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El veteranísimo director del Instituto Dominicano del Café (Indocafé), Leónidas Batista, tiene la ilusión de que la República Dominicana regrese a los días cuando tenía sembradas del aromático producto 2.5 millones de tareas y cuando más de 71 mil familias estaban dedicadas a su producción.

Decimos ilusión porque desde 1981 la población dominicana inició el proceso de abandonar el campo para posar sus ojos en los atractivos de las ciudades. Este fenómeno, propio de la mayoría de las naciones de América Latina y el Caribe, se agudizó a partir de 1996.

Se levantó la ideología según la cual el progreso no se origina en el campo, sino en la ciudad y la mayoría de las políticas públicas se dirigían a los elementos productivos asentados en los lugares del campo. Se hablaba entonces de la muerte del campo.

Con todo y esto, la ilusión del señor director de Indocafé es posible y posiblemente necesaria. En sentido general, se hace necesario que nuestros gobiernos y empresarios miren las posibilidades productivas de nuestras tierras, que jerarquicemos la bien denominada “soberanía alimentaria”, es decir, la capacidad del país de producir los alimentos que consume.

Ahora con mayor razón, porque nuestra población tiene mayor capacidad de consumo que en los años sesenta y setenta y porque tenemos una industria turística demandante de productos de la tierra y, en adición, es imposible olvidar la demanda de la vecina población haitiana.

Y en sentido estricto, la siembra de café trae muchos beneficios. Producimos café desde antes de la Independencia de la República y el nuestro ha sido de una calidad mundialmente reconocida.

Durante algunos años llegamos a tener sembradas 2.5 millones de tareas, como nos ha recordado el director de Indocafé, pero ahora rondan por 1.5 millones de tareas, con una producción por tarea muy mermada en las pequeñas y medianas fincas.

Se atribuye esta productividad tan baja al envejecimiento de los cafetos y a los efectos nocivos de la roya y la broca, dos males que necesitan ser neutralizados con la siembra de millones de variedades de plantas resistentes a las dos enfermedades.

Batista ha dicho que, lógicamente, si esto se lograre, en pocos años el país tendría una producción similar a los mejores tiempos y con el beneficio de que servirían estas plantas para reforestar las lomas, los lugares altos, y reducir así la erosión en beneficio de los cuerpos de agua.

En un escenario así, es lógico pensar que las importaciones de café se reducirían prácticamente a cero. Hay que mejorar el campo dominicano, rescatar las plantaciones de café y de cacao y crearnos también la ilusión de que es posible volver por una industria azucarera que nunca debió ser cerrada. Mientras, ilusionémonos con el café.

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