El complejo reto de doña Milagros
La doctora Milagros Ortiz Bosch tiene sobre sus hombros una tarea compleja y difícil de llevar a cabo en la República Dominicana de nuestros días.
Ella es la directora general de Ética e Integridad Gubernamental. Su misión consiste en velar porque todo el funcionariado gubernamental se mantenga en los carriles del respeto y el buen uso de los fondos públicos.
Es una lucha que de seguro será titánica porque se trata de una encomienda contra toda una cultura política que data casi desde los días de la colonización.
Por supuesto, no es una cuestión exclusiva. El tema y la práctica de la corrupción gubernamental permean toda la región y es hoy una preocupación generalizada.
La búsqueda del poder para resolver problemas personales o de la familia, la promoción de obras públicas para conseguir deslumbrantes tajadas por comisiones, inventarnos gastos, promover una cadena de “cogiocas” para ser favorecidos, sobrevalorar, inflar costos, evadir y otras mil maneras de tratar de conseguir dinero son tentaciones permanentes que persiguen a la poderosa burocracia estatal.
Por supuesto, en connivencia permanente con grupos ajenos al Gobierno que suelen beneficiarse de esas “prácticas culturales” o “indelicadezas”.
Los ejemplos los tenemos por montones. Luchar contra esa manera de hacer política es una labor titánica que requerirá mayores esfuerzos que la exhortación, la admonición pública y la prédica ética.
Hay que crear mecanismos de trabajo que pongan bajo lupa comportamientos, fortunas, transacciones, movimientos financieros y bancarios y relaciones con terceros. Y esos mecanismos, es bueno decirlo, no deben depender ni de nuestra burocrática y lenta Cámara de Cuentas, ni de la Contraloría General de la República ni de la Procuraduría General de la República.
Debe ser todo un dispositivo independiente, nuevo, moderno, integrado por jóvenes sonadores y creídos, un dispositivo capaz de buscar y encontrar y de romper barreras.
Un personal que pueda oponer su inteligencia y sus conocimientos a los de los sabios expertos en ingeniería financiera y a los de los diestros incidentalistas y nuevos exegetas del Derecho.
Porque aquí, entre nosotros, la corrupción y sus derivados asumen distintas máscaras y sus defensores son hábiles sofistas.
La tarea es, ciertamente, compleja, pero no imposible. La sociedad dominicana desea, anhela y clama por una administración pública decente.
El presidente Luis Abinader ha levantado la bandera de la transparencia y ha dado pasos en esa dirección, pasos que la población aplaude.
La trayectoria personal de la directora general de Ética e Integridad Gubernamental es un aval de esperanza de que esta tarea será llevada a cabo con tesón y con la fortaleza espiritual de quien se ha dedicado a la política desde la educación, el liderazgo y el desempeño de posiciones señeras con una hoja de servicio impresionantemente límpida y ejemplar. P’lante, pues.