El nuevo terrorismo

EMMANUEL RAMOS MESSINA
Antes los adolescentes ansiaban ser viejos, que les creciera el bozo, usar pantalones largos, fumar y decir malas palabras. De otro lado las niñas graciosamente montaban los tacos de las madres, se pintaban a escondidas y planeaban sus amores futuros como en las viejas novelas. Todos ansiaban ser adultos y mayores… hasta que ocurrió “el asunto ese”…

Los peligrosos síntomas venían caminando, arrastrándose en silencio como una serpiente. Nostradamus había profetizado su llegada….

Nuestra generación creció en la Ciudad Colonial, aldea abuela donde la historia puso sus nalgas anchas oyendo el tic-tac del Reloj del Sol de los Colones, a la sombra del incienso y de las roncas campanadas de la Catedral, anunciando la religión o la muerte de un rico; y a veces en una cama llorosa la viuda, consolada con las lágrimas paralelas de la concubina oficial. Después los abogados y picapleitos se repartirían la herencia.

La moral se limitaba a ir a misa, dar limosnas en público, escuchar bostezando los sermones y apoyar al Padre Pérez en todo lo que se le ocurriera. No era el mejor de los mundos, pero había otros peores…

Convivíamos con los fantasmas coloniales, contándonos historias espeluznantes de sus amores y trampas, o asustando viejas. Uno, obsesivo, con un oxidado cañón, cuidaba celosamente la virginidad del Ozama, y otro, que se hacía pasar por el hombre invisible…

Pero la vida era apacible y tranquila, y los populares viernes de brujerías daba gusto sentir los olores del incienso tapando los del romero, pachulí, albahaca, yerba buena, rompediablos, ruda y agua de Florida de Murray & Lamman, hasta que llegó el asunto ese, sí, llegaron el ruido, el rock y su fauna, los Beatles y sus guitarras, dando brincos, halándose los moños, con los sobacos y los ombligos aceitosos al aire. Los perros ladraban aterrados, las mulas se espantaban y tiraban coces al aire, y los ruiseñores enmudecían. El nuevo terrorismo musical, el asunto ese, llegaba a todas partes en discos, películas, etc., la resistencia era inútil. Las paredes coloniales se resquebraban y los hospitales atendían a los ancianos ensordecidos, a los moralistas infartados, y a las viejas histéricas. Decían que la peste musical era contagiosa, las oraciones y rosarios se trancaron, no funcionaban. La civilización cristiana de España había sucumbido. Un Haití sonoro y en inglés nos había invadido, y los trinitarios ya estaban todos muertos. ¡Estábamos perdidos! El Gobernador sordo se suicidó ante una guitarra eléctrica, y mientras el ruido nos aplastaba, las despeinadas y bellas hippies, liberadas, entraban a misa en minifaldas, luciendo los muslos crudos, asustando y tentando a los santos. Los votos de castidad temblaban; nadie quería ser viejo, pues la vejez se convirtió en imperdonable delito. La tradición había sido violada, vejada, herida, chorreando el pus hacia adentro. ¡Qué dolor! Todos los fantasmas se espantaron y no volvieron jamás…

Da pena recordar que antes nuestra aldea, nuestra capital, era querida añoñada, mimada como esas muñecas de trapo de las niñas. Era una aldea de trapo. ¡Qué pena!

La peste del Rock se regaba, y como una medusa metía sus tentáculos por las calles, zaguanes, rincones y oídos; ante la Catedral, se reunió alarmada la gente, la de primera, la de segunda y la de tercera, y los realengos; y se rompieron las rígidas fronteras de los apellidos sonoros que antes separaban los blancos de los mestizos, mulatos, prietos y los negros… La invasión era peor que la peste, que las viruelas negras, que los piratas y bucaneros y… todos se hincaron dándose golpes en el pecho y pidiendo misericordia al Altísimo, y preguntaban cuáles de sus pecados merecían tan pesados y ruidosos castigos.

Sí, en la ciudadela los jóvenes habían metido algo peor que bombas, metieron los estruendos de las guitarras contaminantes, discos de los Beatles, hasta de Elvis Presley, pero lo que era un horror fue ver los hijos de los apellidos sonoros que antes rezaban en las iglesias, bailando esas prácticas satánicas, alborotando las cinturas y las mentes; y los teenegers mostraban sus pantaloncitos calientes, los piercing en los ombligos y lengua, su lúbricos muslos y otras tentadoras delicias completadas con silicona, que es mejor callar y no tentar… El sexo se liberó, rompió las represas, y se desbordó sin fronteras jamás.

Los nuevos colonizadores del estruendo hablaban con grafitis de “paredón” y de “confiscar” rosarios. A lo lejos se oía el alboroto de una discoteca metida en el Alcázar…

Epílogo
¡Dios mío! ¡qué tentadoras son estas minifaldas, ombligos y muslos crudos! ¿Debo acaso taparme los ojos y la moral y meterme en este progreso? Rezo, dudo y tiemblo, y si sucumbo, sé que Dios, que también es viejo, es también bondadoso y muy comprensivo de nuestras caídas.