Remembranza
Antonio lleva 17 navidades asilado entre nostalgias
En el asilo San Francisco de Asís, la Navidad viaja entre dos sentimientos: la tristeza por lo que falta y el agradecimiento por lo que aún tienen sus residentes.

Antonio Rodríguez dice que disfruta aprender de los demás residentes.
La Navidad por lo general llega con luces, alegría y reuniones familiares, pero para muchos envejecientes del asilo San Francisco de Asís estas fechas también traen consigo una carga emocional más pesada de lo habitual.
La nostalgia por los seres queridos ausentes, la distancia y las limitaciones económicas vuelven a hacerlos más vulnerables, aun cuando su entorno está marcado por la compasión y la solidaridad de quienes los cuidan.
Antonio Rodríguez, un cubano de 74 años que lleva 17 viviendo en el asilo, lo explica con serenidad. Durante un recorrido realizado por HOY en las instalaciones del albergue, confesó al medio haber aprendido a mirar la vida a través de los “lentes de la gratitud” y no desde la queja.
No obstante, admitió que no todos logran vivir la Navidad con la misma calma. Para muchos de sus compañeros es en estos momentos cuando la tristeza y la nostalgia los embarga, dejándoles apenas fuerzas para levantarse cada día.
“Yo que tengo 17 años aquí te puedo decir que cuando llegan estos tiempos hay abuelitos que no comen, ni duermen y cuando le pregunté al psicólogo de aquí que por qué pasa eso, me dijo que es porque la nostalgia llega en estos tiempos”, explicó con gentileza el señor.
Don Antonio, quien pasa parte del día recorriendo los pasillos del asilo en su andador, conoce bien esa realidad.
Explicó que muchos de los residentes provienen de comunidades lejanas como Pedernales o Montecristi, y sus familiares no siempre cuentan con el dinero para viajar a la capital durante las fiestas.
Otros, como él, la tienen un poco más difícil, debido a que sus parientes se encuentran fuera del país. Con una pizca de melancolía en su mirada, Antonio relató que no ve a su hermana desde hace 57 años, pues ella nunca logró salir de Cuba y que tiene un hijo en España, próximo a graduarse de médico.
“Tengo mucho tiempo que no lo veo (a su hijo), porque está estudiando, pero ya este año que viene se gradúa de médico. Espero que cuando empiece a trabajar y se gradúe, ya venga a visitarme”, comentó con entusiasmo.
A pesar de las limitaciones económicas o la distancia que muchas veces no les permite ver a sus seres queridos con frecuencia, Antonio destacó una realidad dura de aceptar para muchos de los internos: la visita no siempre depende del dinero.
Aseguró desde su experiencia, haber observado como familias con escasos recursos se esfuerzan durante meses para poder visitar a sus parientes, aunque sea una o dos veces en el año, mientras que aquellos con mayores posibilidades económicas “son los que menos aparecen”.
“Hay familiares que, aunque no puedan venir en Navidad, hacen su ahorrito y vienen una vez cada 3 o 4 meses a visitar, pero hay gente que sí pueden venir y esos son los menos vienen”, desaprobó.
Aún así, destacó que dentro del asilo encuentran un refugio emocional. Entre las cosas que lo hacen sentir querido y especial, resaltó el trato de las monjas, a quienes describe como una presencia constante de cariño y humanidad.
“Nosotros aquí la pasamos bien porque tenemos el amor y el cariño de las monjas. Las monjitas hacen esto por vocación y nos brindan su amor, su humanidad y eso nos hace sentir protegidos”, aseguró con sinceridad.
Asimismo, dijo valorar los gestos solidarios de personas que visitan el centro en estas fechas, quienes llevan alimentos y comparten un momento con los envejecientes.
“Que las personas, aunque no las conozcamos nos vengan a visitar es un aliciente, que nos motiva y nos deja saber que alguien se interesa por nosotros”, expresó con gratitud.