El nuevo Archivo General de la nación

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POR ÁNGELA PEÑA
Por primera vez, después de la caída de Trujillo, el patrimonio histórico depositado en el Archivo General de la Nación encontró dolientes. Desde que los actuales directivos de esa institución asumieron recientemente el mando, se advierte un activo movimiento en la reorganización del acervo, que no se veía desde 1962.

El laureado historiador Roberto Cassá, nuevo director, y Raymundo González, subdirector, han empleado su seriedad, su eficiencia y el íntimo deseo de preservar la documentación existente y hoy, aunque todavía sin fondos ni grandes apoyos oficiales, el organismo comienza a ser el depósito documental que demandan los tiempos modernos.

El deterioro que encontraron, sin embargo, desalentó el espíritu emprendedor de estos reconocidos intelectuales que, aunque visitan el Archivo casi a diario para sus consultas profesionales, y a pesar de que Cassá había trabajado en un Diagnóstico elaborado por una ya disuelta Comisión Consultiva, no esperaban semejante panorama de saqueos, daños, roturas, cortes, desorganización, incapacidad, indolencia, caos…

“La situación general del Archivo puede caracterizarse como la de una institución colapsada por la irresponsabilidad mostrada, a lo largo de décadas, por administraciones gubernamentales y su Dirección”, señaló Cassá, agregando que el aspecto más delicado radica en el menoscabo de porciones considerables de sus fondos por efecto del deterioro, la depredación y las sustracciones”.

La humedad y el polvo, dijo, han favorecido los efectos de las plagas. Específicos visitantes no han respetado las regulaciones acerca del manejo de los documentos, observó. “Ha habido ausencia de aplicación de mecanismos reguladores por parte de la institución y su personal. Se puede distinguir una actitud deliberada de efectuar mutilaciones”, expresó.

Significó que se ha comprobado que numerosos documentos han sido sustraídos, especialmente por personas conocedoras de su valor histórico y que algunos fondos de importancia, como el de la Corporación de Empresas Estatales y otras provenientes del Poder Ejecutivo, se encuentran no sólo desorganizados sino en tal estado de abandono que amenaza su preservación.

El Archivo no está recibiendo los fondos documentales que deben remitirle las instituciones públicas, según está estipulado en la ley, tanto por negligencia de los emisores como por incapacidad del organismo de recibirlos y procesarlos, precisó Cassá. “La desorganización llegó a su clímax con las labores de pintura de anaqueles que eliminó el orden de los legajos”, apuntó. Estos trabajos fueron autorizados por la pasada Secretaría de Cultura que dirigía el escritor, historiador y poeta Tony Raful.

Sólo una mínima porción de los fondos de la institución cuenta con algún registro, relación o inventario y es tan genérica que es absolutamente necesario actualizarla y completarla.  Dijo Cassá que desde 1962, salvo excepciones, como es el caso del área de fotografías, dejaron de hacerse inventarios.

LABOR DE EMERGENCIA

Desde que aceptaron las funciones, Cassá y González trabajan sin descanso, pero con serias limitaciones, en labores de urgencia. Impera la escasez. El suministro de material es prácticamente inexistente. Las respuestas a sus prioridades son tardías. Los dos funcionarios, empero, aun no han desmayado en su empeño por rescatar la memoria histórica de los dominicanos y mantienen la esperanza de encontrar el apoyo que demandan sus propuestas, al menos para el 2005.

Ante todo elaboraron un pormenorizado informe que presentarán al Presidente de la República a través de la Secretaría de Cultura detallando el estado actual del Archivo General de la Nación y las medidas a tomar para salvar el acervo, enriquecer la documentación, preparar al personal y sacar del primitivismo a ese organismo que, paradójicamente, sólo mereció atención, cuidado y respeto durante el trujillato.

Ahora comenzaron el inventario topográfico para determinar la documentación existente y su ubicación e inmediatamente colocar, clasificar y restaurar los legajos que fueron desmontados por Cultura, en el 2004, para la innecesaria pintura de los anaqueles. Una tercera etapa, anunció Roberto Cassá, tomará un número indeterminado de meses pues “consiste en la recolección de los legajos mediante una agrupación de las secretarías, otras reparticiones del Estado y demás colecciones, acompañado por el establecimiento de una nueva numeración y una tabla de equivalencia con las numeraciones antiguas”.

Contará con la asistencia de un contingente militar, aprobado por el secretario de las Fuerzas Armadas, que será entrenado para el desempeño de su tarea, a realizarse bajo dirección de empleados del Archivo.

REESTRUCTURACIÓN GLOBAL

Expresó Roberto Cassá que lo que procede en el Archivo es una reestructuración global, de acuerdo a un marco normativo definido, que reclama, en primer lugar, restaurar el mínimo de funcionalidad y seguridad de las condiciones del Archivo y sentar las bases para la estructuración de una institución regida por las normas actuales de funcionamiento de los archivos, de acuerdo a las convenciones internaciones en la materia.

Entiende que el Archivo deberá operar apegado a parámetros legales redefinidos de acuerdo con sus exigencias sustantivas, lo que deberá plasmarse en una nueva legislación. “Ésta afianzará el carácter intelectual al hacer del funcionamiento adecuado una realidad irreversible, en la medida en que así lo posibiliten las condiciones políticas en el país y en el futuro”.

Cassá y González, quienes conversaron con los reporteros en el despacho del primero –el subdirector aun no tiene espacio- se entusiasman al hablar de sus planes, con la confianza de que esta vez el Archivo será una prioridad gubernamental.  Las puertas, no obstante, siguen despedazándose, el calor, la falta de luz adecuada, entorpecen la investigación. Las esperas del usuario crean ansiedad, pérdida de tiempo, porque  libros,   fotos, periódicos, se localizan a tientas y a locas. Todavía algunos empleados hablan a gritos por los pasillos, irrespetando el necesario silencio que facilita la concentración.

Pero las palabras seguridad, conservación, funcionamiento, procedimientos, organización, catalogación, consulta, reproducción, son invariables en el discurso de estos bien intencionados ejecutivos que persiguen hacer del Archivo el instrumento número uno en automatización y restauración.  Para ellos, el Archivo dejará de ser un depósito inerte de documentos y devendría en un autentico organismo al servicio del conocimiento histórico y de las necesidades de información del conjunto de las instituciones del país.

Las tareas de investigación y divulgación cobrarían centralidad, manifestaron, y el público tendrá acceso fácil a materiales por medio de libros, el Boletín, una página Web, una sala permanente de exhibición, muestras temporales en diversos puntos del país, medios audiovisuales y, de ser posible, otras medidas educativas y de animación cultural. Operarían los departamentos Administrativo, Prearchivo, Archivo Histórico, Servicios Técnicos, Biblioteca, Hemeroteca e Investigación, y se ofrecerá educación continua al personal existente y al de nuevo ingreso, en las técnicas archivísticas

El local, anunciaron, debe restaurarse y para ello es urgente trasladar las restantes oficinas ajenas a las funciones del Archivo “que han balcanizado el edificio”, dice Roberto, aunque tal vez el término es elegante en relación con el daño que estas subdivisiones causaron a la construcción y a la valiosa documentación que arrinconaron. Tantos parqueos señalizados para los recién llegados incumbentes, sacaron fuera a los tradiciones investigadores del Archivo.

El diagnóstico es amplio, tan extenso que los dos historiadores se tomaron más de una hora de plática. Y, aunque todo esto es apenas un esbozo, en el ambiente y en el ánimo de casi todos los empleados se nota que el Archivo arrancó con buen pie y mayor respeto hacia las riquezas nacionales que guarda. Sólo falta la comprensión y la aprobación del Presidente Leonel Fernández para que, en realidad, el Archivo no siga en el lamentable proceso de extinción y se inscriba activamente en la dinámica cultural de los dominicanos y del mundo.