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Guardianes de la verdad El País
Samuel Luna
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Al transitar por las avenidas y comunidades de los Estados Unidos, es imposible obviar las señales de McDonald’s; en dicho lugar, no solo se consume hamburguesas, también es un espacio donde los mayores de 60 años pueden beber café sin pagar. Ahí se juntan muchos ancianos y ancianas para recordar su juventud, otros tratan de cambiar el mundo mientras beben café; sin embargo, al llegar a sus casas el mundo está igual o peor.

Precisamente en ese mismo lugar, años atrás, en McDonald’s, pude ver como los ancianos entraban con pasos firmes y lentos, agarrando su bastón, con manos temblorosas y arrugadas. Esos ancianos, iniciaban conversaciones superficiales y cualquier gesto o comentario provocaba en ellos carcajadas y entusiasmo. Mi percepción en ese momento me llevó a pensar que sus acciones eran producto de un temor a la realidad de la muerte, temor a estar solos, y fobia a no ser parte de una comunidad activa; es como si ellos estuvieran escapándose del golpe final que nos espera a todos, la muerte.

Ahora recuerdo que inicié una conversación con uno de ellos, él no sabía español, me miró con sus ojos azules de anglosajón y con su cara arrugada, abrió su boca y me dijo: hola amigo, ¿de dónde eres?, cerró sus labios y esperó por mi respuesta; le dije que era de la República Dominicana. ¡Claro!, mi acento, mi rostro y mi color de mulato confirmaban mi declaración. La conversación seguía entre ellos. Luego me expresó que ellos no tenían nada que hacer, que eran jubilados y que el tiempo les sobraba. Que interesante, “el tiempo les sobraba”. Mientras yo los observaba, mi mente estaba procesando el cuadro humano; en mi interior se inició un cuestionario crítico y existencial, y preguntas en forma de erupciones volcánicas salían desde lo más profundo se mi ser; algo así: ¿Qué haré cuando pueda beber café sin pagar, cómo será mi vida al llegar a la vejez, cómo responderé ante una sociedad que está involucionando? Al terminar las preguntas, entró en mí una sensación extraña y reflexiva que me dejó suspendido y bloqueado.

Para romper la sensación de bloqueo emocional, elaboré una lista de las cosas que podría hacer cuando llegue este tiempo en el que yo pueda beber café gratis. Y es bueno recordar que generalmente cuando este tiempo nos llegue, ya no podremos caminar y correr como lo hacemos ahora, ya no podremos montar bicicleta por horas; no podremos bucear en el Mar Caribe y escalar nuestras bellas cordilleras; tendremos menos llamadas telefónicas y la juventud nos mirará como personas obsoletas que ya han cumplido su misión. Muchas cosas no podremos hacer cuando llegue el tiempo de beber café sin pagar; a pesar de todo esto, hay tantas cosas que podríamos hacer, entre ellas: Sacar tiempo para escribir, para leer, para dibujar; tiempo para externar mis logros a mis nietos, y a jóvenes que tengan el deseo de aprender; también compartiré mis fracasos, con el fin de ayudar a otros a no cometer los mismos errores que yo cometí.

Cuando llegue ese tiempo, de beber café sin pagar, quiero caminar con los que sufren, quiero ser una fuente de esperanza y de soporte. Claro, seguiré gozando los encuentros con un buen café, un buen vino y buena música con mis amigos; al mismo tiempo, asumiré cada reunión como si fuera la última. Y si para Platón Dios es el ser absoluto, el bien supremo, la idea creadora de las cosas, entonces buscaré más a Jesús como una forma de irme acostumbrando a estar con El para siempre. Cuando beba café sin pagar, recordaré a los campesinos y campesinas, que dejan a sus hijos con otros para poder salir temprano a recoger los granos de café, y así traer el pan a sus hijos; hijos que duermen mientras ellos trabajan.

Cuando llegue ese tiempo, quiero sonreír y, como el aroma del café, quiero dejar en cada persona y en cada espacio una fragancia de esperanza, hasta que llegue al lugar donde ya no tendremos que esperar para beber café gratis.

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Samuel Luna

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