ciertos alimentos o si la negativa a ingerir alimentos está asociada a retraso del crecimiento o a signos de desnutrición.

Como segundo paso debe evaluarse las causas que condujeron al niño a un trastorno de la conducta alimentaría, las cuales son complejas y pueden estar relacionadas con numerosos estímulos tanto internos como externos, siendo estos últimos generalmente los más relevantes.

Hay, en primer lugar, un factor cultural en juego: la madre es considerada exitosa cuando, tiene un hijo que desarrolla al máximo sus potencialidades, incluyendo el crecimiento. Esta situación está mediada por una autoexigencia materna y del ambiente.

Además, ante toda una historia de riesgos de desnutrición y enfermedad, el ambiente social y familiar exige que el niño esté lo más gordo posible. De modo que la necesidad de la madre de responder a estas expectativas produce en ella y en el niño, un estado de ansiedad que puede determinar una relación madre hijo inadecuada.

Los desórdenes en el comer son además, un lenguaje alternativo del niño para expresar lo que siente. Cuando los niños son pequeños, los padres deben enseñarles cómo expresar sus emociones, pero con mucha frecuencia esto no ocurre, y más aún, hay padres que expresan sus propias emociones por medio de la alimentación o la emplean para premiar o castigar a sus hijos, quienes a su vez aprenden esta conducta y la usan para manejar a sus padres.

[b]ROL DE LA MADRE[/b]

El rol de la madre en el desarrollo de una conducta alimentarla adecuada es muy importante, el cual puede ser compartido por otras personas como abuelos, hermanos, servicio doméstico y profesores. Por lo tanto, al evaluar posibles alteraciones de la relación madre hijo, debe efectuarse un examen que considere toda esta dimensión.

Los trastornos alimentarios pueden ser secundarios a un manejo inadecuado por parte de ella, a veces desde la época de lactancia, pero más frecuentemente se da durante las etapas psicológicas de separación o individualización, la que va desde los 6 meses a los 3 años.

En esta etapa el niño debe ir adquiriendo una progresiva independencia en su alimentación, proceso que a veces la madre no está muy dispuesta a aceptar, generando con ello tensiones en el niño que le conducen a rechazar la alimentación.

En la evaluación del rol materno es necesario indagar si hay trastornos serios de la personalidad o problemas familiares como violencia o dificultades conyugales.

Si se concluye que se trata de un trastorno de la conducta alimentaría sin causa orgánica y sin compromiso nutricional severo se sugieren como primeras medidas tranquilizar y educar a la madre y a las otras personas del entorno familiar.

Se aclara que el niño no está desnutrido y se procede a reeducar al niño en los hábitos de alimentación que se han alterado, para lo cual se debe, de acuerdo con la edad del paciente, ordenar horarios de alimentación y separar las comidas para que el niño sienta hambre antes de la próxima comida.

Se debe igualmente separar el juego de la comida. La alimentación se debe ofrecer en un ambiente relajado, sin otros estímulos, permitiendo que el niño coma la cantidad deseada.

[b]CAUSAS ORGÁNICAS[/b]

Entre los problemas orgánicos que pueden llevar a un trastorno de la conducta alimentaria hay muchos que presentan una evidente relación causa efecto, como son: daño neurológico, labio leporino y malformaciones congénitas cardíacas acompañadas de insuficiencia cardiaca. También ocurren cambios fisiopatológicos relacionados con la respuesta frente a situaciones de estrés, los cuales son responsables de la anorexia que se presenta durante un episodio de enfermedad.

El trastorno de la conducta alimentarla es un motivo de consulta médica frecuente, que en ausencia de signos clínicos de enfermedad, tiene su origen, la mayoría de las veces, en dificultades en la relación madre hijo.

Ofrecer pautas de manejo individualizadas que permitan reeducar tanto a la familia como al niño, con relación a la conducta frente a la alimentación, debe ser la primera medida a efectuar por el médico nutricionista. Si este manejo no da resultados positivos, se debe pedir la intervención de un psicólogo.