¡El país no es… lo que puede ser!

Como los únicos intelectuales que al parecer  tenemos en el patio son los políticos, a los que parece no dolerle lo suficiente el país, a los periodistas se nos hace difícil darnos a entender.

No sé si es que el lenguaje de la comunicación ha sufrido cambios tan profundos que se hacen incomprensibles.

La política, otrora considerada una actividad noble y patriótica, ha experimentado una transformación tal que llega a degeneración escandalosa.

Los gobiernos – que es lo mismo que decir los Estados – han ido perdiendo el natural contacto con los estratos bajos de la población, al punto de desconocer sus verdaderas y reales necesidades.

Por sus lógicos vínculos con todos los sectores, el comunicador va tejiendo historias en base a la interacción. Llena de vividas experiencias su trajinar.

He dejado claramente establecido que la delincuencia, los actos de ratería como la violencia intrafamiliar – no sólo de género – hay que verla, analizarla y combatirla a partir de un profundo conocimiento de su germen y desarrollo.

Diversos escenarios han servido de fragua a un problema que ya alcanza niveles alarmantes.

El país ha entrado en una situación en extremo preocupante.

Se percibe en la gente un temor a circular con libertad y confianza. Muchos ven con recelo, justificado o no, a cualquier desconocido que se le acerca.

La capital de antaño ha sufrido dramáticos cambios en su estructura física, pero también en su composición.

Recelamos de los demás hasta por una cuestión de sobrevivencia.

¡El país no es… lo que puede ser!