El pacto de las chivas

“El arte de la guerra es el arte de destruir al hombre; el arte de la política, el de engañarlos”.

(D. Alembert).

Les invito a leer el interesante análisis que sobre el acuerdo Leonel-Miguel Vargas, produjera el acucioso periodista Juan Bolívar Díaz, bajo el título “Un pacto caudillista y poco institucional”, aparecido en este mismo periódico en su edición del domingo 17 de mayo del 2009, página 12B; en mi muy humilde criterio el más sesudo análisis que se haya producido sobre este ignominioso y funesto evento, cuyos efectos nocivos no se harán esperar en el porvenir de nuestra vida republicana.

A lo ya dicho por el distinguido profesional del periodismo sólo faltó ponerle nombre al sainete. En esa tarea, con su permiso, me ofrezco voluntariamente a ayudarlo.

Lo que se ha denominado hasta ahora “Acuerdo Leonel – Miguel Vargas”, por su contenido y los objetivos ulteriores que persigue tiene características de conciliábulo, propongo que, con el perdón de las inofensivas y mansas cabras, podríamos etiquetarlo como “El pacto de las chivas”. Paso a explicar el porqué.

En los fervores de la campaña electoral 2000-2004 que enfrentó a Danilo Medina y a Hipólito Mejía, éste, para contrarrestar las aparentes buenas relaciones que mantenían los peledeístas con el doctor Joaquín Balaguer Ricardo, a manera de sorna le ripostaba con la muy peculiar expresión de que él también “tenía su chiva amarrada en la Máximo Gómez 25”, domicilio del zorruno caudillo reformista.

Los efectos que produjo el “amarre de la chiva en la Máximo Gómez 25”, del célebre Hipólito, no se hizo esperar y sin ninguna duda dio sus frutos. El resultado de ese “amarre” se hizo palpable en la noche del 16 de mayo del 2000, cuando ante la inminente pérdida de las elecciones presidenciales, la cúpula del peledeísmo se arrimó a la casa del vetusto líder reformista en procura de que endosara su asentimiento para una eventual segunda vuelta electoral.

La respuesta del sagaz ex presidente de la República fue un rotundo y cortante no. Esa decisión sella el triunfo del entonces candidato Hipólito Mejía.

A partir de esa lección, en el ámbito de la política dominicana es axiomático que el “amarre de la chiva” deja pingües beneficios.

Con este nuevo pacto se le ha dado una estocada letal a la institucionalidad democrática. Supuestamente se eliminó la reelección. Empero, ese logro per se no justifica el desconocimiento deliberado y consciente de las formalidades legales y estatutarias. Adolece de legitimidad.

Esa acción constituye un retroceso en el desempeño de nuestra vida pública. Los principios no pueden estar subordinados a coyunturas. La festinación no es buena consejera. En ese orden pauta un sabio dicho español que reza: “de prisa y bien hecho no van juntos”.

A propósito de ese infortunado acontecimiento les invito a observar con escrutadora atención la foto oficial tomada y desplegada por toda la prensa escrita con ocasión de la celebración de ese acto, en el cual los rostros de los participantes se expresan complacidos, risueños, distendidos y plenos de gozo, habiendo cumplido según su decir con un sacrificio en aras de la Patria.

A futuro político, con la estampa de sus firmas y su presencia física, cada uno de los convidados de una forma u otra para su propia conveniencia, habría también “amarrado su chiva”.

De ahí el sugerente calificativo de “El pacto de las chivas”.