Parecerse a los “otros”

Guido Gómez Mazara
En la cultura política latinoamericana somos propensos a aceptar con bastante facilidad la estructuración de un cuerpo de ideas y valores, asociados incorrectamente a la noción de progreso y avance, que terminan por convencernos.
Y de paso, se instaura el caldo de cultivo de fracasos en la gestión gubernamental porque fuerzas garantes de anheladas transformaciones caen derrotadas por la manía gatopardiana, capaz de impulsar un aparente cambio, con riesgo de que todo siga igual.
Así en todo el cuerpo de argumentos que dieron razón al discurso sobre el desarrollo en el siglo 19 existe un marcado interés en asumir la decapitación de los caudillos locales como vía esencial para la superación de las taras institucionales.
Al final de la jornada, los sustitutos se reiteraron en los hábitos que le dieron razón de ser a sus luchas.
Los uruguayos entendieron que la muerte de Aparicio Saravia, iniciaba una etapa de civilización. En México, el legendario caudillo del sur, Emiliano Zapata, padre del constitucionalismo social, representó el fantasma provocador de odios en las élites que se resistían al poder de un político promotor del agrarismo.
Y aquí, el asesinato de Desiderio Arias abrió compuertas para el arribo de una “paz” que por tres décadas arrodilló a una sociedad que no pensó en los riesgos del ascenso al poder de Trujillo.
Una tradición fatal en el continente: Vicente Fox, Juan Carlos Valera, Danilo Medina, Daniel Ortega, Nicolás Maduro y Evo Morales, terminaron calcando al adversario que combatieron. De ahí que, toda fuerza política o social que pretenda representar una verdadera ruptura posee en su vientre la desgracia de “parecerse a los otros”.
Por eso, es de inteligentes combatir la intención de que intereses adversos diseñen el arquetipo que nos paute reglas y esquemas sobre el molde a emular. Y el énfasis, en el terreno del ejercicio público, se pone de manifiesto cuando el hastío se traduce en voluntad electoral que gana elecciones, pero sus beneficiarios no pueden caer en la trampa de negar esencia y naturaleza de sectores que allanaron el camino de la victoria porque reafirmarse en lo que “somos”, deslinda campos e impide que pretendamos calcar lo que combatimos en el escenario de la competencia política.
La historia recuerda que el duelo intelectual entre Jean Price Mars y Peña Batlle provocó que el pensador haitiano señalara como bovarismo, la fascinación nuestra por construir un ideal de lo que no somos y/o falsificar nuestros antecedentes. Aunque tal calificación se concentró en el componente étnico, lo innegable es que pauta una tendencia de anhelar lo que nos imponen con sello de “superior”.
Para entender el descalabro de los grandes partidos en la región, debemos concentrarnos en la falta de empatía de sus gestiones con la agenda y base social de sus electores que, en una incorrecta interpretación, negaron sus raíces intentando fascinar los sectores antagónicos y asumieron “su” recetario en los ámbitos que enfrentaron en tiempos de oposición.
Irónicamente, la llegada al poder los cambió y comenzaron a parecerse a lo que decían combatir. Los adecos, copeyanos, el PRI de México, el FMLN, APRA, PRD y PLD, constituyen ejemplos de disminución en el respeto del electorado y razón de deserción hacia nuevos litorales porque las élites de los partidos practicaron en el poder lo que cuestionaban y decidieron parecerse a los “otros”.
Con posterioridad al ajusticiamiento, cada vez que el sentido del cambio construye una mayoría electoral nos asalta el desafío de reiterarnos en lo que somos o reproducir la conducta política que históricamente enfrentamos.
Vale recordar que, tanto en la crisis de 1984 como el descalabro bancario del 2003, toda arquitectura en la “solución” de las dificultades económicas la diseñaron manos que no tenían sentido del compromiso partidario ni empatía con la franja social que siempre nos apoya: no olviden a Bernardo Vega y Andrés Dauhajre.
Un cambio se torna efectivo y real, cuando supera lo que sustituyó y jamás pretende parecerse lo que enfrentó.