El nuevo Papa pidió unidad de la Iglesia

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CIUDAD DEL VATICANO (EFE).- Benedicto XVI inició ayer su Pontificado con una ceremonia religiosa en la Plaza de San Pedro del Vaticano, caracterizada por la sobriedad de sus gestos y la emoción contenida de las decenas de miles de fieles que le acompañaron.

La fervorosa multitud que proclamó la santidad de Juan Pablo II durante su funeral -que ofició el entonces cardenal Joseph Ratzinger-, dio pasó hoy a una mucho más comedida, que aplaudió de forma ordenada y que sólo se dejó llevar por cierta euforia cuando el Pontífice hizo un breve recorrido en coche descubierto.

Esa multitud, cuantificada en unas 400.00 personas, y los miembros de las 140 delegaciones que asistieron a la ceremonia escucharon atentamente su larga homilía, en la que subrayó que no pretende ni hacer su voluntad ni siquiera seguir sus ideas. “Mi programa de gobierno es no hacer mi voluntad y no seguir mis propias ideas, sino ponerme junto con toda la Iglesia a escuchar la palabra y la voluntad del Señor y dejarme conducir por El”, señaló en una larga y profunda homilía.

Toda una declaración de intenciones que se suma a los objetivos trazados en su primera misa oficiada en la Capilla Sixtina, tras ser elegido Papa: desarrollar el Concilio Vaticano II, promover la unidad de los cristianos y trabajar por la paz en el mundo.

Pero no era intención del nuevo Pontífice exponer la política de su recién estrenado papado, como muchos esperaban, sino presentar su faceta más pastoral, rica de matices y profunda en reflexiones, en consonancia con su experiencia de pensador y teólogo.

Tras declararse un “débil siervo de Dios que ha de asumir un cometido inaudito”, como el “humilde trabajador de la viña del Señor” con que se presentó a la salida del cónclave, Benedicto XVI pidió hoy a los católicos que recen por él, para que no huya “ante los lobos” y deje abandonadas a sus ovejas.

La metáfora del pastor y también la del pescador, sin olvidar el recuerdo del Papa Wojtyla, centraron el grueso de su discurso, en el que hubo pasajes de intensa evocación poética:

“Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”.

“Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera”.

Las reflexiones sobre el pastor y el pescador las hizo Benedicto XVI tras recibir el Palio o estola y el anillo pontificio, que representan los signos del llamado Ministerio Petrino.

El Palio, que se lo impuso el cardenal protodiácono, el chileno Jorge Medina Estévez, simboliza al Salvador que, encontrando al hombre, lo lleva sobre sus hombros como a la oveja descarriada.

El Anillo del Pescador, que se lo colocó el nuevo decano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano, lleva incisos tres símbolos: la red que tira Pedro para pescar, dos peces -signo de identificación ya desde los primeros cristianos- y una cruz.

El tercer rito de la ceremonia, que comenzó con una oración ante la tumba de San Pedro, fue el llamado de la obediencia, en el que por primera vez se sustituyó el desfile de cardenales que se postran ante Papa por el de doce personas, en representación de los Apóstoles.

La misa de inicio del Pontificado de Benedicto XVI fue seguida de forma serena y afectuosa por decenas de miles de personas, que le aplaudieron treinta y cinco veces durante la homilía y otras muchas a lo largo de las dos horas y media de celebración.

Esa multitud de fieles, con banderas de su Alemania natal, de su patria chica, Baviera, de España y muchas de Polonia, en recuerdo de su antecesor, sólo se mostró efusiva cuando el Papa recorrió al final un tramo de la Plaza vaticana en coche descubierto.

Con gesto sereno, aunque visiblemente emocionado y con la sonrisa que tantos le niegan levemente suspendida de su rostro, Joseph Ratzinger, de 78 años, bendijo repetidamente a los congregados, que no cesaron de fotografiarle.

A este primer desfile de masas de Benedicto XVI asistieron la treintena de Jefes de Estado y de Gobierno que estuvieron presentes en la ceremonia, en menor media que en la despedida de Juan Pablo II, y los miembros de otro centenar largo de delegaciones.

A todos ellos les recibió luego en la Basílica de San Pedro, donde tuvo lugar el tradicional besamanos, que abrieron el presidente alemán Horst Koehler y el canciller Gerhard Schroeder, seguidos del presidente italiano, Carlo Azeglio Ciampi.

Tras ellos pasaron los Reyes de España, don Juan Carlos y doña Sofía -vestida de blanco, con mantilla y peineta-, que dialogaron durante unos instantes con el Papa, mientras éste les apretaba a ambos cariñosamente las manos.

El desfile continuó con el resto de representaciones, entre ellas las latinoamericanas con el presidente argentino, Néstor Kirchner; el de Colombia, Alvaro Uribe; Honduras, Ricardo Maduro; Paraguay, Nicanor Duarte; El Salvador, Elías Antonio Saca; y República Dominicana, Leonel Fernández.

Todos desearon parabienes a Benedicto XVI, que hoy comenzó oficialmente, con gesto sobrio y la emoción contenida de los fieles, su Pontificado.