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Guardianes de la verdad El País
Petra Saviñón
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Con la conclusión de los estudios preuniversitarios, llega la nostalgia por todo lo dejado atrás, los compañeros, el centro, los profesores, el trayecto diario…La finalización de ese ciclo trae múltiples interrogantes, dudas sobre qué sigue ahora, qué carrera estudiar, las posibilidades económicas para hacerlo, el nuevo ambiente.

Las emociones arropan a los estudiantes, a sus padres y a los docentes.

Carina acaba de recibir el título de bachiller y cuenta que le cuesta acostumbrarse a que acabó la rutina de 12 años de levantarse de lunes a viernes a la misma hora, pasar por los mismos lugares, asistir al plantel, ver a la misma gente…

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Mas, como bien dice, toca entender que hay un cambio y asumirlo, pensar que es parte del crecimiento biológico e intelectual.

En su caso, fue al mismo colegio desde primero de básica hasta el último curso de secundaria.

Otros incluso ingresan desde preprimaria, lo que haría aún más pesado abandonar el espacio compartido con los mismos alumnos, salvo excepciones de nuevo ingreso o cambio de sala al pasar de grado y separarlos.

Sin embargo, para los del sistema público hay una ruptura desde séptimo, acudirán a otra estructura, al liceo, tras elevar ese nivel a bachillerato de nuevo.

A estos chicos, de acuerdo con la sicóloga escolar María Martha Gonzaga Hernándo, el giro puede serles menos traumático, porque ya vivieron una separación de su escuela, de la planta física.

Estos niños cambian de lugar y encima a veces no “quedan” en el aula con sus antiguos compañeros o los mezclan y conviven además con otros, por lo que la especialista considera que quizás les resulta más fácil adaptarse al gran choque que podría representar la universidad.

Lo mismo para los que van a colegios que solo imparten primaria, algunos incluso hasta quinto.

Pero en todos los casos es un golpe, de repente olvidar la bulla en el salón, la brincadera en el patio, para empezar una vida de adultos en la universidad y a los que las circunstancias no les da ese chance, en una labor con la que deben sustentarse y en ocasiones a sus familias.

Padres con vacío

“Sentí que perdí algo, la costumbre de pararme de la cama a las 6:30 de la mañana a hacer desayuno y despedir a mi hija en la puerta día a día, decirle ve bien y regresa bien, te amamos mucho. No obstante, lo que he hecho es ganar, verla crecer en todos los planos, tan auténtica, tan linda, tan noble y aplicada”. Pepe es una madre que desborda emoción y un poco de incertidumbre por el futuro de su hija, recién salida del bachillerato.

La sicóloga Gonzaga expone que los padres también son envueltos, la prole encaminada a otra ruta, a destino de hombre, de mujer que ya tendrá un control más amplio de su vida y surgen tantos temores.

Verlos convertirse, abrir sus propios trechos, angustiarse en la incerteza de si en verdad estarán listos para entrar a un campo en el que no solo habrá contemporáneos.

Profes extrañan

Los profesores, aunque acostumbrados a discípulos nuevos cada año lectivo, son tomados por la nostalgia, sobre todo, cuando han hecho vínculos fuertes, y lo padecen.

“Claro que nos afecta. Todo grupo deja su marca. Es cierto que tenemos una matrícula diferente cada temporada pero siempre recordamos a los que ya no están”. La profe Aura Rosa acaba de hablar ahogada en llanto.

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